“Lo más asombroso de toda aquella historia es que la Provenza tiene una memoria de elefante para las fuentes y las leyendas”.
Región del Luberon, Provenza francesa. Después de una violenta tormenta que ha echado abajo un muro de sus tierras, el anciano señor Sécaillat va a casa de su vecino, nuestro narrador, a explicarle que han quedado a la vista lo que parecen vestigios arqueológicos. Temiendo que, si avisan a las autoridades, al señor Sécaillat le despojen de sus tierras para realizar excavaciones que podrían durar años, los dos vecinos deciden cavar por su cuenta y ver qué más encuentran bajo tierra.
Este sería el punto de partida terrenal, la trama de la novela para quienes me preguntan “Oye, ¿y de qué va este libro?”. Pero no es más que la puerta de entrada a la verdadera dimensión de la novela. Una dimensión en la que las historias ancestrales, las leyendas arraigadas al territorio, cobran vida y se entremezclan con la realidad. Un mundo mágico, atávico, con el que me ha resultado muy sencillo conectar como lector nacido en el Mediterráneo, muy cerca de donde se desarrolla la acción de la novela. Mi pasado, las historias y leyendas de mi tierra, en las que el aire, el agua y el fuego son protagonistas, están íntimamente relacionadas con las de la novela. Y no hablo solo de los mitos que aparecen en los libros de Historia, sino los que las abuelas han contado siempre ha sus nietos y se han transmitido de generación en generación desde tiempos inmemoriales.
A base de cavar, los dos vecinos destapan una antigua fuente de la que brota agua termal, un manantial que supone una bendición para esta tierra seca y cuyas propiedades curativas se hacen patentes a lo largo de la novela. Sin ir más lejos, a la señora Sécaillat, aquejada de Alzheimer, empiezan a desaparecerle los síntomas a medida que va introduciendo en su vida diaria el consumo del agua de esta fuente. La metáfora sobre cómo la recuperación y puesta en valor del pasado incide positivamente en la memoria me ha parecido brillante y muy bien ejecutada.
A raíz de este hallazgo, se destapa la caja de la memoria, y por la novela comienzan a desfilar druidas, brujas, todo tipo de rituales y creencias paganas con origen en el pasado galo de la región. Aníbal y sus elefantes de camino a los Alpes para llegar a Roma, el Cabro d’Or, el Canis Lupus, el Dios Vintur y su hijo, el viento Mistral, ese que sopla desde la cima del Mont Ventoux hasta las crestas del Luberon. Todos ellos, protagonistas de unas leyendas que, “aunque en parte se cuentan para soñar, para ponerle un toque de misterio a un mundo gris, también se cuentan para explicar lo incomprensible, para desentrañar lo inexplicable”.
‘La balada del Mistral’ es una historia que huele a vino de nueces, a lavanda, a tomillo y a romero silvestres. Una bellísima novela que nos habla de amistad, de la memoria, de la tierra. De mitos y leyendas, de la necesidad de regresar a nuestras raíces, a nuestros orígenes, para no olvidar quienes somos. Nos interpela como seres humanos, nos recuerda la necesidad de recuperar lo sustancial, lo que verdaderamente somos, ante un mundo moderno que avanza pisando y borrando nuestras identidades. Nos invita a rescatar nuestra mitología enterrada, a reconectar con nuestra esencia, con la naturaleza, con nuestros ancestros, con nuestro pasado común. Con lo que nos hace ser quienes somos.