María Fernanda Ampuero es de Guayaquil. Guardar este dato. ¿Por qué? Pues porque en su escritura hay aún un nivel más al que se puede acceder. Y no, para leerla no hace falta conocer su nacionalidad ni sus orígenes, su pluma es universal, faltaba más; pero saberlo y entender ese uso del lenguaje, de lo coloquial y lo idiosincrático de un grupo humano al que retrata de manera amorfa -lo cual no tiene ninguna connotación negativa sino todo lo contrario- sin duda lleva la experiencia lectora a otro nivel.
De ella había leído previamente su libro de cuentos anterior Pelea de gallos y lo hallé excesivo en conjunto, con un par de cuentos formidables. Pero, Sacrificios humanos es otra cosa. El oficio de Ampuero ha evolucionado para bien, su pluma se ha afilado, escribe con mucha más precisión y esos excesos se han diluído hasta quedar casi indistinguibles. Sus historias siguen siendo crudas, pero ya no se regodea en ello. Encuentro más belleza dentro de lo terrible y lo no tan terrible. Además, los colofones son su especialidad: sí que sabe cómo cerrar un relato con ingenio y redondeando la estructura impecable de cada cuento.
Ahora, regreso a lo de los localismos. Soy ecuatoriana al igual que Ampuero, pero de otra ciudad, sin embargo, la ciudad-puerto tropical de la que ella proviene tiene un ethos particular, muy diferente al de la mía (sierra, frío, montañas), y lo conozco a la perfección, porque resalta por su cualidad completamente antagonista, respecto de mi ciudad. Y aquí viene la genialidad de la autora: usa doblemente este recurso, digamos, en dos niveles. El primero es el general, que es el que da un contexto a los relatos, los cuales también germinan claramente de esa urbe, de sus imaginarios y sus historias, pero que podrían perfectamente estar emplazados en cualquier lugar del mundo. Y el segundo ya es una especificidad local de aquello que cuenta y cómo lo cuenta: más allá de que haya un relato en el que narra la experiencia de una mujer guayaquileña que se hizo famosa mundialmente por cortarle el miembro a su marido norteamericano, todas las historias son tremendamente honestas, porque salen desde aquello que la autora conoce bien. Son historias encarnadas en su propia historia. Pero con esto no quiero decir que sean realistas, no. Esto es ficción. Y por eso el adjetivo "amorfo" que usé antes.
Vamos a ver, leer uno de estos cuentos es como mirar un espejo deformado, lo que ves existe, es un reflejo de la realidad, pero ésta ha cambiado de forma. Eso es lo que hace María Fernanda Ampuero, le ha cambiado de forma a la realidad, pero, aunque ensanchada por aquí y achicada por allá, sigue siendo tan fiel a la original y reconocible, que no se puede dejar de ver al Guayaquil profundo. La forma en la que retrata a sus personajes, su idiosincrasia y la construcción del lenguaje son impecables y es inevitable no intuir la fuente literaria en la que convirtió a su ciudad. Recomendadísimo aunque no tengan idea de qué es Ecuador o Guayaquil, lo disfrutarán igual.