Sobrevivientes de un cataclismo cósmico y un Dios monstruoso que deben cargar por el desierto... Mujeres que dan a luz seres albinos, gelatinosos... ¿Ciencia ficción? ¿Pasada o futura realidad? Trasterra, narración alucinante de hombres y mujeres en quienes se repiten las increíbles experiencias y los terrores de una humanidad prehistórica, es la única novela mexicana finalista del premio internacional "México" (segundo lugar de honor, junto a la triunfadora...), destacada por el Honorable Jurado: Miguel Ángel Asturias Mario Vargas Llosa José Revueltas Ángel María de Lera Miguel Otero Silva
Trasterra La novela Trasterra, del recién fallecido poeta, periodista y narrador Tomás Mojarro, publicada en 1973, narra la epopeya de los sobrevivientes tras un cataclismo indefinido. Se trata de un grupo de seres humanos que yerran por el desierto posapocalíptico en busca de una región que llaman El Altiplano. Los personajes carecen de nombres y son referidos únicamente mediante epítetos: el baquiano, el castrado, el purulento, el albino, la mujer. No se sabe si entre los sobrevivientes se estilan o no los nombres propios. Es difícil hacer una sinopsis de la trama porque la novela está narrada de tal manera que salta de un tiempo a otro, de un personaje a otro, y el lector debe ir recomponiendo la cronología de los acontecimientos según ciertas pistas que se le brindan, aunque persiste la ambigüedad gracias a los diversos procedimientos y dispositivos verbales de que echa mano el autor. Trasterra comienza con una escena atroz: un padre, al que llaman el baquiano, sube al peñón donde se ejecutan las condenas portando en la mano un arma, la primera que se fabrica entre los sobrevivientes, acompañado de su hijo, con el fin de ajusticiarlo por cometer fratricidio. Nos enteramos de que el padre es el guía o baquiano del grupo de sobrevivientes porque ve y oye en sueños señales que marcan, asegura, el camino al Altiplano, una tierra fértil donde los sobrevivientes buscan asentarse. ¿Qué pasó con la tierra para que ahora sea un páramo? No lo sabemos, pero piensan los sobrevivientes que debe ser a causa de un crimen desmesurado cometido por sus ancestros, crimen que quisieran, por encima de todas las cosas, averiguar los sobrevivientes, para evitar repetirlo. En el grupo las embarazadas cargan en sus hombros un dios de piedra que tiene tanto el atributo masculino como el femenino, y uno al que llaman el Purulento, experto en la confección de pociones y remedios, lo interroga en vanos esfuerzos por conocer el pasado. También sabemos que uno de los personajes, cuyo epíteto no mencionaré para no arruinar la sorpresa, se vuelve adicto a un árbol terrible que llaman adormidera de monte y que provoca el olvido de la gente, de manera que el desorden en que se presenta la novela corresponde justamente a la pérdida, y paulatina recuperación, de la memoria del personaje mencionado. En Trasterra hay elementos de ciencia ficción y de fantasía que se entremezclan y conviven gracias al tono mítico o arcaico que tiene la obra y al lenguaje que utiliza, que aprovecha la ambigüedad y rehúsa las descripciones puntuales. Así, nuestros sobrevivientes se encuentran con una raza de hombres-lagarto, encuentro que deviene en una brutal batalla que se vuelve objeto de leyenda. Animalidad y humanidad empiezan a borrar sus lindes; no sólo porque el ser humano está reducido a una supervivencia animal, sino porque el animal mismo da trazas de humanidad, de lenguaje y de pensamiento humanos. También hay un juego de espejismos y sueños que contribuye a acentuar la ambigüedad de lo narrado: uno de los personajes, perteneciente a la generación de los albinos (producidos en un solo día, posiblemente gracias al influjo de alguna plaga, maldición o fenómeno degenerativo), el cual, luego de vagar durante años, cree estar soñando a otro de los protagonistas, ya que algunos sobrevivientes han estado encontrándose en sueños en la ciudad de los primogénitos. Esto, por supuesto, me encantó en lo particular, porque, como sabrán, me apasiona el tema de los sueños compartidos y las realidades oníricas. También existe una especie de profeta que, a fuerza de imaginar cosas, de soñarlas febrilmente, empieza a darles una realidad o, cuando