Cuando era niña las películas de Shrek que trajo el estudio de Dreamworks me parecía fascinante. Claro, porque no las entendía. Me parecía la historia inocente de un ogro que odiaba a todos pero que en el camino de su oido la vida lo lleva a conocer senderos como la amistad y el amor. Eso mas un montón de chistes con un doblaje mexicano de un burrito gracioso. Cuando me hice más grande, ¡vaya que me obsesioné con esa saga de películas porque ahora sí entendía sus chistes inapropiados! No podía creer que hacía unos años yo, que había crecido en una burbuja, hubiese visto esas películas. ¡Qué grandes los realizadores que hablan de temas incómodos pero absoultamente birllantes en una película para todo público!
Mi sorpresa cuando ya entrada en los veinte descubrí que ¡Shrek! era un libro de William Steig no fue pequeña. ¡Esta historia tiene su origen en un personaje literario! Qué regocijo y dicha que las buenas historias provengan casi siempre de un libro. Hice el comentario tonto a uno de mis mejores amigos de que hacía años quería ese libro, sin imaginarme que iba a alcahuetearme el antojo. A la vuelta de unos meses el libro estaba llegando en una caja con otros enceres a mi casa. Había gomitas de cangreburgers, un ventilador en forma de Bob Esponja en un botecito y otras delicias. Sí, me encanta el dulce -aunque lo tenga prohibido- y Bob Esponja es de las caricaturas más apreciadas de mi infancia.
De alguna manera, esa caja era una oda a mis años de juventud, a aquellos días en los que ni siquiera sospechaba que la vida es un manojo de dudas, circunstancias, miedos y deudas. La vida de adulto tiene sus pros, claro: libertad... y eso es todo, creo. Nunca me había sentido tan confundida como en mi edad adulta. Fue por eso que aquella inesperada caja fue un regocijo, una especie de lugar seguro en el que por semanas me pude refugiar sin tener que pronunciar palabra alguna al respecto. Mi parte favorita fue encontrar al fondo un libro. ¡Shrek! emergió de las profundidades de aquel recipiente con sus colores intensos para recordarme lo fácil que es ser feliz.
Con unas ilustraciones nada prolijas pero perfectas para la obra, Steig hace una oda a la fealdad. No es la historia de Dreamworks, es la historia de un ogro muy muy muy feo que se enamora de una princesa muy muy muy fea. Es amor a primera vista, pero las ilustraciones son de dos criaturas tan horrorosas que da risa. Se hablan de una forma extraña, sus monólgos son muy particulares, y ahí todo tuvo sentido. Si bien las películas no están muy ligadas a la obra y le incluyeron magia y fantasía tipo emporio infantil, sí lograron capturar la gracia de la obra, su irreverencia, su particularidad y unicidad. Esta es de mis piezas infantiles favoritas, pues trae consigo una mezcla de elementos que hacen sonreír, algo que por estos días tanta falta nos hace.