El otro día, mientras esperaba que se hiciera mi café y hojeaba la novela, sentí un escalofrío extraño al leer las primeras líneas. Y es que, a veces, uno abre un libro y siente, sin saber por qué, que le están hablando desde un lugar al que normalmente evitamos mirar. Y de repente me di cuenta: este narrador no quiere caerte bien, ni convencerte, ni dejarte tranquilo. Un par de páginas más adelante tomé un sorbo de café, cerré los ojos, me recliné en el sillón y entonces pensé: ¿qué hacemos leyendo la mente de alguien que no tiene ninguna intención de salvarse? Quizá la respuesta sea que, en el fondo, todos queremos asomarnos a ese espejo oscuro solo para comprobar cuánto de nosotros se refleja ahí dentro. Esa sensación incómoda me golpeó desde la primera página de Una confesión póstuma, de Marcellus Emants.
Confieso que no conocía a Emants antes de toparme con esta novela, y me sorprendió descubrir que es uno de los escritores cumbre de la literatura neerlandesa del siglo XIX y que esta obra es lectura obligatoria en el instituto en los Países Bajos —¿quizá de ahí su baja puntuación promedio en Goodreads? Sin embargo, tras leerla, te aseguro que, por su intensidad y precisión psicológica, merece ser mucho más conocida: es de esas novelas que te atraviesan, te dejan sin aliento y no te sueltan hasta la última página.
La novela arranca con Willem Termeer confesando que su mujer ha muerto. Casi cincuenta años antes que Camus —en 1894—, alguien ya se atrevía a abrir su historia con un golpe así: “Mi mujer está muerta y ya ha recibido sepultura”. No es un spoiler; es apenas el umbral —desde la primera página sabemos que la ha matado. Lo esencial viene después, en la voz seca con la que este hombre desgrana su vida sin excusas ni barnices morales. No es una historia de crímenes ni un relato “retorcido” en el sentido comercial: es más bien una invitación a escuchar la mente de un hombre que no se engaña. Emants construye aquí una autopsia psicológica que golpea directo y deja al lector sin respiro.
Lo notable es cómo la novela se sostiene sin necesitar giros narrativos: es la voz la que te arrastra. Una voz hecha de resentimiento, lucidez y una resignación casi orgullosa. Por momentos, no pude evitar acordarme de Memorias del subsuelo —ese hombre que ya se ha declarado culpable de sí mismo— aunque Emants evita cualquier teatralidad; aquí la frialdad moral es total, y el narrador cuenta lo que ha sido sin preocuparse por que lo comprendas, mostrando su misantropía elegante, su cinismo cortante, su apatía, su indiferencia y esa manera tan suya de mantenerse siempre un paso apartado de todos. Esa distancia es lo que hace la lectura tan fascinante: te mantiene enganchado con la misma mezcla de curiosidad y desasosiego que provoca un buen monólogo trágico, como si escuchases a un desconocido confesarte sus miserias mientras tú, impotente, solo puedes observar.
Pero, al mismo tiempo, se percibe su vanidad oculta, esa necesidad de validación a su manera, su hipersensibilidad que hace que cualquier mínimo halago o desdén lo atraviese como una aguja, y la constante sensación de que incluso el placer le resulta esquivo o frustrante. Esa mezcla de necesidad de ser comprendido y desprecio por sí mismo hace que Termeer sea un hombre que se observa y se juzga a cada instante, que convierte cada mirada ajena, cada gesto mínimo, en motivo de agobio o resentimiento. Y es ahí, en ese tironeo constante entre orgullo y auto-repulsión, donde la novela golpea más fuerte: no por lo que sucede, sino por lo que sientes mientras él te lo confiesa.
Y aquí es donde me gustaría detenerme un momento para compartir contigo la sensación que me rondó mientras leía: por momentos, la voz de Termeer me recordó a cierto caballero llamado Humbert Humbert. No por el tema —que no tiene nada que ver— sino por ese magnetismo incómodo de los narradores que se confiesan solo hasta donde les conviene. Esa lucidez afilada, esa mezcla de frialdad y autojustificación, ese modo de hablarte desde un rincón oscuro de la conciencia sin que puedas apartar la mirada. En la Lolita de Nabokov lo vemos envuelto en prosa seductora y barroca; en Emants es todo más sobrio, más desnudo, casi cruel. Pero la sensación es similar: estás leyendo a alguien que no pide simpatía, que te manipula sin prisa, que te obliga a distinguir entre lo que cuenta y lo que intenta ocultar. Y esa tensión, tan literaria como moral, es uno de los grandes placeres —y tormentos— de esta novela.
