Dicen los que más entienden de literatura, que el cuento es la prueba más exigente de un escritor y la máxima muestra de su talento. Para escribir cuentos, pues, se vive con la sombra de enormes y paradigmáticos exponentes, por lo que uno de los riesgos fundamentales es que aquello que se escriba, se parezca mucho a algo que ya se ha leído. Lograr un estilo propio para narrar historias cortas, es como buscar la fórmula para convertir los metales en oro, es un recorrido interminable en el que de cuando en cuando, sin embargo, hay fortuna.
Katya Adaui es una escritora arriesgada, dedicada y metida de lleno en ese extenuante y a la vez reconfortante proceso creativo, gracias al cual hoy podemos leer “Aquí hay icebergs”.
Son doce cuentos, en los que se percibe un pulso diferente y a ratos, extraño. La puntuación es uno de sus rasgos distintivos; pude compartir con ella una charla y mencionaba que la puntuación es como la respiración y ella, por ser nadadora, suele aguantarla mucho. Su puntuación, al contrario, es corta, agresiva. Los diálogos no son extensos y no dice nada más allá de lo necesario para que el lector sumerja su mente no en lo que se dijo, sino en lo que se dejó de decir. Algún escritor dice que lo más importante es lo que se insinúa. A veces sentí dificultad en la lectura de algunos cuentos, pero no por el lenguaje, pues de hecho es económico, libre de ripio (como ella misma dice); creo que eché de menos la falta de adjetivos y me costó acostumbrarme a la puntuación, pero eso es parte de su narrativa y su forma personal.
El tema fundamental es la familia y esa violencia que siempre está allí, a pocos centímetros de la superficie que, aunque se puede ver, se contiene. Como el agua, en sus diversas formas y manifestaciones. Sudor, lágrimas, hielo, mar, lluvia.
Me gustó mucho “Este es el hombre” un cuento nostálgico y chocante. También “Donde tienen lugar las cacerías”, que guarda una especie de terror reducido, pequeño, pero alarmante; “Puertas” con su ligero aire cortazariano; “Todo lo que tengo lo llevo conmigo”, un inventario de recuerdos y penas de esas que se guardan entre el pecho y la espalda y salen convertidas en monólogos dolorosos. El libro cierra con “Siete olas”, un diálogo madre – hija que olvida la ternura que se supone frecuente en este tipo de contactos y la remplaza por una suerte de amor – odio permeado por la ambición y la lucha por no olvidar.
Como dice Paul Auster, “nadie sabe los peligros que se encierran, tras la puerta cerrada de un hogar”. Katya Adaui solo nos muestra la punta del iceberg.