“Las leyes de la ascensión”, de Céline Curiol, es una muestra perfecta de lo valiosas que pueden llegar a ser las recomendaciones de los buenos libreros. Comprada a ciegas, apenas mediante el entusiasmado consejo de uno de mis libreros de cabecera, ha sido un largo e intenso viaje literario a través de seis personajes que entretejen sus vidas y la búsqueda de un sentido para sí mismos en el París de los atentados islamistas de 2015.
Esta novela coral, narrada en el efímero contexto de apenas cuatro días (que, sin embargo, dan para casi mil páginas), se enfrenta de la mano de sus diversos protagonistas a cuestiones universales como el amor —en general, no sólo reducido a la acepción romántica—; la esperanza en el futuro; la integración cultural; el éxito profesional; el paso del tiempo; el íntimo enfrentamiento entre nuestro yo idealista y nuestro yo realista; etc. Curiol arrastra a sus personajes a través de una oleada de acontecimientos en los que todos están implicados, mientras nos permite observar, con todo lujo de detalles, las intimidades de sus mentes y sus corazones.
“Las leyes de la ascensión” no es un libro difícil de leer, pero sí es un libro denso y complejo, en el que hay que invertir tiempo y fuerzas. La autora consigue que desarrolles fuertes apegos con los protagonistas, gracias a la empatía que se produce por lo detallado de la disección emocional e intelectual que hace de ellos, haciendo su evolución apasionante. La otra compañera que tenemos en la novela es París: la ciudad se convierte no sólo en un escenario, sino en un ente vivo, cambiante y dinámico, que nos arrastra en sus aguas con la misma intensidad que a Orna, Sélène, Hope, Modé, Pavel y Mehdi.
Magníficamente escrita, en la novela se percibe muy clara la influencia de Paul Auster —a quien se la dedica—, pero con ese aroma europeo, tan francés, que a mí personalmente me encanta. El gran mérito de Curiol es haber sabido entrelazar lo íntimo y lo social, lo intelectual y lo emocional, lo colectivo y lo individual, hasta hacer de lo que, fácilmente, podrían haber sido cinco o seis novelas, un único cuerpo narrativo en el que nada sobra. Quizás el personaje que menos me haya entusiasmado sea Hope, que es la menos imbricada en la trama, pero entiendo para qué la usa Curiol y qué pretende mostrar con ella.
No puedo nada más que agradecer a Errata Naturae y Periférica que se hayan atrevido con una apuesta tan arriesgada, porque hubiese sido una lástima que nos hubiésemos perdido esta obra en nuestra lengua. Por cierto, mención aparte a la heroica traducción de Regina López Muñoz, para la que no me cabe duda de que ha debido ser un proyecto inmenso.