El amante liberal, calificada como novela bizantina o de aventuras, cuenta la historia de Ricardo, un noble siciliano hecho cautivo por otomanos y llevado como tal a la isla, recién conquistada por Turquía, de Chipre. Allí lo encontramos lamentándose de una pérdida cuando es sorprendido por un antiguo conocido, paisano suyo, que se ha convertido al Islam y ha adoptado el nombre de Mahamut. Éste le interpela a Ricardo cuál es la razón de su desgracia, pues no cree que sea el cautiverio (ya que la riqueza de su familia podría ponerle fin). Ricardo confiesa que es el amor que siente por otra paisana de ambos el que le tiene en ese estado de desesperación que le lleva a ideas suicidas. Esa paisana parecía estar enamorada de otro y, siendo esto razón de gran tristeza para él, más lo era el hecho de que también fue apresada por el Turco, subida a un barco y finalmente naufragada y desaparecida. Sin embargo, más tarde, en un acto oficial protagonizado por el bajá saliente de Nicosia, el bajá entrante y el cadí, y en el que están presentes Ricardo y Mahamut, reaparece la amada de Ricardo, cuyo nombre es Leonisa, como esclava bellísima en venta por un viejo judío. Se abre una disputa entre los bajaes por quién se queda a Leonisa, pues ambos se han quedado prendados de ella, disputa que finalmente es resuelta por el cadí, que es el amo de Mahamut, en el sentido de que esa esclava debe ser para el Gran Señor, el emperador de los turcos; obliga a cada uno de los bajaes a pagar la mitad por la esclava y se la queda él en prenda con la idea expresada de llevarla a Estambul para darla al Gran Señor pero con la idea verdadera de quedársela él. Ricardo quiere rescatar a Leonisa y recuperar su libertad y es Mahamut el que traza un plan para ello y para que él mismo pueda conseguir volver a tierra cristiana y reintegrarse en su sociedad de origen. El plan es maquiavélico: el cadí fletará un barco en el que llevará a Leonisa a presencia del Gran Sultán, pero en el mismo barco viajará con su mujer legítima, Halima, hija, a su vez, de cristianos griegos. Durante la travesía, arrojarán al mar a Halima haciendo creer al mundo que la que murió fue Leonisa, de forma tal que el cadí pueda disfrutar de ella sin tener que entregarla al Gran Señor. La idea de Ricardo y Mahamut es rebelarse y hacerse con el barco para volver a tierra cristiana, conseguir la libertad y, además, para que Ricardo se quede al fin con Leonisa. Puesto el plan en ejecución, las cosas no salen tal como estaban previstas pues a mitad de la travesía, su barco es atacado por otros dos barcos que resultan ser de los dos bajaes despechados. Tras una batalla naval donde unos y otros se destrozan, Ricardo y Mahamut aprovechan el tumulto para alzarse victoriosos; conducen uno de los barcos hasta Sicilia y allí recobran libertad. Ricardo presenta su pretensión hacia Leonisa ante la familia de ésta y ella da su visto bueno una vez vistos el arrojo y generosidad de Ricardo. Por su lado, Mahamut se casa con Halima, que también se ha reintegrado en el cristianismo.
Nuevamente, detrás de esta, aparentemente, sencilla historia hay muchos temas en los que rascar. El primero que quiero destacar es el de la personalidad de Ricardo. No parece un hombre en su sano juicio y quizá me recuerda a un personaje del Quijote, Grisóstomo. ¿En qué sentido? En que, en un momento anterior a de la trama de la novela, él ama a Leonisa pero no es correspondido y a que, sin embargo, se siente en el derecho a ser amado sólo por el hecho de amar. No acepta que ella se sienta atraído por otro, al que tilda de afeminado y homosexual y llega a presentarse en una finca de recreo en el que la familia de su amada y la del otro se han citado atreviéndose a perturbar una quedada lúdica mediante la expresión de unos exagerados e irracionales celos y mediante la amenaza de suicidio (como hizo Grisóstomo por no tener el amor de Marcela): “Contenta estarás, oh enemiga mortal de mi descanso (…); acaba ya de entregarte a los banderizos años dese mozo en quien contemplas, porque perdiendo yo la esperanza de alcanzarte, acabe con ella la vida, que aborrezco”. Después viene el cautiverio, el reencuentro, la aventura del rescate y el regreso a Sicilia y allí parece arrepentido de todo lo que hizo; pero tiene el descaro de ofrecérsela como un regalo (de ahí lo de liberal) al antiguo amado de Leonisa (Cornelio). Lo único que le salva es que finalmente entra en razón (por primera vez en la novela) y es capaz de reconocer la autonomía de Leonisa y someterse a su decisión. Lo que no sé es cómo lo elige a él. Me gustaría ver cómo les va en el matrimonio.
Otro tema… El fin justifica los medios. El cautivo Ricardo y el renegado Mahamut tienen claro que quieren volver a Sicilia y vivir entre cristianos. Pero, para ello, no les importa trazar planes crueles que pasan por el asesinato de una esclava primero o de la legítima esposa del cadí después. Lo curioso es que ésta, una vez regresan a Sicilia, toma a Mahamut por esposo. Alguien que tuvo planeada su muerte para conseguir sus fines!
