El fino límite entre hipocondria y reflexión sobre la finitud que ya se dejaba ver en Cero queda aquí profundizado. La anotación cotidiana, el diario de vejez y el aislamiento (el interior y el relativo a los años del covid) se mezclan y arman un ritmo bastante seguible. Entiendo exactamente cómo y por qué la poesía de Bertoni no gusta a algunos. Diría, incluso, que opino parecido. Que no es mi poeta favorito. Que, en realidad, es uno de mis diaristas nacionales favoritos que, de casualidad, escribe hacia abajo. Bien poco me importa si eso es o no poesía. Los párrafos sin comas no respirados así todo de corrido que abundaban en Rápido antes de llorar aquí escasean y se entiende: es un signo de la respiración misma -o peor aún: de la conciencia de la respiración- de su autor. Sobre cómo vive actualmente Claudio Bertoni y la relación que tiene aquello con su obra me dan ganas de decir muchas cosas que, en tanto extraliterarias, me reservo.