Bajo la atenta mirada de los buitres, y tal vez guiados por alguna clase de destino, los pasos de Jordán tropiezan con unos huesos de prodigiosa antigüedad en mitad de un páramo: un hallazgo de valor incalculable y quizá su última oportunidad de saldar la deuda que lo mantiene atado a un pasado criminal. Al otro extremo de la culpa lo espera Iñigo, quien se descubre a los cuarenta años perdido en una vida gris y simulada, y se debate entre lidiar con los fantasmas de su memoria o encarar el abismo todavía más temible del presente; el mismo presente vertiginoso que hace eternas las noches de Olalla en el hospital, mientras su hijo se revuelve en la cama, agitado por sueños en los que deambula por la orilla entre la vida y la muerte.
ISMAEL MARTÍNEZ BIURRUN (Pamplona, 1972) Es uno de los autores de thriller fantástico más destacados de nuestro país. Ha publicado las novelas Duración de un fantasma (Aristas Martínez, 2024), Solo los vivos perdonan (Aristas Martínez, 2022), Sigilo (Alianza, 2019), Invasiones (Valdemar, 2017), Un minuto antes de la oscuridad (Penguin Random House, 2014), El escondite de Grisha (Salto de Página,2011), Mujer abrazada a un cuervo (Salto de Página, 2010), Rojo alma, negro sombra (451 editores, 2008) e Infierno nevado (Sirius/Sportula, 2007). Ha recibido los premios Celsius, Kelvin y Nocte.
Una (o varias) historias con muchas capas y recovecos. Con más de 300 páginas, me lo he leído en un día, y es que Biurrun tiene ese poder. También el de dejar poso y obligarte a pensar sobre lo leído. Lo recomiendo muchísimo, aunque no me vea capaz de ponerle una etiqueta que, por otro lado, no necesita. Es bueno, y punto.
No puedo dejar de ver en esta novela una actualización de la historia de fantasmas más tradicional desde la concepción de la narrativa del trauma que el autor y Carlos Pitillas definían en Soy lo que me persigue. Algo a lo que Martínez Biurrun ha sido fiel desde al menos Rojo alma, negro sombra, novela con la que esta mantiene nexos, comenzando con ese relato en presente que potencia la sensación de varios personajes de estar atrapados por su dolor a la vez que le permite enfatizar sus emociones.
Me ha gustado cómo Martínez Biurrun, a la manera de un trabajo arqueológico, intercala martillo y cincel y cepillo para dejar al descubierto lo que se encuentra en el interior de cada personaje según sean necesarios los unos o el otro. Y cómo segmento a segmento moldea sus conflictos y sus vínculos mientras establece ese símil con el fósil como emergencia de un pasado olvidado que no se puede dejar atrás. Mucho más que ese mcguffin que podría parecer en su comienzo.
El mundo de Ismael es fascinante. Lleno, eso sí, de dolor y remordimiento, anegado de amargura por las oportunidades perdidas, pero en el que también se percibe, de cuando en cuando, un tenue atisbo de esperanza y ternura. Hay algo en su forma de escribir que va más allá de la perfección estilística: es su capacidad de reproducir el alma de unos personajes atormentados, en medio de un mundo crepuscular, abandonado de la mano de Dios. En estas circunstancias, uno estaría tentado de decir que el género da igual, que lo de menos es que su obra sea de terror o fantástica; pero no es así: claro que importa, y mucho. Ismael sabe de dónde viene, cuáles son sus gustos, y les rinde el mejor de los homenajes: presentarles literatura en estado puro.
In medias res; el cebo es maravilloso, una reliquia fósil de algo improbable, fuera del tiempo, especulado. Una prueba de la evolución de la vida en la tierra. Alrededor de este evento, la caterva de personajes vinculados entre ellos sin que lo recuerden (porque saberlo lo saben) poseedores de un muestrario que expone todas las emociones humanas, positivas y negativas (emociones que unes buscan y de las que otres escapan), pero que además también reflejan las formas de la soledad, la erosión de los años en una persona o el peso que le otorgamos a cada carga. Porque la soledad elegida es un tesoro, pero la soledad impuesta puede convertirse en una lacra insoportable. Deja la lectura un poso de tiempo bajo el prisma personal de cada protagonista junto a vidas cruzadas pero no sincronizadas.
Los personajes, Olalla, esa mujer y madre de hijo hiperimaginativo, Antón, enfrentada consigo misma, con lo que iba a ser y lo que es, con lo que no debiera estar sucediendo, la enfermedad de su pequeño. Pues Antón es la clave de la novela junto a Tea, y con quien más he logrado conectar y que a la vez se conecta a todo y todos (eso, si supera la operación con riesgo de muerte a su corta edad). Iñigo, el paleontólogo descastado y padre ausente sin anhelo, que se embarcó en el periplo del fósil por obligación, sin nada que perder, sin casi nada que ganar, porque la vida solo pasa a su alrededor evitando rozarlo, quizá ignorándolo a sabiendas. Con el hombre de la coleta, el de los secretos, el descubridor del fósil, Jordán, a la caza de una expiación que no alcanza ni quizá comprenda, pero su objetivo es claro, y lo va a conseguir a cualquier costa. Y Tea, la adolescente etérea, quien aparece y desaparece. Que fluye…
A partir de aquí, y sobre el flujo del presente, visitaremos pasados concretos, cercanos y lejanos en eones. Un pasado de terror que siempre retorna al presente, en ese caso como programa de televisión interesado, con Iñigo como víctima y títere propiciatorio. Un pasado antediluviano que se abre camino, porque todo lo que fue continúa bajo nuestros pies, en la memoria de la tierra.