La prosa acompaña esa intención: limpia, contenida, dura como una verdad mal digerida. Es admirable cómo Emants consigue que cada frase parezca un golpe seco. No es una novela larga, pero es mejor saborearla despacio; porque su fuerza está en lo que no dice tanto como en lo que admite. Allí donde otros escritores se perderían en introspecciones floridas, él va recortando, quitando grasa, dejando solo el hueso moral. Y sí, ese ritmo pausado y reflexivo es justamente lo que la hace tan potente: la novela no te persigue, te espera, como si confiara en que tú también te atreverías a entrar en la cabeza de Willem.
El retrato psicológico de Termeer es lo que más brilla. No es un villano ni una víctima; es un hombre que lleva demasiado tiempo mirándose desde dentro, sin piedad, y no parece que vaya a detenerse. A veces da cierto repelús, otras veces es extrañamente comprensible. Pero siempre es veraz. Esa veracidad incómoda me recordó a ciertos personajes de Knut Hamsun, o incluso a ese Camus de El extranjero del que hablábamos antes; esos que incomodan porque no se dejan domesticar por los códigos morales del lector. Termeer pertenece a esa familia de personajes que, en lugar de pedirte empatía, te ponen un espejo delante… y te dejan decidir si quieres mirarte o no.
Pero más allá de esa honestidad, se percibe también en Willem un constante conflicto interno: la mezcla de auto-desprecio, frustración por la propia inacción y una sensación de injusticia que lo acompaña desde la infancia; ese convencimiento de que la felicidad y el bienestar son para otros, mientras él queda atrapado en su propia incapacidad para acceder a ellos, con un sentido del placer siempre incompleto y fugaz. Esa carga psicológica hace que su confesión no sea solo un relato, sino un examen del alma que te deja un sabor amargo, sí, pero fascinante.
La estructura de la novela —esa confesión lineal, sin interrupciones, sin voces alternativas— refuerza la sensación de encierro: lees como quien escucha a un desconocido hablar en voz baja en un café casi vacío, y poco a poco descubres que ese susurro tiene más filo del que pensabas. A Emants le interesa la verdad interior, no el decorado. Por eso los hechos importan menos que la forma en que Termeer los recuerda, los manipula o los acepta. En eso se parece más a ciertos diarios ficcionales que a una novela convencional.
Los temas centrales —culpa, alienación, frustración, deseo, moralidad— surgen sin subrayados, aparecen entre líneas, sin necesidad de anunciarse. Y ahí reside otra de sus virtudes: nada está dramatizado en exceso. Lo que perturba no es lo que ocurre, sino cómo lo vive Termeer y cómo te lo cuenta. Su honestidad es abrasiva, probablemente incómoda para algún lector, y sin embargo te atrapa; uno no quiere estar en su pellejo, pero tampoco puede apartar la mirada.
Y al final, cuando cierras el libro, queda esa extraña sensación de haber escuchado una voz que, contra todo pronóstico, sonaba verdadera. No amable, no redentora, no heroica: verdadera. En un mundo donde la mayoría de las historias intentan salvar al lector de algún modo, Emants hace justo lo contrario: te deja solo con lo que has leído y confía en que sabrás digerirlo. Y quizá por eso esta novela se siente tan moderna. Podría haberse publicado ayer mismo y, te aseguro, nunca dirías que fue escrita en 1894: hace más de ciento treinta años.
Termino con una idea que me rondó todo el tiempo: hay libros que no lees para entender al protagonista, sino para entenderte a ti mientras lo lees. Una confesión póstuma es uno de ellos. Puede que para algunos no sea una lectura agradable, pero Willem Termeer es un personaje complejo, fascinante y veraz, y la novela tiene una voz narrativa sobresaliente, que arrastra al lector de forma casi adictiva: te atrapa desde la primera línea y no te suelta hasta el último párrafo —magistral—, que te deja con una sonrisa torcida y los ojos entornados. Por eso se lleva mis cinco estrellas.