«–¿Dónde vas?
– A ordenar la Polesa. Las vacas no entienden de revoluciones».
Qué ganas le tenía al segundo tomo de esta maravillosa tetralogía (porque yo pensaba que eran tres, pero van a ser cuatro, el último sale en los próximos meses) que narra la historia de la comuna de Asturias, la revolución socialista de 1934, la última revolución. Si el primer volumen nos ponía en antecedentes, contexto y nos explicaba el porqué del estallido, este segundo nos cuenta el desarrollo, desde el punto de vista de los unos y de los otros, de las dos semanas que duró la revolución, desde que estalla en las cuencas mineras hasta que llega a la capital asturiana y es aplastada. Una obra, en palabras de su autor “donde las historias individuales ocupan más espacio que la Historia (cuyo espacio se reserva a los titulares de prensa o las crónicas radiofónicas) con mayúsculas”, una historia con un objetivo “tan simple como necesario: rescatar la memoria y la identidad de los protagonistas de una revolución olvidada”.
No es un estudio o un análisis exacto de los hechos, es más bien una representación, con matices, con licencias y adaptaciones. Lo real y lo ficticio se entremezclan en sus personajes, en los lugares y los hechos (por ejemplo, el pueblo minero donde empieza todo, la mina, las fábricas…, son lugares ficticios, elaborados basándose en lugares reales, pero ficticios). El autor busca más darte un contexto, la sensación general de lo que pasó, las horrorosas condiciones de vida que llevaron a cometer lo que en muchos casos fueron innegablemente barbaridades. Que entiendas, y que recuerdes.
Gráficamente me ha encantado, igual que me encantó el primer tomo (porque es el mismo estilo, al final la obra es un conjunto): ese dibujo a tinta y fondos de aguada gris (desconozco si es digital o tradicional) a veces firme, a veces casi tembloroso, a veces brusco, me parece idóneo para lo que se está contando.
Quizás la única pega es que, como buena segunda parte de algo que continua, no es principio y no es final, y te deja con ganísimas de leer el tercero.
«Hemos perdido, Pompilio. Mire; yo entré en la mina con doce años. Sé hacer de todo. Puedo manejar una mula, dar tira, entibar, picas… ¡lo que sea! Aquello es todo para mí. Pero esto, Pompilio…, esto no es como la mina. ¿Y sabe por qué? Pues porque en la mina… Bueno, yo reconozco que a veces tengo miedo. En la mina se muere. Es parte del trabajo. ¡Y yo lo acepto! Lo acepto… En la mina se muere, Pompilio…, pero no se mata».