Un momento, Roman, ¿sobre qué hablas?
Ah, sí, la novela, cierto. ¡A ello!
¿Sinopsis? Iñigo se hizo famoso de niño por un testimonio tras la muerte en atentado terrorista de un compañero de clase. Ahora es paleontólogo, con una mejor amiga que tuvo a su hijo no deseado como favor, con un penitente que acude a él en busca de perdón y a cambio le ofrece el descubrimiento prehistórico más importante en evos. Con un orador mesiánico que provecha aquel suceso de antaño para enfervorizar su programa a costa de Iñigo dentro de la telebasura-sensacionalista. Ese descubrimiento, aquel atentando, afecta, afectó y afectará a los implicados de forma anómala, deviniendo en sueños, obsesiones y sacrificios, todo en torno al cruento crimen, de secuelas inesperadas por unos vínculos no intuidos. Eso, y Tea.
Ojo, la novela y el autor juegan a ocultarnos o confundirnos con el género (recordemos que los mal llamados géneros no existen; todo es literatura, y aquí, de la buena), pues abarca muchos, cimentados sobre la semilla de un crimen, lo que ocurrió y las decisiones que ciertas personas tomaron sin conocerse afectadas por el mismo.
La alternancia de los capítulos cortos para cada cual de los diferentes personajes, aunque estos acaben por entrecruzarse de forma irremediable, aporta vitalidad y agilidad a la obra, provocando el enganche, ese leer un capítulo más, mérito de la buena prosa, de las buenas tramas y subtramas, y de ese ritmo episódico (algo que deberían aprender, pues la literatura ha cambiado en tempo, y es complicado concebir capítulos interminables o párrafos abisales que no permiten la respiración; códigos nuevos, viejas historias). La cadencia y la manera en que se engulle la convierten en más apetecible.
Al final es la historia de un niño que no sufrió un atentado, pero que sí estuvo en el foco de manera colateral, y las consecuencias que para él y otres, relacionados indirecta y directamente, ha tenido ese suceso, con forma de onda que se mueve en el tiempo hacia detrás y hacia delante. De ese niño transformado en hombre, de su hijo no deseado y su madre, de otra joven enigmática, de un criminal. Sobre la culpa y el perdón como catarsis. Sobre actos y consecuencias. Culpa, odio, venganza, miedo, pereza, oportunismo, los condicionantes humanos que sacan lo mejor y peor de nosotros mismos, valores puestos en balanza, en cuestión. La transformación debido a un suceso. Porque la culpa crea fantasmas, fantasmas de odio, fantasmas de vergüenza, fantasmas de violencia; fantasmas más o menos tangibles según la cabeza de cada quien que retornan una y otra vez si dejamos la puerta abierta. De nuevo, actos y consecuencias.
Pero también habla de la evolución natural y humana, imparable, ambiciosa, hasta llegar a este estado de seres estancados, imperfectos, egoístas, acomodados, vilipendiantes. ¿Dónde está la evolución ahora y por qué no nos pone en nuestro lugar, por qué no nos cambia, por qué no nos extingue, por qué no nos lleva a un lugar mejor, a otro estadio? ¿Dónde está la naturaleza y dónde la evolución? ¿Acaso también la hemos matado? ¿Puede la obsesión por el pasado eclipsar el presente? ¿La obsesión por el futuro bloquear el presente y olvidar el pasado? ¿La obsesión por el presente fagocitar al pasado y futuro? Obsesión por el tiempo malsano (¿Deliro?, no).
¿El enigma? Tea. Un nexo entre los tiempos que aparece allí donde se la necesita, sea el atentado, en el onírico, en nuestros días, puede que hasta en el pasado prehistórico; multiubicua y atemporal. Porque todo es cíclico, hasta los vínculos con el monstruo; el fósil, heredado de padre a hijo o de hijo a padre.
En resumen, que ya vamos largo y lo importante es plantar el germen para que decidáis si os atrae este manuscrito casi místico, surrealista, que combina elementos de ciento géneros en una fusión sugerente, además de engancharte a sus páginas que trascurren raudas. Con un desenlace de intriga y que cambia el paso del lector o lectora generando debate, especulación, de concreción poco concreta; ya veréis…
Me ha encantado la novela, estilo, forma y fondo. Prosa y argumento. Hay una licencia de realismo mágico que autor y lectora deben compartir, que debemos comprar para que las piezas encajen; lo real, lo mental, el trauma, la fantasía, la disociación, todo. La novela se compromete y consigue que tú te comprometas con ella, ya que te corresponde, gracias al talento de Ismael Martínez Biurrun. Recomendable para cualquier tipo de consumidor, lo garantizo. Porque solo los vivos perdonan, los muertos, ni perdonan, ni leen. ¡A ello!
