Una profesora, Gabriela, llega al pueblo chubutense de José de San Martín para dictar matemáticas en un secundario. Poco a poco va descubriendo que llega a un desierto en cuyo territorio las relaciones humanas están poseídas por una aridez interior difícil de soportar, una aspereza que maloculta una violencia individual y social casi siempre al borde del estallido. Son los años de la última dictadura militar, pero Gabriela no es una militante, ni está en contacto directo con aquella voluntad, ya ausente en esos territorios desolados de la Patagonia; pero sobrevive el clima casi irrespirable, la forma de rivalizar, la brusquedad, la competencia sin códigos. Gabriela es como la mayoría silenciosa a la cual pertenece. Es ingenua, viene de otro pueblo, estuvo dedicada a sus estudios, carece de experiencia. Alguien oscuramente informada.
Dejar que todo siga como está es quizá la peor violencia de todas. Porque de esa manera, todos somos cómplices.
Que lindo. Que lindo es leer un libro que no esté escrito en neutro y que se encuentre situado en nuestro país pero fuera de Buenos Aires.
Al principio me costó bastante acostumbrarme a la manera en que Ratto narra esta historia, los saltos entre escenas son muy bruscos y te obliga a estar atenta para poder entender qué pasa, dónde están y quiénes están.
Todos los personajes tienen algún tipo de desarrollo. Es notable a partir de sus diálogos y acciones, porque en ningún momento entramos a los pensamientos de nadie, no somos más que un mero espectador. Casi como si te estuvieran narrando una película porque vos no la podés ver.
El espacio tiempo parece medio ambiguo; la dictadura los atraviesa pero no con la misma intensidad que estamos acostumbrados a leer o ver, donde los personajes son victimas directas del conflicto... . Tenemos un pueblo reprimido que pretende no serlo, que lo tiene tan naturalizado que pareciera que no existe tal represión, aunque por momentos si salen atisbos de esa violencia y poder que genera la presencia de milicos en la zona.
Al final vemos que alcanza con la valentía de una sola persona para que los poderosos enloquezcan y los dormidos comiencen a despertar.
Gabriela se va a un pueblito del sur a trabajar como profesora. Esto pasa en plena dictadura, y hay una sede de militares ahí, donde puede que tengan detenidos o puede que no. La novela cuenta el año que pasa Gabriela ahí, tratando de lidiar con el clima (el físico y el otro).
El libro está bueno, maneja bien las dudas de los personajes, sus incertidumbres y sus cambios. Transmite bien esa atmósfera y el encierro del pueblo de interior, empeorado por la nieve, empeorado por los milicos.
Lo único que no terminó de gustarme es cómo los diálogos son los que cuentan lo que hacen los personajes, literalmente. Por ejemplo (invento mío): -Vení Juan, tomá este mate. Ah, te comiste la bola de fraile, yo quería esa para mí. -Te doy la mitad. -No dejá. Tomá, acá te cebé otro, yo ya tomé. Ahora voy a buscarte una servilleta. -Gracias. Te gotea la canilla. -Uy, la cerré mal. Listo, ahí está.