menos, una presencia que otros observan: muros efímeros se levantan en el horizonte, entre las dunas, formando ciudades ilusorias; caravanas de gente atraviesan los arenales hasta perderse en la lejanía; espejismos de sobrevivientes perdidos que atraen a los trasterrados y los van dispersando y perdiendo por el desierto. Los sucesos narrados, se intuye, ocurren en un futuro, uno que se ha vuelto un desierto debido a alguna catástrofe ambiental; pero hay siempre la posibilidad de que se trate de un pasado remoto, legendario, en que el cosmos no ha adquirido aún la forma que tiene hoy. En todo caso, se trata de un mundo de precariedad y adversidad, donde los sobrevivientes se ven reducidos a la miseria material y la abyección corporal. Flacos, hambrientos, se alimentan de raíces, de frutos amargos, de alimañas indefinidas, duermen a la intemperie, pegados los unos a los otros para tener algo de calor, y a la mañana recogen sus escasos cacharros para reanudar el peregrinaje hacia ninguna parte. El peregrinaje de estos sobrevivientes guarda un obvio paralelismo con el éxodo bíblico, y hay aun otros episodios que encuentran su análogo entre los mitos judeocristianos, paganos y mexicas: un episodio babélico en que los sobrevivientes pierden el habla común y forman camarillas con los pocos que entre sí se entienden; uno en que una plaga de langostas y otros insectos atacan la ciudad de las fachadas, una rivalidad semejante a la de Caín y Abel, pero aguzada tanto más cuanto que ambos mellizos reñían ya en el vientre de la madre; un dios de piedra masculino y femenino; un ampuloso que podría ser referencia al señor buboso, Nanahuatzin; o el hecho de que los sobrevivientes se echan en hombros a sus padres cuando envejecen tal como Eneas o como un dios bulto mesoamericano. El estilo de la obra se acerca mucho al de Rulfo, descarnado en sus imágenes y bello merced a un léxico mínimo y sencillo, sólo que el páramo de Mojarro no sólo es espectral, sino posapocalíptico. El tema de la epopeya de un grupo humano a través de varias generaciones parece adelantarse unos años a 100 años de soledad, sólo que el estilo de Mojarro dista mucho del preciosismo de García Márquez. Si una emoción despierta Trasterra es desolación. No se trata de una novela fácil de leer, no sólo porque el tono arcaizante lo vuelve oscuro en ocasiones, y hay que acudir al diccionario y revisar algunas acepciones poco frecuentadas de ciertos verbos: (por ejemplo el de recordar como sinónimo de despertar), ni por el hecho de que la narración vuelve sobre sí misma en forma de bucles o círculos concéntricos que fuerzan al lector a estar atento a ciertos procedimientos verbales como el uso de epítetos y de enumeraciones descriptivas a falta de nombres propios, sino también porque se trata de un relato descarnado y brutal, el relato, quizá, de los últimos seres humanos sobre la Tierra. Es una pena el olvido y ninguneo en que ha caído esta obra que, a casi cumplir cincuenta años, debería ser reeditada. Podemos achacarlo, creo, al desprecio que la “élite intelectual” nacional ha sentido, históricamente, por la fantasía y sus subgéneros (la ciencia ficción es un subgénero de la fantasía, pero eso es un tema para otro video), desprecio nacido por una visión miope de la vida y una concepción paupérrima del arte, que ha llevado a esta élite a figurarse que la única manera en que una obra puede tener relevancia artística es mediante el “contenido social”, mismo que, juran, sólo puede hallarse en el “realismo” (y claro, lo que es realista depende de sus prejuicios sobre la realidad, de modo que hay mucho de “ficticio en ello”). Es mucho lo que asumen y mucho más lo que ignoran, y por eso, a pesar de que vivimos en un país rico en culturas, historias, iconografías, leyendas, esta élite insiste en ofrecernos una ficción que emplea un imaginario más bien pobre. Trasterra debería ser considerada una obra tan importante como La región más transparente o como Pedro Páramo, pero en lugar de eso ha caído en el olvido. Quizás se deba a que Mojarro se caracterizó por ser incómodo a los gobiernos y a las camarillas culturales del país. Descanse en paz Tomás Mojarro y sólo me resta recomendar la lectura de esta obra maestra de la ciencia ficción.