Me tomó bastante tiempo terminarlo, no tanto porque sean más de 700 páginas, sino por mi mal hábito de saltar de un libro a otro mientras los leo. A Almudena no la conocía, tampoco nadie me la recomendó. Fue en una de esas visitas que suelo hacer, como siempre, a una de tantas librerías donde me encontré sus títulos. Estaba pensando, en ese entonces, regalarle alguna novela a una amiga, pero buscaba algo más “para ella”, si se me permite la expresión. Me fijé en los títulos, en las contraportadas y elegí dos: Los aires difíciles y Atlas de geografía humana. Luego de comprarlos, y aún con la intención de que fuera, alguno de ellos, un obsequio (algo retrasado), me vino la idea de obligarme a leerlas yo primero, siquiera para asegurarme de que no le iba a regalar a mi amiga cualquier cosa. Con perdón de los fans de Grandes, pero no la conocía. Empecé con Los aires difíciles por ser la más gorda y la que mejor pintaba.
En fin, mi primera experiencia con Almudena estuvo llena de altibajos al principio y más estable hacia el final. Por ejemplo, me cansaban sus largas listas de metáforas o símiles para describir una sola cosa. Fue hasta cierto punto molesto pero es su estilo, digamos, algo desbordado, aunque a veces me pareciera que era un recurso innecesario y que podría ser una artimaña para abultar. Otra cosa que me disgustaba era el lenguaje coloquial, que entiendo la intención, perfectamente la entiendo, de ser cotidiana, de sonar como un diálogo natural y real, y quizás lo sea, en algún lugar de España, y que me disculpen ahora los españoles, pero leía y en mi mente resonaban esas voces nasales de los doblajes en castellano de algunas películas, las expresiones, el ritmo, el tono de la voz, y me molestaba. Luego me fui acostumbrando, no mucho a eso, pero sí a la historia, que fue adquiriendo forma y fuerza conforme avanzaban las páginas. Las historias que fue contando, dentro de la gran historia que abarca la novela, se fueron imponiendo al estilo y me dejé llevar por el subibaja de emociones, escenarios y tramas secundarias que me mantuvieron atento e interesado hasta el final. La historia no es nada extraordinario, digamos que es la vida de personas aparentemente comunes y corrientes, con vidas cotidianas, pero el chiste está precisamente en hacerlas saltar de la cotidianidad, traerlas al mundo literario y convertirlas en objeto de estudio y de interés. La humanidad que ya conocemos de sobra, como descubrimiento nuevo.
Fue emotiva, erótica en partes, gratificante en otras, no se aparta, y no sé si en otras obras lo haga, del final feliz que el cliente o el lector espera que haya. Digamos que en ese sentido no decepciona. No tengo nada contra los finales felices, me parecen geniales, los sigo disfrutando, como cuando leí La catedral del mar de Ildefonso Falcones, luego de tanto drama alguna recompensa debía haber. Claro que esta novela no es para nada lacrimógena, gracias a Dios, pero sí hay drama, tensión, venganza, complejos que salen a flote, confrontaciones personales, entre los personajes y dentro de sí mismos. Me gustó, me gustó y sí leería más cosas de esta autora. Ya tengo una en espera.
La historia principal, a grandes rasgos, trata del encuentro fortuito de dos nuevos vecinos, Sara Gómez (madurona, soltera, con un pasado solitario y pobre) y Juan Olmedo (médico soltero, entrado en los cuarenta, acompañado de su sobrina y su hermano menor, con retraso mental, y cuya historia no es menos sórdida y llena de sorpresas) que llegan a vivir a un lugar en la costa, una costa de España. De ahí se van desprendiendo las historias, jugando con los tiempos, entre el pasado y el presente, que por cierto esa estructura me gustó, la usó hacia el final, me recordó a Vargas Llosa, como que aceleró el ritmo y los tiempos intercalados se sucedieron con mayor frecuencia, como en un frenesí narrativo. El efecto es fabuloso. Terminamos descubriendo un montón de por qués que nos planteamos a lo largo de la novela, desde el inicio.
Para muestra de algo del estilo y de fragmentos que me gustaron dejo por aquí algunos, (elijo de los más cortos, porque la verdad sí transcribí fragmentos bastante largos):
“Siempre queda una tristeza nueva por conocer, y un trapo roto y sucio para torearla.”
“Cincuenta y tres son demasiados años para reconquistar la inocencia, pero aún son capaces de recuperar la curiosidad con alegría.”
“Al fin y al cabo, tenía tan pocas cosas que tampoco había sabido nunca cómo despedirse de nada, ni de nadie, para siempre.”