Pedagogía antifascista es una reflexión de urgencia y compromiso ante el actual auge del neofascismo y su progresiva «normalización» por una parte de la sociedad, dado su carácter funcional al capitalismo neoliberal. El neofascismo es un virus que hemos de combatir desde la educación, antídoto que permite la comprensión de los valores y los derechos humanos, más allá del egoísmo, el miedo y el odio que siembra y expande esa «peste», como diría Camus. En la primera parte de este libro se analizan las estrategias de penetración de la ideología que sustenta el neofascismo en la educación, revisando su agenda profundamente reaccionaria y radicalmente neoliberal, así como sus principales mecanismos de infiltración en las aulas y el sistema educativo. La segunda parte del libro plantea alternativas, estrategias y propuestas para avanzar en un modelo de pedagogía antifascista inclusiva y democrática al servicio del bien común, que nos ayude a construir colectivamente un discurso y una práctica sólidamente fundamentados que se contrapongan y cuestionen el modelo capitalista, neofascista y neoliberal defendido por la ultraderecha. La comunidad educativa no puede permanecer ajena. Hay que educar en la igualdad, en la inclusión, en la justicia social y en los derechos humanos desde una pedagogía claramente antifascista. Sin concesiones ni medias tintas. Debemos implicarnos claramente y sin ambages para combatir el neofascismo. No se puede ser demócrata sin ser antifascista.
Me acerqué a este ensayo con buenas referencias, pero desde el inicio vi venir que no iba a ser lo que esperaba. Ya de primeras se aprecia que el autor proviene de ámbitos dentro de la educación como la pedagogía o la educación primaria, no por despreciar a estos, sino porque su visión del papel del profesorado dentro del sistema educativo, así como su propia finalidad, es bastante específico. A lo largo de todo el ensayo veremos cómo el autor pone sobre la mesa sus apreciaciones sobre una nueva ideología política que él denomina como neofascismo y que caracteriza a través de ciertos estereotipos de la derecha conservadora de este país y la lógica liberal y capitalista que se tiende a defender desde dicho espectro político. No obstante, las críticas realizadas son sencillas en exceso y del mismo nivel que podría proporcionar un alumno de 2º de bachillerato algo avispado. Creo que él mismo cae en muchas contradicciones porque carece de un discurso propio más allá de un rechazo a todo aquello que no se abandere como de izquierdas. Cayendo también en arquetipos manidos realizando una crítica hacia la enseñanza de religión católica en las escuelas al mismo tiempo que defiende una posible inclusión de la enseñanza del islam, entre otros ejemplos. Quizá lo más criticable entre todo es su alegato final hacia los objetivos que debería tener una educación de corte antifascita, rechazando poner el foco en los contenidos y aprendizajes del alumnado, en pos de aprendizajes de solidaridad, cooperación, ecología, y un largo etcétera. Personalmente, no creo que la forma que tenemos como sociedad de combatir nada sea dejando de educar a nuestro alumnado, apartando de ellos los tan odiados contenidos, la sintaxis, las ecuaciones y las fechas clave de la historia, en pos de enseñarles a ser buenos ciudadanos. Precisamente porque un buen ciudadano será aquel que no sea capaz de ser engañado con facilidad, aquel que posea conocimientos que le permitan ascender socialmente, porque sí, la escuela debe ser una forma de mejorar en la escala social y económica, y porque no quiero que solo aquellos que se lo puedan costear accedan al saber y a los conocimientos. Por tanto, querer reducir estos en pos de centrarse en valores ciudadanos me parece un flaco favor a las generaciones del futuro.
Hace una buena recopilación de los elementos de la ideología neoliberal y fascista más presentes en la educación de las nuevas generaciones, con la correspondiente lista de propuestas para contrarrestarlas. Pero las expone muy superficialmente y cometiendo errores importantes:
- Idealiza el estado democrático actual, tratándolo como lo que cree que debería ser: una institución que media entre las clases sociales y que vela por el bien común, en vez de como lo que realmente es: una herramienta para asegurar que la gente que controla la economía no pierda ese control por muy impopular y antidemocrática que sea su gestión (ejemplos claros en materia energética o de vivienda).
Este error hace que sus propuestas claramente anticapitalistas caigan un poco en saco roto, por no saber ni imaginar la superación del estado capitalista, elemento imprescindible para abordar todos los problemas que nombra.
- Por cómo está redactado, parece que hace concesiones inaceptables al discurso reaccionario. Afirma que priorizan la seguridad sobre la libertad. Y yo pregunto: ¿Seguridad para quién? Desde luego no para la población LGTBI, racializada, femenina o trabajadora. Con los reaccionarios, ni libertad ni seguridad.
- Mete de vez en cuando tonterías aleatorias, como afirmar que el enorme aumento de las desigualdades se debe a que los millonarios se están preparando para el colapso ecológico, cuando es algo que ocurriría con amenaza de colapso o sin ella. Y varias cosas del estilo.
Además es bastante repetitivo, podría fácilmente decirse lo mismo en la mitad de páginas.
