Retomo las (a)(des)venturas de Heredia en este libro y no decepciona. Aunque hay detalles que me he perdido de la historia del personaje (mea culpa, me falta leer unos cuantos desde “la muerte juega a ganador”) es fácil volver a retomar la vida de este detective, respecto del cual, debo confesar, siento un profundo cariño.
El breve relato nos inserta en la trama de un crimen relacionado con el encubrimiento de las oscuras tramas que rodean a los mercaderes del templo, motivadas en el deseo de venganza y reivindicación de la víctima. Se le nota el cansancio a Heredia, pero no yerra en su forma de mostrarnos que el poder, en cualquiera de sus formas (económico, político, social o espiritual) adopta distintas formas de controlar como son percibidos por el exterior, o sea por nosotros. En sus páginas se deslizan, brevemente esbozadas, las realidades de distintos habitantes de Chile y los temas actuales (feminismo, inmigración, entre otros) pero siempre en el marco ya señalado: como el poder, y los poderosos, a través de sus agentes y custodios, mantienen un entarimado que tambalea, pero sigue firme.
Gracias al autor y a mi cuñada, que me regaló el libro, por volverme a encausar en este viejo cariño.