Leí este libro movida por el amor profundo que siento desde siempre por la música de Dire Straits. Durante muchos años evité conscientemente conocer la vida personal de los miembros de los grupos y artistas que me marcaron, por miedo a que una biografía incoherente o moralmente decepcionante contaminara algo tan íntimo como la relación con su música. Este libro me llegó como regalo, y decidí leerlo con la mejor disposición posible.
Desde el punto de vista estrictamente informativo, el libro cumple: uno se entera de la historia del grupo, de giras, grabaciones, tensiones internas y del papel que el propio autor eligió desempeñar dentro de Dire Straits. En ese sentido, no puede decirse que sea un libro vacío.
Sin embargo, a medida que avanza la lectura, se va imponiendo algo mucho más incómodo que termina eclipsándolo todo: la mirada del autor. John Illsley no escribe solo desde su experiencia personal, sino desde una posición de clara superioridad cultural y moral que atraviesa el libro de principio a fin.
El desprecio —explícito o apenas disimulado— hacia buena parte del sur y el este de Europa resulta especialmente desagradable. Italianos y balcánicos aparecen retratados con un tono condescendiente, estereotipado y profundamente injusto. De España se dice poco, casi nada, lo que no sé si interpretar como neutralidad o simple indiferencia. En contraste, el autor se deshace en elogios hacia el mundo anglosajón y hacia el norte de Europa, especialmente estadounidenses y australianos, pero también holandeses y alemanes, presentados casi como paradigma de normalidad, civilización y virtud.
A ello se suma un anticomunismo tan burdo como fuera de lugar en un libro que, en teoría, debería centrarse en la música y en la vida de un grupo. Las referencias al antiguo bloque soviético están cargadas de paternalismo y de una compasión mal entendida, como si la mera visita a una ciudad de la órbita socialista bastara para concluir que sus habitantes vivían inevitablemente peor, sin el menor intento de comprensión histórica, social o humana. No se reflexiona: se juzga.
Todo esto termina dibujando el retrato de un autor que no solo cuenta su historia, sino que la filtra constantemente a través de una mentalidad que roza el supremacismo cultural británico. No es tanto lo que dice —cada cual tiene su ideología— como la falta absoluta de pudor al imponerla en un relato que no lo necesita y que, de hecho, sale claramente perjudicado por ello.
A todo ello se añade la forma en que el autor aborda su vida sentimental. Illsley reconoce abiertamente haber sido infiel a sus parejas durante las giras, presentándolo como algo prácticamente inevitable en la vida de un músico profesional. Habla de «tentaciones» a las que, según él, resulta imposible no sucumbir, y relata sin especial conflicto moral decisiones tan significativas como abandonar una relación al borde de la ruptura para marcharse a Estados Unidos a continuar unas grabaciones, en lugar de quedarse y tratar de arreglar las cosas. Aunque en algunos pasajes admite lo que sus parejas debieron soportar, el relato acaba siempre desembocando en la misma justificación: la música estaba por encima de todo. Se transmite así la idea de que tocar, pertenecer a un grupo del nivel de Dire Straits y vivir esa vida era superior a cualquier vínculo personal, y que perder una relación era un daño colateral casi asumible, cuando no lógico. Más que una reflexión autocrítica, el lector encuentra una naturalización de la renuncia afectiva en nombre del éxito artístico.
Como lectora y como admiradora de Dire Straits, el libro me ha dejado una sensación amarga. He terminado la lectura con la esperanza —quizá ingenua— de que Mark Knopfler, de quien nunca he escuchado afirmaciones públicas de este calibre, no comparta esta forma de mirar el mundo y sea, como universitario y como artista, un poco más cuidadoso y menos obsceno en sus juicios.
En definitiva: un libro que aporta datos, sí, pero que también confirma algo decepcionante sobre su autor. Para quienes solo busquen información factual sobre Dire Straits puede resultar útil; para quienes lean esperando sensibilidad, apertura cultural o una mirada mínimamente crítica hacia uno mismo, la experiencia puede ser francamente desagradable.