El esperado nuevo libro de una de las voces emergentes más brillantes y precoces de la poesía española.
«Llama gratamente la atención la singularidad de la escritura de Rosa Berbel, una forma especial de modular el idioma que sólo es posible, para decirlo al modo de García Lorca, cuando se tiene duende… Llega provista de la mejor tarjeta de presentación posible: la calidad excepcional de sus poemas.» Fernando Aramburu
Tras su brillante debut con Las niñas siempre dicen la verdad, Rosa Berbel nos entrega su esperado nuevo libro, la confirmación de una gran poeta. Asomándose a un abismo político y afectivo, los poemas de Los planetas fantasma relativizan la percepción del riesgo: las fiestas terminaron, los paisajes se han desertizado y los límites del tiempo y el espacio han sufrido una distorsión, pero en las ruinas florece un empuje utópico que llama a reinventar los nombres, los ritos y las naturalezas. En astronomía, el concepto de planeta fantasma designa un cuerpo celeste hipotético que, a pesar de ser considerado científicamente, no es visible mediante los instrumentos habituales de observación. Este enigma es el punto de partida de un libro que aspira a trasladar cierto imaginario del terror y la ficción postapocalíptica al marco del poema, reflexionando acerca de cómo integrar el deseo y la belleza entre tanta devastación, cuando los fantasmas ya no son tanto fragmentos del pasado como imposibilidades de futuro. La poesía hace visibles nuevos planetas. La poesía los inventa.
Pienso mucho en los días en el pueblo. En el olor a lumbre y a hierbajos y en esas flores blancas, pequeñitas, que cogí para ti frente a mi casa. Las colocaste dentro de los libros que leíamos a medias aquella Navidad y que luego olvidamos. A pesar del bullicio de las cenas, el mundo era tranquilo, éramos simples, nuestros ojos brillaban todo el tiempo.
Pienso en aquellos días, en las celebraciones trascendentes. Es un milagro estar justo donde la vida está ocurriendo, casi nunca sucede, rara vez esas flores, blancas y pequeñitas, crecen junto a mi puerta. Casi siempre me esfuerzo en salir a buscarlas».
Rosa Berbel despliega en este libro un imaginario deslumbrante en el que se conjunga la experiencia personal con eventos de actualidad, siempre de manera sutil y dejando al lenguaje airearse para desprender todo su aroma, insinuando en vez de mostrando explícitamente.
Los símbolos e imágenes que comprender el poemario darían para una exégesis más detalla. Me quedo por ahora con su llamada a construir realidad más allá de los márgenes establecidos y a la luz de las circunstancias del presente.
"Deberíamos buscar una palabra para nombrar el gesto de quien queda en la casa cuando todos se han ido. Esto es lo que somos.
este poemario está vertebrado por revelaciones evidentes pero de metáforas tan sutiles que se siente como algo muy íntimo que se le resbala a uno de las manos. lo he leído en el momento exacto (y casi dos veces seguidas de portada a contraportada).
La ficción del oasis pareció sostenernos por un tiempo. Nos protegía la idea del refugio, el recuerdo del agua nos saciaba Suceden tantas cosas mientras nos falta el agua... Sin embargo, el deseo es una lengua única. Tuvimos que aprender otras palabras. [...] ¿Pero es que la belleza requiere de un final? ¿No nos bastó con verla?
Berbel nos introduce dentro de un bosque mojado, lleno de plantas y humedad, de melancolía y de realidades duras que nos hacen reflexionar sobre el paso del tiempo, las amistades y la calaña. Una estética preciosa en torno a la aflicción. Muy contento de poder leer esta joyita después de tenerlo pendiente tanto tiempo.
"No podríamos lamernos ni tocarnos / sin romper los cristales, sin nombrar emociones / con palabras gastadas, de otro tiempo. / ¿Cómo reconocer poemas de amor / cuando el campo semántico es antiguo? / Todo lo que algún día nos hizo sonreír ahora está muerto".
"Cómo reconstruir el pensamiento? Cómo seguir pensando cuando acaban los ritos y se han dispuesto todas las ofrendas?"
"Un abismo turístico se abre frente a nosotros y no queremos verlo, no queremos oírlo, pero aún así fragmenta el horizonte. [...] Tal vez si tan si quiera fuera posible amar sin pensar todo el tiempo en el paisaje..."
Me quedo con los poemas sobre casas y pertenencia. También me ha parecido que tenía una intuición muy fina con el uso de algunas palabras, he encontrado varios momentos de descubrimiento entre líneas que me han gustado muchísimo.
