Pedir la regularización para las personas migrantes, derechos laborales para las trabajadoras del servicio doméstico o que la historia del pueblo gitano aparezca en los libros de texto es lucha antifascista. [...] Cada vez que pedimos acceso a una vida digna en igualdad, independientemente del género, la nacionalidad, la religión o la etnia estamos haciendo antifascismo. Estamos afirmando radicalmente la universalidad de los derechos humanos que el fascismo niega, estamos afirmando que no existen jerarquías de humanidades.
El 6 de febrero de 2000 [El Ejido, Almería], cientos de vecinos iniciaron un pogromo contra personas migrantes. Asaltaron sus negocios, incluso entraron en sus viviendas y les prendieron fuego ante la mirada pasiva de la policía. No hubo ninguna detención, ni siquiera una intervención policial para frenar las hordas que arrasaban con todo. Más de una veintena de heridos, una mezquita arrasada y varios vehículos incendiados. Los trabajadores migrantes y sus familias se escondieron donde pudieron de la ira racista. Jóvenes armados con bates de béisbol y barras de hierro prendieron fuego a una vivienda en la que vivía una familia magrebí con dos menores de edad. Pudieron escapar de las llamas.
“Veinte años después [de los sucesos de El Ejido], el partido de extrema derecha Vox es el segundo más votado en El Ejido, una ciudad donde conviven millonarios con miles de trabajadores viviendo en condiciones infrahumanas en chabolas de plástico y antiguos cortijos en ruinas por los que pagan alquileres desorbitados.[…] Sin luz ni agua corriente, sobreviven en ese cuarto mundo que nuestras sociedades enriquecidas se han acostumbrado a albergar como engranaje imprescindible de su motor económico. No ha vuelto a haber más razias porque la ley de extranjería es el mejor sistema de represión y amedrentamiento para que las personas migrantes no osen reclamar los derechos más fundamentales. Pero la semilla del odio, que brotó en el año 2000 escandalizando a buena parte del país, está ahora diseminada por todo el territorio nacional: la riegan diariamente con sus mentiras, sonrisas cínicas y visitas a centros de menores, campos de tiro y al Parlamento la señora Monasterio y los señores Abascal y Ortega Smith. Pero no solo. También medios de comunicación que durante años han pagado a tertulianos dedicados a hacer apología del odio, divulgar bulos y prejuicios, y crear así la agenda política y el estiércol ideológico sobre el que luego se ha enraizado parte de la derecha y la extrema derecha españolas. [...] El Ejido debe permanecer indeleble en nuestra memoria histórica: un aviso de lo que ocurre cuando las leyes excluyen a una parte de las personas de su condición ciudadana, cuando se normalizan las castas sociales, cuando, en definitiva, institucionalmente se sientan las bases de un apartheid.” – Patricia Simón (La Marea).
Como siempre, los grupos de extrema derecha relacionan la inseguridad con las personas migrantes, no con la precariedad ni la falta de políticas públicas que solucionen o mitiguen los problemas de la ciudadanía.
Trataron el caso [de Carlos Palomino] como una “pelea entre bandas rivales”, poniendo al mismo nivel a los nazis y los antifascistas, cuando el asesino iba a manifestarse contra las personas migrantes armado con un cuchillo mientras la víctima iba a protestar contra el racismo desarmado.
La investigación [caso Panzer] había comenzado a raíz de la venta de armas y difusión de material neonazi en una web, pero el juez consideró que estos indicios no justificaban pinchar los teléfonos [autorizado por la jueza de instrucción dos años antes de la operación policial] . [...] De modo que el juez del caso Panzer incluso arremetió en la sentencia contra al Guardia Civil por haber investigado a una banda neonazi a la que se le incautaron numerosas armas. [...] Un año después, el alto tribunal confirmó la absolución de los nazis e impuso a las organizaciones de la acusación popular [recogidas en Acció Popular Contra la Impunitat] el pago de las costas: más de 43.000 euros [...]. Los neonazis exigieron que se les devolvieran las armas encautadas. Como habían sido destruidas, el Estado tuvo que indemnizarles. El asesino de Guillem – al que de nuevo sonreía la justicia – pidió también que se le devolviera su colección neonazi. Cuevas, que cuando se le juzgó por el asesinato de Guillem declaró que era un joven ajeno a cualquier ideología política, reclamaba decenas de brazaletes con la esvástica y demás objetos de parafernalia nazi que la Guardia Civil le había encautado. Aparte de una navaja a la que, según decía, tenía especial cariño.