Como punto a favor, señala los problemas de la "industria de la automotovación" y de los psicofármacos para abordar individualmente problemas que son sociales.
Todo proceso educativo es una forma de intervención política: un quehacer político en tanto que quehacer por la liberación en la lucha por la emancipación humana. Tomando de base estas premisas freirianas, que son clave en el planteamiento de cualquier pedagogía que se pretenda superadora del satatus quo, la obra se queda flotando en la superficie. Vuelve una y otra vez sobre afirmaciones genéricas y reivindaciones de derechos e igualdad en lo abstracto. No llega a formular una crítica totalizadora sobre el sistema educativo y el mismo Estado que lo configura, limitándose a responder vagamente y hacer propuestas que, aunque expresan ideas fuerza (pedagogía del error, de la lentitud, crítica, entre otros) termina por ser un nuevo alegato, algo más largo, a favor de la educación pública. Y no, hay que negarse: demandar derechos no es el único horizonte posible.
A modo de introducción, el libro es tan necesario como acertado en cuanto al contexto actual que se experimenta en las aulas en Educación, desde la ESO hasta la propia universidad. Por otro lado, sería recomendable que los distintos sucesos de actualidad y demás noticias que el autor va comentando se citasen en el texto, para que quien lo lea pueda acceder a la noticia y contrastar entre fuentes si es que así lo desea. La introducción del autor abordando el concepto de neofascismo es acertada en tanto que desgrana sus principales causas, resortes y efectos en múltiples esferas de la sociedad, tanto a nivel infraestructural, como a nivel superestructural. Relacionar el clima de auge reaccionario dado por la proliferación de posturas, discursos e ideas posfascistas o neofascistas con el neoliberalismo es un acierto, en tanto que actualmente (e históricamente) el fascismo actúa como perro de presa de las burguesías nacionales en contextos de crisis, decadencia, de agotamiento de sus economías e instituciones liberales, así como frente a procesos revolucionarios o meramente progresistas, siendo una ideología contrarrevolucionaria por definición. Me parece correcto que el autor lo enfoque desde esta perspectiva, si bien el manejo de conceptos y categorías como “poderosos/pobres” resta el componente de clase inherente a las mismas. Asimismo, comparto la postura del autor en cuanto a que la educación por sí misma difícilmente se va a poder cambiar si no se cambia drásticamente todo lo que la rodea. Como prácticamente todo, no solo es consecuencia directa del sistema en el que se da, sino que es un elemento que reproduce esquemas de pensamiento íntimamente ligados a ese sistema, tal y como explica el autor. Puede decirse que funciona más como una guía, una declaración de principios, que como una directriz clara de qué hacer y cómo hacerlo. No obstante, considero que en algunos puntos el autor es bastante claro sobre cómo ha de ser la educación; democrática en tanto que permita a toda la comunidad educativa (y a la sociedad en general) participar de sus procesos y mecanismos; social en cuanto a que ha de estar en relación con sus entornos, asociaciones vecinales u organizaciones sociales, etc. Posee cierto tono directo y prácticamente militante; no considero que sea un problema por sí mismo, pues no partimos de un estado aséptico y neutral de la educación, ya que buena parte de lo que hemos estudiado a lo largo de nuestras vidas parte de unos sesgos, especialmente en el campo en el que nos encontramos, el de la Historia. La idea que comento aparece en el libro en varias ocasiones, aunque con más precisión en el epígrafe de “pedagogía del compromiso”, en tanto que el profesorado ni se limita a transmitir y repetir la información, ni puede ser completamente neutral, pues su posición, tal y como explica el autor, está en estrecha relación con un compromiso social y político por el mero hecho de estar educando a futuros ciudadanos y ciudadanas. Si bien es cierto que puede ser difícil determinar una línea roja entre la enseñanza y el adoctrinamiento, no considero que pueda denominarse adoctrinamiento a educar en valores de igualdad de género, de inclusión, de respeto a la diversidad; de interculturalidad, de cooperación y ayuda mutua frente al individualismo basado en la competitividad y de justicia social; valores estrechamente relacionados con los derechos humanos. Es en este punto en el que entra en juego la absurda idea de equidistancia, que pretende situar como polos opuestos a las posiciones (pos/neo)fascistas y a las antifascistas, llevando, tal y como explica el autor, a una normalización de las primeras y a una criminalización de las segundas. Además, carece de sentido alguno hablar de adoctrinamiento para referirse a lo anterior cuando todos y todas hemos recibido (y casi con total seguridad vamos a reproducir) una educación atravesada por una determinada ideología, con unos determinados planteamientos, dentro de un determinado sistema con un modo de producción determinado, con una línea de pensamiento neoliberal que se nos ha presentado como el estado neutral de las cosas, como lo normativo; en un conjunto de elementos que no sólo se presupone como el correcto, sino como el único posible sin alternativa alguna. En contraste con lo anterior, no termino de entender a dónde quiere llegar el autor cuando habla de la pedagogía de la desobediencia, pues si bien entiendo a lo que se refiere, plantear la desobediencia civil como último recurso, siempre y cuando esta sea pacífica y no violenta, parece entrar en contradicción con el tono militante del resto del trabajo. Además, esa idea conlleva deslegitimar otras formas de organización colectiva, como métodos de protesta, reivindicación o manifestación que no tienen por qué conllevar la violencia física hacia otras personas. Finalmente, me parece que el libro se hace repetitivo y ocasionalmente pesado conforme avanza la lectura, especialmente cuando trata los distintos tipos de pedagogía mediante múltiples epígrafes en la segunda parte, llegando de forma continuada a las mismas conclusiones. Quizás algunas ideas podrían sintetizarse para dinamizar la lectura, ya que su desarrollo termina por coincidir con muchas ideas expuestas previamente a lo largo de la obra.
