En una época marcada por los intentos frustrados de transformación social, y desde un afecto de desesperanza y cancelación del futuro, proliferan discursos que acusan a la izquierda de haber abandonado a la clase trabajadora y desatendido la politización de la cuestión social. La lucha de clases, los problemas económicos y las preocupaciones materiales habrían sido sustituidas por las políticas de la identidad y las luchas por el reconocimiento. Se señala una complicidad entre la llamada ‘izquierda cultural’ y el neoliberalismo. Y quienes han quedado excluidos de esta alianza progre reciben el nombre de los olvidados, los perdedores de la globalización, quienes quedaron en los márgenes en la América desindustrializada del Detroit, en la Francia periférica, en la España vacía o en la Inglaterra rural.
Este ensayo se propone atender a la coartada reaccionaria que se esconde tras estos planteamientos. Los olvidados son presentados como una imagen en la que parece vivir aun cierta pureza y evidencia proletaria. Pero se trata de una superficie de inscripción de odios y resentimientos. Contrario a este conservadurismo sensible, necesitamos trazar nuevos imaginarios que den cuenta de la fragilidad identitaria de nuestras sociedades luego de la larga travesía que nos legó la derrota obrera del siglo pasado, y sus hilos latentes aún por descubrir.
El ensayo en cuestión tiene muchísimos aciertos intelectuales, éticos y políticos, producto de una reflexión pausada y, hasta donde se alcanza a observar, bien decantada sobre algunos de los principales obstáculos que enfrenta la izquierda no solo en su relación con la derecha, sino, más importante aún, consigo misma.
Sin situarse en ninguno de los dos bandos que se disputan o bien la primacía de lo material o bien la prioridad de lo cultural en los debates contemporáneos sobre la proliferación de la derecha en Occidente, Gómez Villar opta por reconciliar ambos términos de manera dialéctica (única manera de comprenderlos en su complejidad y densidad históricas, dicho sea de paso), para anotar por qué los 'fundamentalismos' que se colocan en un bando o en el otro no hacen sino perder de vista la realidad concreta de las formas contemporáneas de la explotación, la dominación y la marginacion sociales en el capitalismo.
En ese sentido, es indudable que el texto, al mismo tiempo que abona de un trabajo serio de historia de las ideas sobre la clase obrera, también lo hace desde trincheras de la historia intelectual y el análisis de los hechos en sus múltiples y diversas manifestaciones. (A menudo el texto se siente solo como un trabajo más de historización de las ideas, pero justo en los momentos indicados, este proceder se combina con sustanciosos pasajes que hacen recobrar el sentido de realidad y de pertinencia política del texto, al atraer las ideas expuestas a ejemplos concretos de la vida cotidiana).
Una cosa que me pareció interesante es que, aunque el trabajo de E.P. Thompson sobre el proceso histórico de formación de la clase obrera en Inglaterra es citado apenas en el capítulo final, la totalidad del ensayo se siente como una escritura que en ningún momento deja de serle tributaria a la perspectiva de este historiador inglés. Particularmente esto se siente aún con mayor claridad en el segundo capítulo del libro, uno de los más reveladores e importantes de todo el libro, pues es ahí en donde se encuentra la justificación que el autor da al problema de las disputas entre las "batallas culturales" y la "lucha de clases".
Y aunque las referencias a otras obras son pocas (dada la extensión total del texto), no sobra señalar que la refacción del mismo evidencia que el autor está muy bien documentado sobre las diversas vetas de análisis que se abren en este complejísimo campo de disputa que son las identidades de los sujetos políticos e históricos, contemporáneos y pasados.