Este libro lo encontré de casualidad.
Iba por el barrio de San Telmo, y desde la acera de enfrente, supe que lo iba a comprar.
En la tapa: el cerro Fitz Roy. Y el Torre (por décadas tuvo el mote de ser la montaña más difícil de escalar del mundo).
Intimamente sospeché que iría a saldar mis dudas. El libro, al final, colmó con rigurosidad las mismas.
Germán Sopeña, el autor, más allá de ser periodista, resultó no ser un periodista que "arma" un libro a pedido de otro(s). El mismo participó en cada una de las rutas, rutinas, ascensiones, caminatas. Los verbos en primera persona no son antojadizos.
El libro se nutre de variopinta fauna: científicos (glaciólogos), políticos, relatos de mapas primitivos (chilenos); el consejo de caminar sobre la nieve oscura; baqueanos esenciales y de los otros, ladinos y ventajeros hasta la médula: el consejo que le dieron de utilizar cerveza como reemplazo de... (cfr. p. 139) es antológico!, deshielos nada caprichosos, burócratas y políticos de poca monta, glaciares y morrenas, millonarios devenidos exploradores con avión propio; los desequilibrios que generó el Hombre a través de la historia, pilotos de avión y helicópteros, la inutilidad de la racionalidad cuando tu vida está en peligro; los caballos y la hacienda guampuda perdidos en esa inmensa planicie; los omnipresentes Perito Moreno, el padre salesiano de Agostini (un ser que ha vivido varias vidas en una), el traicionero cerro Torre y... por fin, los guías de montañas!, todo transcurre interrelacionándose a lo largo de las páginas.
Para aquellos amantes de la patagonia, este libro se deja leer.
No será precisamente EL libro sobre los hielos continentales.
Y quizás ahí radique su mayor acierto.
Lo intuyo modesto.
Y esa es su virtud.
Addenda a noviembre de 2014: Meses después de haber leído este libro, me enteré que Germán Sopeña, José Luis Fonrouge y Agostino Rocca murieron en un accidente de aviación.
El destino (me dije) no es distraído.
Sentí escozor en su momento.
Recordé automáticamente lo leído en este libro.
Recordé el párrafo en el que Germán, José Luis y Agostino habían logrado zafar milagrosamente de una segura muerte entre medio de varios cerros a bordo de la avioneta de José Luis.
Creo cerrar un círculo, cuando visité la tumba de ellos en Estancia Cristina, allí, en el medio de la estepa patagónica, donde todo es viento, cóndores furtivos y de vez en cuando un par de caballos salvajes, allá a lo lejos, lejísimos de Todos...