Pd: vaya viaje, por momentos, incluso lisérgico… Casi creo ver a Tea en alguno de mis paseos…
Mal, muy mal. Todo horrible. Este libro representa todo lo que odio en la lectura y la literatura.
Resumiendo mucho —y evitando insultos— es un libo sobre el perdón y el tiempo. Hay otras obras en diferentes medios que tratan eso, pueden ser westerns, ambientadas en lugares con conflictos internos (ETA, Irlanda con el IRA) o muchos otros, pero lo importante es que cuentan una historia y en esa historia se refleja lo del perdón. Pues en esta no, la trama de base es inexistente, una mierda. Y los personajes una bazofia todos. Seguro que hay a quien le guste esto, como las llamadas “novelas literarias”, pero a mi me repugna y paso de seguir perdiendo el tiempo comentando. Añadir que tal vez sea bueno en su campo-estilo-temática, pero esto no es para mi.
Después de “El escondite de Grisha”, me apetecía volver a leer algo de este autor para ver si consigo reconciliarme con su género literario. Aunque este libro me ha gustado bastante más que el anterior (la historia y los personajes tienen mucho que ver), y es innegable que tiene una escritura muy limpia y que atrapa, hay algo que no consigue engancharme del todo y que tiene que ver con esa parte fantástica y de hechos sin explicación “racional” (por ejemplo, el personaje de Tea no me termina de encajar). Sé que es parte de su encanto y de su seña de identidad, así que para la siguiente lectura intentaré estar más abierta de mente y seguro que la disfrutaré más.
También en esta novela demuestra Martínez Biurrun su talento para describir lo imperceptible: los microgestos, las alteraciones en la atmósfera, los estados de ánimo liminares o indecisos... Pero, quizá por estar demasiado pegada a vivencias personales, me ha parecido menos lograda narrativamente y mucho más reacia a la interpretación que otros libros suyos.
Hay un trenzado aparatoso de historias difíciles de conectar, que reposa sobre una enorme cantidad de coincidencias. Una especie de banshee aparece en momentos clave, sugiriendo que todos los sucesos y tiempos se encuentran vinculados, en lo que a mí me parece un exceso de voluntarismo.
Aun así, admiro el empeño y simpatizo mucho con el proyecto literario del autor, que a mi ver tiene una de sus claves en el reciente Soy lo que me persigue.
Como viene siendo costumbre en este autor, un libro impecablemente escrito, con una historia interesante y que consigue mantener la atención, lo cual hace que se lea en un suspiro. Si no me acaba de parecer del todo perfecto es porque, pese a ser una combinación muy lograda de varios géneros, la parte "fantástica" en la que el personaje de Tea cobra especial relevancia no me acabó de convencer, y porque alguna cosa se me hizo evidente demasiado pronto, si bien nunca está todo lo suficientemente claro como para ser previsible; de hecho me gustó mucho esa sensación de tener todas las piezas sobre el tablero pero no saber al 100% qué camino tomará el autor para encajarlas. Muy recomendable.
PROS Un historia envolvente, cuyo real sentido se desvela lentamente. El autor tiene un gran manejo de la palabra y logra guiar la trama con estilo. Los personajes son interesantes y sus historias, atractivas.
CONTRAS La novela es un cruce de demasiadas cosas (suspenso, terror, misterio, reflexión) y no acaba resolviendo ninguna.
Primer libro que leo del autor y me he quedado con ganas de repetir. Las historias de Íñigo, Olalla y Antón están bien tejidas. Hay personajes menores (Vieira, Jordan) que aportan solidez y uno (Tea) que descoloca un poco (tal vez la parte fantástica es la que menos me ha encajado). Buen ritmo de la trama y lectura fácil que te hace cuestionarte cosas.
Cuando 1 libro me dura 1 día es un libro que atrapa. La historia va dando tumbos temporales y tengo bastantes preguntas. Todo esto forma parte del encanto de esta novela. Pero lo que más me ha gustado es lo bien escrita que está, lo bonito que es el lenguaje. Solo guau.
Uno de esos libros que te atrapan por su prosa, sin saber hacia dónde te quiere llevar. Hipnótica, casi surrealista, la entiendo como una obra catártica. Personajes bien definidos y entrelazados en una serendipia cruel.
Gran relato sobre la culpa y el perdón. Los mosntruos del pasado que nos persiguen y que se mantienen en nuestra mente como fósiles intáctos. Una narración escepcional que mezcla de forma magistral los universos de lo real y lo fantástico para regalarnos unas vidas de unos personajes desgarrados por la culpa y el miedo.