para alguien que acabe de terminar la carrera y tenga ciertas inquietudes sobre por donde va o debería ir la pedagogía, porque quiera dedicarse a la enseñanza o sencillamente porque le interese el tema, esta obra es un buen punto de partida. Para alguien recién graduado, que no licenciado. Un punto de partida de ideas muy interesantes, pero muy poco desarrolladas: para alguien que ya ha superado el medio siglo, como el servidor que esto escribe, el libro aporta poco, muy poco. La crítica a las políticas neoliberales, la privatización de los servicios públicos, la necesidad de hacer más hincapié pedagógico en otros ámbitos, un currículum alternativo con asignaturas tan fascinantes como inútiles... en fin, una obra somera, superficial, no acabo de entender bien a qué tipo de público va dedicada. Una defensa ideológica de unos postulados de izquierda de cabo a rabo, y claro, es lastimoso ver como un intelectual de esa talla cae en los errores de la ideología de izquierda: y el error más notable es que ese corpus ideológico viene de un análisis de la sociedad de origen marxista y cuando la sociedad no se adapta a esa interpretación, la realidad se cambia, se fuerza, se violenta. De modo que hay ciertas clases bajas que no consiguen mejorar socialmente por sus condiciones, que si la brecha digital, que si el acceso a la cultura, que si.... evidentemente es falso. Y en ese sentido me molesta enormemente que este autor no se dé cuenta de la realidad: en España hubo un notable mejora social desde los años 70 y sobre todo 80 cuando una gran mayoría de la población puede acceder a una educación universitaria pública y casi gratuita (somo muchísimos los que nacidos en la década de 1970) estudiamos por becas y conseguimos mejorar las condiciones socioeconómicas de nuestros padres. Esa mejora social llegó a su fin, no por falta de becas o reducción de las mismas, no por eliminación de universidades públicas u oferta pública, es más, en los últimos treinta años se crearon muchas universidades públicas en España. No. Fue porque esas familias, generalmente de zonas marginales, jamás entendieron ni entenderan que la educación es un mecanismo de mejora social, familias que carecen de la idea de sentido del progreso y de la mejora. Hay excelentes maestros y profesores en barrios deprimidos como las 3000 en Sevilla, nadie ni nada impide estudiar a esa gente que ya tienen ayudas sociales, no lo hacen porque no quieren, porque no pueden, y se lo imposibilita la falta de inteligencia. Porque la inteligencia se hereda y se potencia, se hereda y se pierde. Si yo he nacido inteligente porque mis padres lo eran, depende de mi educación, de mi entorno, pero sobre todo, cuando uno llega a cierta juventud, depende sobre todo de su voluntad y de lo que decide hacer con su vida. y estos conceptos: voluntad personal, inteligencia, deseo de superación, ascenso social, no le gustan nada a la izquierda porque van contra sus principios. reconozco que no ha sido una obra que me maravillara, y como ya he dicho, y han dicho otros lectores, otras lectoras, pasa por temas ya manidos, intenta ser muy pedagógica pues se ve que el autor se dedica a eso. no es una obra que me haya entusiasmado, sí es cierto que me ha descubierto ciertas cosas que no conocía y me han parecido interesantes, por ejemplo, bibliografía acerca de nuevos currículums o nuevas formas de enfocar los tan necesarios "patios verdes"
Una lectura muy interesante a nivel teórico que empieza haciendo un dibujo de la situación actual de la educación en términos de neofascismo y neoliberalismo, con todos los aspectos que derivan del capitalismo. Es también interesante la forma en que expone todos estos aspectos y cómo debería ser una escuela que pudiera combatirlos uno a uno con el objetivo final de formar una sociedad más justa, solidaria y centrada en el bien común. Como puntos de mejora, me habría gustando ver más concreciones, porque el análisis se queda en marcar las líneas estratégicas, así como también se hace redundante en algunos aspectos. Lo recomiendo como lectura para situarnos y entender el contexto en el que estamos, y tener presente para qué educamos.
Un manual esencial para todo profesor que quiera un mundo mejor para todos y todas. Una educación que promueva valores igualitarios para todo el mundo y un espíritu combativo contra el capital y sus herramientas de explotación y discriminación es posible.