Más ejemplos de que el fin justifica los medios. Todos dicen obrar por su religión, pero ninguno lo hace. Obran por sus intereses de amor, atracción sexual o libertad. La frase que lo resume todo es la de Leonisa: “No sé qué te diga, Ricardo -replicó Leonisa-, ni qué salida se tome al laberinto donde, como dices, nuestra corta ventura nos tiene puestos. Sólo sé decir que es menester usar en esto lo que de nuestra condición no se puede esperar, que es el fingimiento y engaño”. Nuestra condición (cristiana) no nos deja, pero para poder salir airosos, tenemos que fingir y engañar… Y hasta se plantean asesinar! Así se pasan más de la mitad de la novela: todos engañan a todos. El cadí a Halima, Halima al cadí, Ricardo a Halima, Leonisa al cadí, Mahamut a todos menos a Ricardo (hasta a Leonisa le mintió para predisponerla en favor de Ricardo). No se salva nadie!
Por otro lado, tenemos el retrato de una sociedad corrupta: “no se dan allí los cargos y oficios por merecimientos, sino por dineros; todo se vende y todo se compra. Los proveedores de cargos roban a los proveídos en ellos y los desuellan; deste oficio comprado sale la sustancia para comprar otro que más ganancia promete”. Es un círculo vicioso y Cervantes, en boca de Mahamut, lo atribuye a los otomanos. Pero ya sabemos como se las gastaba el manco. Si es capaz de la ironía en el título (el amante “liberal” y ya vemos lo generoso que es Ricardo), ¿no sería ésta una manera de hablar del sistema político en el que él estaba inserto? Utilizar al turco para hablar del cristiano? De hecho dice, sobre la corte de los turcos, que es la que favorece esa corrupción que es, “como si dijésemos, ante el Presidente del Real Consejo y oidores”.
A esta conclusión llego por un paralelismo entre la informalidad de la justicia otomona y la informalidad en el matrimonio de Leonisa y Ricardo al final de la novela. Con respecto a la primera, mirad lo que narra Cervantes: “Entraron a pedir justicia, así griegos cristianos como algunos turcos, y todos de cosas de tan poca importancia, que las más despachó el cadí sin dar traslado a la parte, sin autos, demandas ni respuestas; que todas las causas, si no son las matrimoniales, se despachan en pie y en un punto, más a juicio de buen varón que por ley alguna. Y entre aquellos bárbaros, si lo son en esto, el cadí es el juez competente de todas las causas, que las abrevia en la uña y las sentencia en un soplo, sin que haya apelación de su sentencia para otro tribunal”. Sobre lo segundo, así se sustancia, en la Sicilia cristiana, el matrimonio de Ricardo y Leonisa: “Hallóse presente el obispo o arzobispo de la ciudad, y con su bendición y licencia los llevó al templo, y, dispensando en el tiempo, los desposó en el mismo punto”. Qué genial Cervantes con su sempiterna ambigüedad “obispo o arzobispo”. Pero ya se vé… ya sea cadí u obispo… para qué formalismos? “Yo soy la ley” parecen decir. ¿Dónde queda la seguridad jurídica?. Y es curioso, porque en la parte otomana, parece haber una excepción a esa informalidad cual es la de las causas matrimoniales. Mientras que es en este tema donde vemos una vulneración de procedimiento en la parte cristiana.
Otro tema: aunque la novela, en una lectura primera, parezca hablar de la superioridad moral de los cristianos sobre los musulmanes, en mi opinión, no hay nada más lejos de la intención del autor. Para él, ambas son religiones que pueden encubrir las máximas maldades humanas. Ya se ha visto que los cautivos cristianos no reparaban en medios malévolos para conseguir sus fines. Tampoco el cadí sale bien parado al querer la muerte de su esposa legítima. También hemos visto como en ambas partes hay inseguridad jurídica al dejar en manos de cadí u obispo una decisión sin atender a procedimientos ni formalidades. Pero la pulla es grande cuando se habla de los piratas: todos malos con independencia de su religión o de su patria: “… temían la insolencia de la gente corsaria, pues jamás la que se da a tales ejercicios, de cualquiera ley o nación que sea, deja de tener un ánimo cruel y una condición insolente”.
Hay otro tema más: la fuerza de la razón. Aquí no está tan presente como en La gitanilla, pero es en la decisión del cadí sobre quién debe quedarse con la esclava Leonisa donde hay un destello. Aunque el cadí no piensa más que en su deseo carnal egoísta, no yerra cuando le afea a uno de los bajás la defensa de su derecho en el hecho de que había sido el primero que la había reclamado: “sólo le llevaste tú la ventaja en haberte declarado primero, y esto no ha de ser parte para que de todo en todo quede defraudado su buen deseo”.
Por último, quería hablar de mi debilidad por Cervantes. Cuente lo que cuente, su estilo me deslumbra. Mirad qué forma de describir la amistad en palabras de Mahamut a Ricardo: “…puesto (aunque) que tú no quieras ni ser aconsejado ni favorecido, no por eso dejaré de hacer lo que te conviniere, como suele hacerse con el enfermo que pide lo que no le dan y le dan lo que le conviene”. O de qué forma, ya no irónica sino compasiva y lirica, muestra la caída en los infiernos de un hombre: “… en breves horas perdieron de vista al bajel del cadí, el cual, con lágrimas en los ojos, estaba mirando cómo se llevaban los vientos su hacienda, su gusto, su mujer y su alma”. Y más emocionada aún la prosa cuando Cervantes narra algo que él bien conocía por haber sido cautivo en tierra lejana: “alborotáronse sus espíritus con el nuevo contento, que es uno de los mayores que en esta vida se puede tener, llegar después de luengo cautiverio salvo y sano a la patria”.