Publicada inicialmente en 2002, esta fue la novela iniciática de la autora chilena. Pero según leí, en su primera edición pasó bastante inadvertida por la crítica y el público de su país. No es para menos. Por momentos pareciera que Chile es un país que reniega de su memoria, que quiere olvidar a toda costa. Y con esta obra de Nona, olvidar se hace imposible. Luego de leerla, te queda resonando adentro. No creo que sea casualidad que se haya reeditado justo en el momento en que en Chile se estaba gestando un descontento social que desencadenaría luego en las protestas que hemos visto. Su lectura es este momento, no puede ser más actual.
Con una prosa contundente, visceral, que logra rozar lo poético, cargada de simbolismo, trata de mostrar que la historia siempre tiene dos lados, tanto a través de las relaciones familiares como de las relaciones político-sociales, que fueron las bases de la construcción de Chile. Para los que vivían de un lado del Río Mapocho, la historia constituía una verdad inquebrantable. Para los que estaban del otro lado, los que vivían “mirándole el poto a la Virgen” (p.28), esa historia contada no era otra cosa que un proceso de discriminación arbitraria, contra minorías sociales y políticas, étnicas y sexuales.
Hay historia sí, pero no de la aburrida. Hay historia de la revolcada en el barro, de indios sin cabeza, del Río pestilente que arrastra cuerpos en sus aguas bañadas en sangre, de héroes ironizados. Hay mentiras, muchas mentiras, en base a las que se construyó otra historia, la oficial.
Y la historia familiar contada como alegoría de la historia nacional de un país que quedó trunco, parido de relaciones incestuosas, fundado en la mentira y en el terror a la diferencia del otro, que quedó guacho, sin padre ni madre, a la deriva. Y todo está muerto. Pero la muerte no existe.
Hay muchas voces, la de la protagonista, la de su hermano, la de su padre el historiador, que siente culpa por haber escrito volúmenes interminables de la “historia oficial” y guarda manuscritos de lo que verdaderamente fue. Y una voz especial, la del entredicho. Una voz que parece venir de los rumores, del barrio, de las gentes, de los que habitan todos los espacios. Y los rumores, como se sabe, son huérfanos. A nadie pertenecen. Este conjunto de voces, hacen que esta obra sea de gran originalidad. Se va perfilando como una de las grandes lecturas del año. Y recién estamos en febrero.