[…] Ponían sobre la mesa la existencia de un supuesto antifascismo democrático, que reivindica valores solidarios, pero siendo respetuoso con el sistema capitalista y sobre todo “sin usar la violencia”. Con este argumento pretendía trazar una línea divisoria entre el antifascismo demócrata y el antifascismo violento. Según esta tesis, el supuesto empleo de la violencia es el método básico que iguala a antifascistas con los fascistas, utilizando ambos grupos formas de expresión igualmente “radicales” y “extremas”. El objetivo de insistir con esta argumentación es el de aislar socialmente al movimiento antifascista real, al que lucha en la calle porque entiende que el fascismo es una herramienta del capitalismo para amedrentar a los sectores sociales en lucha por los derechos básicos de las personas y que entiende, además, que no es democrático el sistema que privatiza la sanidad, que mercantiliza la educación, que precariza el trabajo, que vive junto a las mafias inmobiliarias y junto a la corrupción institucional. Es decir, no existe un antifascismo “democrático” que no combate el sistema capitalista ni planta cara a sus guardianes callejeros: los nazis.
El primer concierto de Negu Gorriak en Barcelona en el año 1991 fue en la antigua sala Zeleste. Allí se encontraron con un despliegue policial impresionante; decenas de furgonetas ocupaban las calles aledañas con las sirenas puestas. “Querían amedrentar a la gente para que no se acercara, que se extendiera el pánico y temieran acudir a un concierto nuestro. […] Después, más de uno me confesó que se había politizado al ver aquellos. Pensaron que algo estarían haciendo bien si preocupaban así al poder. Parecía que nos temían. La música era una gran herramienta de lucha”. [Explicaba Fermín, de Negu Gorriak].
“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, ya que no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, ya que no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, ya que no era judío. Cuando vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar.” – Martin Niëmoller, pastor luterano (1892-1984).
Mostafà, que se declara ateo, explica: “La campaña ultraderechista no era contra los templos religiosos, sino contra toda la comunidad musulmana y contra la misma diversidad religiosa del territorio. […] Defender el Estado laico no implica prohibir a los creyentes tener sus centros de culto.”. Según Mostafà, la estrategia islamófoba de la extrema derecha usa precisamente el hecho religioso como excusa para estigmatizar a toda una comunidad, mayoritariamente migrante, aprovechando que parte de la izquierda, por su tradición laica, no defenderá a los musulmanes.
Siempre pensamos que los judíos fueron masacrados y exterminados durante la Segunda Guerra Mundial porque un Gobierno muy malo con un programa de exterminio se hizo con el poder en Alemania. [...] Cuando nos horrorizamos ante el Holocausto, se nos olvida que fue posible porque en ese momento no nos horrorizaba el trato que se infligía a los judíos. Que fue, por tanto, la aceptación de la inferioridad de una determinada comunidad, convertida en programa de gobierno por un partido que, de alguna manera, hizo visible y manipuló el racismo de un sector de la población, lo que hizo posible el Holocausto. Alertemos entonces sobre las consecuencias históricas que tiene la aplicación de esquemas de exclusión en las relaciones de poder."- Santiago Alba Rico, extracto entrevista en CTXT.
Cada contexto, cada época y cada ocasión es particular y tiene sus propias características, por lo que no siempre funciona la misma estrategia. No se puede combatir una victoria electoral de la extrema derecha con una manifestación de un bloque negro. Ni se puede parar una cacería nazi con una batucada. Ni todos los militantes y simpatizantes están dispuestos a todo. Sin embargo, todas y todos son necesarios en distintos frentes. Con un símil deportivo que oí en una charla a un militante antifascista, no puedes ir a jugar un partido de fútbol con once delanteros ni con once porteros. Necesitas toda la plantilla.
La batalla del antifascismo no es solo contra los neonazis del barrio o el partido de extrema derecha de turno, sino también contra la infección que suponen estas ideas más allá de sus entornos y las condiciones materiales que hacen que el veneno contagie. Por eso, que la estrategia antifascista se base únicamente en responder a las acciones de las organizaciones de extrema derecha es obviar otros importantes frentes de batalla, quizás incluso de los más importantes, como son los más cercanos: el barrio, la escuela, la universidad, el centro de trabajo y cualquier otro espacio.
