Inicié este libro por recomendación de una de las dos únicas personas a las que suelo escuchar cuando me recomiendan libros. Acababa de volver de la Feria del Libro de La Habana, Cuba, donde México fue el invitado de honor, y me dijo que “Tu lengua en mi boca” había sido una novela divertida, «justo lo que necesitaba para sobrevolar el Golfo de México de regreso a casa». A veces, querer empatizar con un sentimiento puede llevarnos a vivir los libros de manera diferente; así que, sin pensarlo demasiado, me traje el libro a casa.
La novela tiene un inicio deslumbrante: las vidas de Berta Gaspar, estudiante de enfermería con debilidad por las letras, y su tía Ligia, acompañante amorosa y cómplice velada de algunos descubrimientos, cambian en un santiamén a finales del verano de 1985. La tía, parapléjica y sin un ojo, le otorga la encomienda a su sobrina de que, cuando muera, esparza sus cenizas en la Zona del Silencio, ese desierto místico compartido por Durango, Coahuila y Chihuahua en el norte mexicano.
Decidida a cumplir la promesa, Berta sale de la Ciudad de México rumbo a Torreón con las cenizas de Ligia. Allí, antes de alcanzar la Zona, su carro sufre una avería mecánica y debe permanecer en el taller algún tiempo. Privilegiada por la solvencia económica que le dejó su familia, Berta decide alojarse en un hotelito y lidiar con el calor de la Laguna a golpes de cerveza y cigarrillos: sin embargo, no cuenta con que atrás del hotel, en un lote baldío, cuatro jovencitas, Futuro, Judas, Babis y Márgara, se reúnen a beber y leer poesía. Es a partir de aquí donde la novela tropieza: la acción inclusive llega a estancarse en la contemplación que hace Berta, desde su cuarto de hotel, de estos aquelarres poéticos y la crítica de los autores y autoras que leen las chicas, así como los escarceos heterosexuales, a causa del alcohol, que sufre Berta una noche. Por otra parte, sin importar la fachada de dureza como respuesta a la violencia que viven cotidianamente las chicas, la aceptación de Berta en su círculo resulta previsible, con todo y que una de ellas, Babis, no dé su brazo a torcer a las primeras de cambio. Este personaje “disruptivo” que, a la larga, reivindicará el papel de buen samaritano desempeñado por Berta, de 51 años según la p. 120, es uno de los elementos que más chocantes me resultaron en la historia. ¿Por qué? Porque sencillamente las y los adolescentes no se redimen tan simplemente ni a las primeras de cambio. Por el contrario, muchos de ellos, como es el caso de las chicas atrapadas en una espiral de violencia en casa, no renuncian nunca a sus claroscuros y tienen más cosas de qué preocuparse antes que desempeñar el papel de “poeta maldita” lejos de casa y adoptar, casi sin proponérselo, un estándar de superioridad para ser (re)aceptada en su círculo. En pocas palabras, el contorno de los personajes se desdibuja de pronto (con mayor velocidad hacia el final de la obra) y algunas de las chicas, más que un retrato de la juventud lagunera contemporánea, terminan pareciendo una caricatura.
Hay en “Tu lengua en mi boca” varios cabos sueltos que, a título personal, me gustaría que hubieran sido resueltos por la autora para no parecer “fan service” de algunos sectores sociales en boga; entre otros, ahondar en la homosexualidad soterrada de Ligia y “su mujer” del desierto, el “feminismo radical” de Judas (incapaz de salvar a su amiga), la dualidad entre aceptación y rechazo del cuerpo violentado (sobre todo en Babis) y la relación tan desigual, en términos de poder e influencia, que se establece entre una mujer de 51 años y jóvenes (a las que les mintió para acercarse a ellas) que acaban de cumplir los 18. Una lectura rápida, un tanto entretenida superficialmente y que coquetea abiertamente, en más de un sitio, con el lugar común; pero que da crédito de la voluntad de arriesgarse —y esto es un mérito de veras enorme— por parte de su autora.