La autora hace énfasis que hombres y mujeres somos diferentes, sin que por ello deba existir un sexo fuerte y otro débil, pero aún en la lucha del feminismo por la igual, no es justo que las mujeres pierdan su feminidad. Dice ella, debemos “aprender a apreciar nuestras diferencias, para generar complemento, pues la igualdad produce competencia. Cada uno tiene características femeninas y masculinas, debemos aprender a desarrollarlas.”
Según nos comenta “a las mujeres las mueve su vida afectiva. En cambio, a los hombres los propulsa el logro de objetivos y metas que se proponen. Lo femenino valora más el proceso, lo masculino los objetivos. Lo masculino separa, ordena. Lo femenino reúne, junta. Lo masculino es monofocal. Lo femenino es multifocal. Lo femenino resuelve los conflictos hablando, lo masculino en silencio. La rabia de los hombres y la tristeza de las mujeres. Los tiempos personales marcan otra importante diferencia. A la mujer le cuesta darse su tiempo pues le crea culpabilidad, el hombre siente su tiempo como un derecho básico.”
En fin, sería fácil discutir eso de dividir formas de pensar y actuar propias de un solo sexo, lo cierto es que al final, la intención de la autora es hacer notar que tanto hombres como mujeres aprendemos unos de los otros, y que en la búsqueda y lucha de equidad de género que se ha emprendido, sobre todo por parte de las mujeres, se debe tener cuidado de no perder la esencia femenina. Cuestionando aquello que estamos dejando ir y lo que estamos reteniendo en ese afán de igualdad.
Por otro lado, cuestiona la nueva generación de jóvenes que no quieren parecerse a sus padres, y de los padres que han querido dar a sus hijos lo que no tuvieron y con ello han creado nuevas personas que no conocen el valor de lo que tienen, y ven todo como desechable, incluso las relaciones interpersonales.
En fin, que es una lectura interesante, que invita a reflexionar sobre diferentes aspectos, pero con los que no necesariamente hemos de estar de acuerdo.