En muchas de estas manifestaciones detienen aleatoriamente a quien logran cazar en una carga y le atribuyen cualquiera de los incidentes que hayan tenido lugar, aunque luego no se demuestre su participación en ese hecho determinado. La palabra de la policía va a misa y eso lo sabe cualquier activista. [...] “El grupo ha aceptado la oferta [penas inferiores a 2 años de prisión si reconocían los hechos] viendo cómo se desarrolla la dinámica judicial. Era la palabra de ellos contra la de los policías. De esta manera, eran los imputados los que tenían que demostrar su inocencia y no la fiscalía la que tiene que probar las acusaciones.”
Los neofascistas llevaban décadas reivindicando esa supuesta transversalidad en la que pretendían situarse, negando el eje izquierda-derecha y apelando a un “pueblo” enfrentado a las élites, algo parecido a lo que reivindicó el 15M. Lo que de primeras no explicaban los neofascistas era que ese “pueblo” al que se referían era cultural y a veces racialmente homogéneo, porque para ellos, la diversidad era precisamente una imposición de esas élites que llamaban a combatir.
HSM [Hogar Social Madrid] cambió la forma en la que los neonazis se presentaban ante la ciudadanía. No solo con sus acciones “sociales”, su retórica y su estética, [...] sino porque desde el primer momento atendieron a los medios de comunicación y les abrieron las puertas de par en par. […] Combinaban estas acciones sociales excluyentes con campañas de agitación en las calles contra la inmigración, el feminismo, las personas refugiadas, los MENA, el independentismo o el islam. [...] Juan recuerda que el barrio se movilizó inmediatamente y entendió que, aunque no luciesen simbología nazi o fascista, sus repartos de comida excluyente (solo para españoles) los retrataba, porque en el barrio existían bancos de alimentos desde el 15M que no discriminaban a nadie. “Vinieron a prestar un servicio que ya llevaba años en marcha”.
“La interpretación que la fiscalía hace de los delitos de odio está absolutamente apartada de los parámetros internacionales que dice recoger. El delito de odio nació para proteger a los colectivos vulnerables y debe combatir con energía cualquier tipo de discurso que ahonde en su discriminación o criminalización. En su lugar, esta circular se muestra equidistante y, lo que es peor, llega a amparar al colectivo nazi.” – Isabel Ebal, jurista.
El nazi que se había librado del agravante de racismo cuando atacó a Mustafá al grito de “moro de mierda” acusaba ahora a cinco antifascistas de discriminación ideológica. Y el fiscal lo aceptó. No era la primera vez que la fiscalía aplicaba a los antifascistas el agravante de odio, concretamente la motivación ideológica.
Ante la barra libre que se estaba dando a la hora de aplicar este agravante [delito de odio], decidí consultar a organismos internacionales expertos en la materia. [ECRI, OSCE, Instituto de Relaciones Raciales de Reino Unido] Todos respondieron en el mismo sentido […]: “La legislación sobre delitos de odio, las medidas contra la discriminación, así como las leyes internacionales de derechos humanos están ahí para proteger a los grupos vulnerabilizados, y nunca deben convertirse en un escudo detrás del cual se escondan los agentes del Estado.
También consulté a Laia Serra, que me recordó: “La policía ya tiene una serie de delitos que la protege, como los de atentado contra la autoridad (550 C.P.) en caso de ataques físicos, los de calumnias (205 C.P.) e injurias (208 C.P.) o los de los insultos dirigidos a los cuerpos policiales (503.2 C.P.). La policía, cuando actúa, cumple una función de Estado, no está ejerciendo ningún derecho fundamental. Son un colectivo corporativo, no un grupo identitario y menos un grupo estructuralmente desaventajado en el ejercicio de sus derechos fundamentales. Entender que los delitos de odio son aplicables a la policía es un abuso de derecho, una distorsión de la legislación antidiscriminatoria.”
Esta supuesta incorreción política de la que hace gala la extrema derecha es una de las claves para entender su batalla cultural, es decir, su estrategia de minar los consensos democráticos en materia de derechos humanos, Intentan conquistar el sentido común normalizando sus discursos de odio y presentándose como irreverentes ante lo que llaman “dictadura progre” o “marxismo cultural”, acusando de “buenistas” a quienes defienden derechos y presentándose ellos como rebeldes porque intentan eliminarlos. [...] Uno de los ejes principales de esta batalla cultural es la victimización del privilegiado – esto es, de colectivos que no sufren una discriminación estructural. Por ejemplo, se presenta a los hombres como víctimas de in contubernio feminista basado en el odio. Esto no es nuevo. Los neonazis de los años noventa ya hablaban del “racismo antiblanco”.
