El libro a veces adolece de ritmo y emoción, pero la pasión de Hilbert por las matemáticas y los problemas de la ciencia compensa esos momentos. Algunos pasajes arrojan gran luz tanto para entender algunos dilemas del siglo XX como algunas pequeñas paradojas a las que nos podemos enfrentar algunos docentes. Transcribo unos párrafos que ilustran esto último:
"Las cartas que Minkowski escribió en la década de 1890 a Hilbert desde Zúrich trataban de las matemáticas, pasión que ambos compartían, de las satisfacciones que le procuraba la familia que había formado, y de lo frustrante que podía llegar a ser inculcar ciertos conocimientos a unos estudiantes tan duros de mollera como los suyos. El comentario no tendría mayor trascendencia si entre el variado grupo de alumnos que asistían a sus clases de Mecánica analítica no hubieran estado, entre otros, Albert Einstein y su novia Mileva Marić; el físico y socialista, amigo de ambos, Friedrich Adler (que en 1916 disparó contra el presidente austríaco Karl Stürgkh); así como (probablemente) Marcel Grossmann, cuyas ecuaciones matemáticas resultarían esenciales para desarrollar la teoría de la relatividad. Minkowski, sin embargo, no veía a nadie brillante en su aula:
'Todos, incluso los más lúcidos, están acostumbrados […] a que se lo den todo mascado. En el resto de las asignaturas se pasan el tiempo haciendo ejercicios y repasando. Yo no puedo andar con esas contemplaciones. La gente está abrumada con tanto trabajo, pero no queda más remedio que impartir la materia. Así las cosas, sólo un tercio de los inscritos asiste a mis clases, mientras que el resto no aparece más que de vez en cuando […] Tendré que sintetizar los contenidos todo lo posible, que no será demasiado, porque aquellos que me han escogido como profesor por mi nivel científico querrán algo a cambio de su dinero […] Incluso los matemáticos, cuyo número, a pesar de todo, es muy reducido, están tan ocupados con otras asignaturas en las que se tienen que matricular quieran o no que sólo pueden digerir lo que se les mete por un embudo, cortado en pedacitos y después de abrirles la boca a la fuerza.'
Las clases de Mecánica analítica que impartió Minkowski fueron las primeras y las últimas lecciones de física matemática que Einstein recibió en Zúrich siendo estudiante. Aquel profesor tímido y a menudo balbuciente no consiguió captar su atención, por mucho que sintetizase los contenidos. Así que el joven Einstein dejó a un lado las sutilezas matemáticas que Hurwitz y Minkowski explicaban en Zúrich, como un niño que renuncia a una manzana para quedarse con el chocolate. Su interés se centraba en la realidad en sí misma y no en fórmulas abstractas. En aquella época aún consideraba que la física se podía separar de las matemáticas. (...)
Sucede en ocasiones que las mejores cabezas de una generación no se entienden entre sí, aunque hablen sobre el mismo tema y compartan los mismos intereses. Los grandes genios suelen ser vanidosos, soberbios y tienden a concentrarse en el objetivo que se han marcado, evitando distracciones. Esto explica que tantas veces cierren sus oídos a las ideas de los demás. Fue lo que le ocurrió a Einstein, que habría podido aprender mucho de Minkowski, y también a Minkowski, que no se dio cuenta de que aquel joven huraño comenzaba a intuir una realidad que le habría resultado fascinante. Ambos deberían haber escuchado al otro."