Niñagordita es una historia sobre el hundimiento de Talía, una joven de la parte moderna o globalizada de Lima que, paradójicamente, no tiene relaciones sinceras con nadie. No es una persona falsa o una farsante; más bien, es una empeñada en mentiras, imposturas e incluso silencios sobre detalles cotidianos respecto de su conducta, empeñada en funcionar bajo las reglas del mundo social en que vive y encajar en las expectativas de sus padres, de sus amigos y sus novios. Es el mundo de los jóvenes que estudian en las universidades privadas de Lima, el del sector privilegiado que no socializada en las aulas de clase, sino en las exclusivas discotecas de Lima y en sus lugares de diversion. Pero Talía rara vez se divierte aunque circule por ese mundo en cumplimiento de los rituales de la juventud de su clase. Más bien estos, y también el interior de los autos, los malecones que se caminan, las casas de playa, la borracheras en el Sargento, no existen como lugares habilitados para el relax y el erotismo de una vida sexual y romántica que despierta, sino que son cajas oscuras donde se enuncia una y otra la reglamentación moral castrante, implacable, enloquecedora. Constantemente miradas, gestos, frases al vuelo y mensajes directos de sus pares y sus mayores le recuerdan y demandan la preservación de su pureza, los modales de la modestia, la corrección de los conductas propias, y sobre todo, extirpar de de su vida pública y privada cualquier explosión de su libido, so pena de imperfección absoluta: ser llamada puta. Es un regimen de represión absurda, que se ejerce no porque se extraiga de tal disciplina alguna virtud, sino porque permite un sistema de control y castigo brutal de los cuerpos y el deseo transgresor, done el primer latigazo lo lanza el transgresor contra él mismo, al resultar devorado por la culpa, y por lo mismo se infringe castigos psicológicos y luego físicos. Por ello, Talía, una chica del siglo XXI, llena de privilegios, habilitada para en la teoría para el goce capitalista, se hunde en esa espiral de culpa y autocastigo que incentiva el bullying de una juventud limeña cruel, prejuiciosa hasta el hartazgo y practicantes de una moral conservadora e inquisitorial que apoyan porque les sirve para tener los cuerpos de los débiles y sensibles bajo control. Son los hijos de las familias conservadoras y ricas de Lima moderna, que se empeñan en representar la escena doméstica de la buena familia que se junta para las comidas diarias, como de la televisión americana de los años 5o, pero que no se dan cuenta en absoluto de que el siglo XXI les está devastando la salud mental hasta la médula, en especial a sus hijos. Así, Talía progresivamente convierte su sed de perfección en pura pulsión repetitiva, agotadora, y torturante, que la dejan a merced de la manipulación de Felipe y Tomás, sus dos intereses románticos, quienes desde muy chicos han aprendido a pulsar las cuerdas del mecanismo de control y creación de complejos de culpa a su favor. El contexto histórico, borroso, pero que emerge por aquí y allá es el periodo de Juan Luis Cipriani como arzobispo de Lima y la intervención masiva del Opus Dei en la formación de las clases altas limeñas.
La novela debut de Belinda Palacios, bien escrita y con una tensión que nunca decae, es de un lenguaje sencillo pero impecable. Apela masivamente al diálogo indirecto de estirpe vargallosianas y bryceana, que siempre es claro y funcional, pero no para contar lo mismo que sus modelos, sino como estrategias para referir un mundo jamás soñado por ellos: el de las juventudes de las elites conservadoras limeñas de las primeras décadas de este siglo, lleno de voces y conversaciones estruendosas, pero terriblemente, inenarrablemente, solitarias. No es una novela perfecta, pero de lejos exhibe la fluidez, la sensibilidad, y la inventiva de una escritora de veras.