Durante el franquismo, la izquierda asoció el fútbol a una herramienta del régimen, como “el opio del pueblo”. La izquierda se desentiende del fútbol, lo abandona, lo desprecia desde el punto de vista militante e intelectual. Así fue como durante los años ochenta, como no ocupó ese espacio, llegó la extrema derecha y lo ocupó. Esa ultraderecha que no tenía ninguna visibilidad a nivel institucional se empieza a hacer visible en los campos de fútbol.
“Toda la política que no hagamos será hecha contra nosotros.” – Joan Fuster.
El asesinato [de Aitor Zabaleta, por un miembro del Bastión – grupo radical de tendencia neonazi del Atlético de Madrid] se enmarcó en la “violencia en el deporte”, lo cual despolitizaba el caso y camuflaba el odio que había detrás como si fuese un asunto de rivalidad deportiva, y no la intención de un neonazi de matar a un vasco.
Willy [miembro de Bukaneros] explica: “Una grada consciente y rebelde en la que no solo se anima, sino que se sacan pancartas y se corea contra los deshaucios, contra la reforma laboral y otros temas de actualidad es doblemente peligrosa y está doblemente perseguida.”
La afición rayista le dio la bienvenida al grito de “¡Roman Zozulia, un puto nazi!”. Fue la primera vez que se suspendía un partido por los gritos de una grada ultra. Los insultos racistas que han tenido que soportar jugadores negros, las pancartas machistas, las banderas nazis o fascistas nunca han sido motivo suficiente para suspender ningún encuentro en la liga española. Sin embargo, llamar nazi a un jugador que hace apología del nazismo públicamente sí que fue motivo suficiente.
Pero también nos equivocamos mucho si pensamos que al fascismo se le para con papeletas cada cuatro años. El fascismo tiene las urnas porque antes ha tenido las calles. Si queremos sacarlos de las instituciones, hay que sacarlos primero de las calles.
“Al individualismo y el sálvese quien pueda del capitalismo, que acaba creando el ecosistema perfecto para que aflore el fascismo como salvavidas del propio sistema, debemos oponernos con la solidaridad y el apoyo mutuo. Que la mitad de quienes paran el desahucio de una vecina sean personas migrantes hace más contra el discurso xenófobo que una pila de panfletos antirracistas. Saber que compartes problemas (y también enemigos) con tus vecinos, sea cual sea su procedencia, levanta la mejor barrera posible contra el fascismo: comunidad y conciencia de clase.”
"Al final se trata de ir compartiendo, conviviendo para romper esos prejuicios. Cuando dependes de la olla común que hace la familia colombiana, el racismo no se sostiene. Igual que cuando la madre magrebí va a recoger a tus hijos al colegio porque tú estás trabajando, igual que cuando los niños de diferentes nacionalidades juegan juntos, consigues al fin comunidades más cohesionadas que son un dique contra el racismo”.
El Estado […] supo [...] tratar el racismo como un hecho individual y no como un asunto estructural, sacando de la ecuación la ley de extranjería, las políticas migratorias, la existencia de los CIE y muchos otros instrumentos del Estado que perpetúan estas desigualdades y criminalizan no solo el origen, sino también los cuerpos de las personas racializadas.
La ley de amnistía de 1977, además, permitía que los asesinos y torturadores quedaran impunes. Y por el bien del relato oficial, que presentaba la transición como un pacto de concordia entre quienes habían sometido a la población a una dictadura de cuarenta años y quienes la habían combatido para traer la democracia, la justicia y la reparación siguen fuera de la ecuación de una democracia construida sobre la impunidad y el olvido.
Me fijaba en Auschwitz en vez de en Albatera, Camposancos, Castuera, La Corchuela, Los Almendros, Miranda de Ebro o San Pedro de Cardeña. Nadie nos explicó que aquí también hubo campos de concentración, trabajo esclavo y un genocidio. Y nadie, de ningún Gobierno de la era democrática, construyó un museo donde se explicase la barbarie fascista, aunque solo fuera por vergüenza. En vez de tener nuestro propio memorial […] tenemos una enorme cruz visible a kilómetros de distancia que todavía señala el mausoleo franquista en el valle de Cuelgamuros. El conocido como Valle de los Caídos fue escenario del escarnio fascista a los demócratas supervivientes de la guerra, porque los presos republicanos fueron obligados a construirlo.