Este tipo de libros no llega a tus manos por un mero accidente. No se suele escoger una obra de Edward Le entre todas las propuestas que aparecen en las librerías, ni cae en tus manos tras haberlo visto en un escaparate de las grandes superficies. Estos libros se escogen porque los lectores reconocen que, entre sus páginas, se van a encontrar un determinado tipo de situaciones que, cuando menos, harán que la lectura se vuelva una experiencia incómoda. Lo suficiente como para ser considerada como candidata a mejor obra en los premios Bram Stoker.
De hecho, a cualquiera que vaya a leer Torso les debería importar importar bien poco su argumento. Es innecesario. Podría incluso ahorrarse la contra cubierta de la obra dejando ese espacio para definir ciertas pinceladas de lo que supone la obra de Edward Lee o comentarios de lectores que previamente se hayan enfrentado a cualquiera de sus relatos. La verdad es que da igual lo que nos proponga. Y eso no quiere decir que carezca de valor la historia a la que te enfrentas, mas bien lo contrario. Más sabiendo que lo que nos encontramos en este volumen es la presentación de una de las historias más brutas de Edward Lee y su posterior continuación natural. Adentrarse en el terreno de este peculiar autor exige un cierto compromiso por parte de los lectores, una suerte de conciencia grupal, en donde la gracia reside en el viaje que te espera, en esa montaña rusa de atrocidades que uno es consciente que encontrará a lo largo del libro y que, por supuesto, está predispuesto a disfrutar.
Ya cruzada la línea, toca medir el nivel de tolerancia al horror extremo que tengan los lectores. En Torso la propuesta roza se vanagloria de toquetear todo tipo de contenido explícito que uno pudiera imaginar, sobresaliendo entre todo la sarta de mutilaciones y atrocidades una idea que, de tan terrible que resulta imaginarla, no deja de ser una genialidad. No seré yo quien estropee la sorpresa de esta historia que, en realidad, no deja de ser un relato corto en donde, con pocas palabras, nos presentan la vida y las ambiciones de su protagonista y su particular modo de ganarse la vida. Pero sí quiero aprovechar para reafirmar que, tras las capas y capas de mala leche que se encuentran en las obras de Lee subyace una feroz crítica social y un deseo implícito por parte del autor por reivindicar la literatura extrema y su necesidad de existencia en un mundo en el que la libertad creativa se pone en cuestión a cada palabra.
Porque en el momento en que uno se para analizar la historia, con que se aleje un poco de los escalofríos que provoca la idea de imaginar esos cuerpos, esos torsos, esas descripciones que Lee nos ofrece acerca de las aficiones de nuestro señor Torso, aparece el espacio en donde te puedes dar cuenta de como el autor aprovecha la presencia de cierto personaje para instruirle acerca de los prejuicios que existen con respecto a la educación o comportamiento de los monstruos, casi como si estuviera arañando las cicatrices de la criatura más famosa de la historia de la literatura, dejando unas sutiles reflexiones al lector del por qué realmente Lee escoge escribir este tipo de obras, tan llenas de vulgarismos y lenguaje soez, frente a la alta cultura literaria que parece querer indicar el único camino de lo que se considera una buena obra. Cuestión de gustos, claro está. No creo que otros autores puedan adornar ciertos pasajes de Torso con largas metáforas hiperbáricas cargadas de recursos literarios que tratasen de representar cada uno de los matices que se pueden encontrar en el olor de la sangre, pero sí que se aprecia en obras como Torso el amor que siente Lee por este tipo de literatura y su necesidad de prestigiarla.
También cabe destacar el argumento tremendamente perturbador que se esconde en la trama, como no podía ser de otro modo. Superadas las imágenes que surcan la narración para apelar a nuestra conciencia, surgen las cuestiones de qué es lo que esconden las motivaciones de nuestro protagonista, que no dejan de ser puramente económicas, y que se sustentan bajo todo un entramado capitalista en donde el producto final de consumo es el que es, un mundo oscuro, voraz, sin prejuicios cuya única condición para adentrarse en él el la de no poder hacer preguntas. Tremenda mala leche la que ofrece en bandeja el autor a los lectores.
Torso es terrible en todos los aspectos. Terrible y divertido. Y viene acompañado de una continuación que, en cierto modo, flaquea ante la adicción que supone la historia de la que se nutre su secuela. En ella se apuesta más por una historia de perdedores que, por momentos, recuerda a una versión sucia de la narrativa de Tarantino, con algún que otro momento digno de destacar pero que flaquea en su comparativa con la obra precedente. Un aporte que se agradece para que, unido al prólogo y epílogo de la obra, te da las herramientas para disfrutar de una manera de entender la literatura única y genial, aunque solo para selectos paladares.