Cuando acabas una novela de Antonio Tocornal, el problema de atreverse a poner unas letras, aunque sea una modesta noreseña de un anónimo aspirante a escritor, es la impotencia. La misma que deslumbra al aprendiz en presencia del maestro, paralizándolo. Por ponerme cursi, la misma que amustia al que desde su soledad contempla extasiado la felicidad ajena, pareciéndole inalcanzable. Por venir al caso, la misma que invadía a Niño Truncado cuando, atado a la silla ante su ventana, imaginaba todo lo que podría hacer de tener brazos y piernas.
Y es que lo ha vuelto a hacer. Primero (según mi orden de lectura, que no el de escritura) fue “Bajamares”, cuando ese farero misántropo nos convirtió en naúfragos de nuestra propia existencia, encallados entre los Bajíos de Afuera del Roque Espino mientras, refugiados en la soledad de las palabras, postergábamos la búsqueda del sentido final, confiando en la hora del sueño para pasar la frontera de la realidad. Después nos empapó con esa nube húmeda que perseguía a los Van Vogelpoel en “Pájaros en un cielo de estaño”, una troupe nórdica en un pueblo del sur que parecía recién importada del mismo Macondo, y que de tan increíble no tenías más remedio que creértela, eso sí, por obra y gracia de la maestría del narrador, siempre al filo del acantilado de lo verosímil, pero sin soltarte jamás de la mano, con la facilidad natural del funambulista de nacimiento. Y, por último (que fue su primero), en “La noche que pudo haber visto tocar a Dizzy Gillespie” nos paseó por sus años salvajes parisinos mientras desfilaba ante nuestros ojos alucinados, próximos al orgasmo cósmico, una nueva remesa de ese bestiario particular, de ese mundo inventado “en el que todos se empeñaban en creer”, poblado por seres tan extraordinarios como imposibles.
Sí, ya lo sé. “Malasanta” es dura, cruel, implacable, esperpéntica, extrema, mareante. Y todos los sinónimos brutales que le queramos añadir. La pregunta es:¿acaso la vida de las malasantas no lo es?
¿Acaso no hay vidas “girando en el vórtice de un sumidero que nunca se decide a tragársela”?
¿Acaso la literatura no es en el fondo esa deformación de la vida vista desde el ojo de cristal con el iris amarillo cobrizo de una víbora, o de un marinero muerto, o de una ballena varada que ha recorrido el otro mundo?
De Malasanta todo está ya dicho y todo se dirá. Esa forma de llevarte de la mano con la palabra y el ritmo justo, como escribiendo sin querer lo que debe ser escrito. Esa forma diabólica de empastar los ramalazos de humor negro con los chorretones de ternura sin caer ni en lo soez gratuito ni en las emociones baratas, y que consigue el tono adecuado, la distancia justa con la sordidez. Esa forma velada de, sin apenas descripciones ni datos ni contextos, con una contención tan trabajada como escondida, ponerte con dos capotazos en suerte ante la deformidad, para dejar que sea ella la que te toree sin remisión. Esa forma de hacerte disfrutar de la lectura aunque lo que esté contando te repugne, que solo está al alcance de los grandes.
Los lectores de Tocornal sabemos que ha dado el salto por fin a ese mundo inventado o soñado que sus criaturas siempre han perseguido en vano, y que ha dejado de ser ya ese secreto compartido por unos pocos privilegiados en redes para escapársenos de las manos, por fortuna. Y es que la realidad a veces, solo a veces, supera a la ficción.
Enhorabuena.