De un tiempo a esta parte siento un extrañamiento fuerte en relación al pensamiento propiamente lingüístico, y supongo que en esa medida se abre un hueco un poco insalvable entre el lector que soy ahora y el libro de Rosa —que se pregunta extensivamente por el nombramiento y se articula, de hecho, en base a la forma en que la ausencia de nombres puede constituir una premisa poderosa para lo terrorífico, aunque también para una inusual esperanza—, pero tengo la suerte de que el pensamiento poético no está del todo virado hacia dentro: en 'Los planetas fantasma' se hace funcional una suerte de asimetría —hay una ruptura con el sentido geométrico del poema, algo así como un horizonte doblado y vuelto techo— entre lo lingüístico y lo propiamente místico. Creo que es por ahí, sobre todo al terminar el primer bloque, cuando el libro se niega y se devasta y cuando inevitablemente alza el vuelo para convertirse en algo así como su propio fantasma: la pregunta por la belleza se desvela de pronto inútil, el paisaje se impone en su violencia horizontal y Rosa maneja entonces una especie de poesía de los restos —o quizá de los residuos— de un mundo y un lenguaje muertos. La insistencia final con los ritos pone de manifiesto que todo ese pensamiento acerca de los nombres de las cosas es un fracaso, pero no un signo de rendición: la figura del otro adviene religiosamente, con las manos llenas de agua, dispuesta a nombrarlo todo de nuevo, todas las veces que haga falta.
qué interesante universo mítico despliega el libro!!! me es inevitable pensar en "bodas de sangre" con el bosque y el desierto, cuánto símbolo y qué belleza!! me asombra la capacidad de sugerir y no nombrar, es superinteligente la construcción de este libro y qué trasfondo tan triste encierra :( simplemente salí muy contento y con ganas de escribir sobre este libro
no me puede no gustar porque tuve la maravillosa e inmesa suerte de que irea me leyese algunos poemas con su voz. aqui os dejo versos que cambiaron vidas: “Sobrevuelan el mundo palabras terroríficas, / conscientes de que existen / perversiones sin nombre” “No había nada que fuese, sobre toda la tierra, / estrictamente nuestro” “La ficción del oasis pareció sostenernos / por un tiempo. / Nos protegía la idea del refugio, / el recuerdo del agua nos saciaba/ (…) Sin embargo, el deseo / es una lengua única. / Tuvimos que aprender otras palabras.”
Sigo a esta poeta desde su anterior libro debut y continúo viendo en ella lo que vi entonces: mucho talento. En esta ocasión, un libro más crudo y árido, lleno de tristeza resignada, algo de opresión pero también de alivio por dejar ir. Me llama la atención el tema recurrente sobre el fenómeno de buscar palabras para describir un sentimiento, y en el acto de hacerlo robarle algo de su magia. A cambio, poder tocarlo, saborearlo, transformarlo. Quizá es exactamente eso lo que hace la poesía.
"Y era tanta la oscuridad del mundo / y era tanta la urgencia de palpar los objetos / para poder nombrarlos, que todos los idiomas eran táctiles. // Una fiesta es un triunfo del lenguaje."
"La simetría / se ha roto. Apenas una / celebración de la verdad: / el mundo es imperfecto, el agua siempre / se derrama en el lugar / inapropiado. // Si renunciamos por completo / al horizonte, / todavía podremos ir al mar."
qué exactas son sus palabras. la posibilidad, lo onírico, aquello original son algunos temas que atraviesan este poemario que sin duda escarba espacios para la incógnita: la del lenguaje, la del amor, la de la palabra
Es solemne, aterrador, calmado, bello, tierno y amoroso. Tiende, además, a provocar sinestesia en el viaje y en la fiesta y en la aridez y en el deseo.
Me ha encantado. Los poemas son un continuo interrogatorio sobre los principios y los finales. Fantasmas del pasado y del futuro. Lo hace con una atmosfera oscura, mágica, muy compleja y casi apocalíptica creada a partir de las formas de habitar el espacio entre un pasado irrecuperable y un futuro desalentador en un mundo -cada vez más real y menos imaginado- marcado por el terror climático. Se asoma al abismo de la falta de expectativas utilizando el lenguaje como un conjuro. Se acabó la fiesta, ¿y ahora qué?
"Pienso mucho en los días en el pueblo. / En el olor a lumbre y a hierbajos / y en esas flores blancas, pequeñitas / que cogí para ti frente a mis casa. / Las colocaste dentro de los libros / que leíamos a medias aquella Navidad / y que luego olvidamos. / A pesar del bullicio de las cenas / el mundo era tranquilo, éramos simples, / nuestros ojos brillaban todo el tiempo. // Pienso en aquellos días, / en las celebraciones trascendentes. / Es un milagro estar / justo donde la vida está ocurriendo, / casi nunca sucede, rara vez esas flores, / blancas y pequeñitas, / crecen junto a mi puerta. / Casi siempre me esfuerzo / en salir a buscarlas."