Las neurociencias están de moda. En su nombre, con el dedo en alto y tono profético, se les dice a los docentes lo que deben hacer y cómo hacerlo para lograr el tan anhelado tesoro: que los estudiantes aprendan. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de mito en lo que se pregona? ¿Es puro palabrerío para vestir con nuevas ropas las mismas recetas de siempre? Aprender es modificar el cerebro, dice la autora de este libro. Y es que el cerebro tiene una propiedad deslumbrante: se transforma con la experiencia. Pero para que el aprendizaje ocurra hace falta que se den ciertas condiciones. Algunas circunstancias pueden facilitarlo y otras, hacerlo más difícil. Lo cierto es que, en las últimas décadas, las neurociencias crearon un cuerpo de conocimiento sólido sobre los procesos que nos permiten a nosotros, humanitas y humanitos, incorporar saberes, desarrollar habilidades, resolver problemas y pensar creativamente. Es por eso que, con toda prudencia y respeto por la labor y el saber de los educadores, hoy hay un montón de ciencia que puede ayudar a pensar el trabajo en el aula y ofrecer herramientas valiosas. Joven pionera en esto de combatir mitos y acercar la ciencia del cerebro a la educación, Andrea Goldin nos ayuda a entender, en términos simples y amables, qué pasa cuando aprendemos, tanto en la escuela como a lo largo de toda la vida. Sin falsas promesas y, sobre todo, sin arrogancia, responde a las preguntas centrales: ¿por qué la nutrición, el sueño o el juego son fundamentales? ¿Cómo funciona la memoria y qué papel cumple la atención? ¿Qué es la flexibilidad? ¿Cómo decidimos qué información procesamos y cuál dejamos pasar? ¿Cómo intervienen las emociones? También, cosas mucho más prácticas y concretas: ¿por qué algunos aprendizajes son más profundos? ¿Qué hace que un recuerdo sea perdurable? ¿Sirve estudiar de memoria? Y hasta cómo conviene periodizar el estudio. Pero Neurociencia en la escuela no se concentra solo en el aprendizaje: propone también una neurociencia de la enseñanza, que ubica al docente en el centro. Y lo mejor de todo es que, sobre la base de estos conocimientos, maestros y maestras (¡y todos en general!) podemos hacer mucho en nuestra búsqueda de aprender y enseñar mejor.
Neurociencia en la Escuela de Andrea Goldin (Siglo XXI, 2022) es un increíble acercamiento a los descubrimientos en neurociencias en educación. Aprendí, me sorprendí, me divertí con casi cada línea de texto. El tono ameno esconde un texto profundo y complejo, pero súper didáctico, entretenido y muy práctico. Me acompañó por las playas del verano con mi lapicito nerd, rayando casi todo el libro, discutiéndole, riéndome a veces. Como educadores desafía nuestras creencias, nuestras prácticas, nuestro rol, nuesrra formación (tenemos que aplicarnos el libro a nosotros mismos). Nos deja muchas pautas que instalar en el colegio. Tenemos que asumir que los alumnos pueden aprender siempre, porque su cerebro puede cambiar siempre, pero los profesores debemos movilizarlos, motivarlos, guiarlos, desafiarlos, divertirlos y quererlos. Eso que los profesores antiguos siempre supieron y que los docentes modernos habíamos olvidado, hoy lo corrobora la evidencia científica. Están las funciones ejecutivas, capacidades intelectuales, emocionales y sociales que nos permiten desempeñarnos en la escuela y en la vida. La atención, la flexibilidad, la planificación y gestión del tiempo, la regulación emocional y la interacción con otras personas, nos permiten aprender y sin embargo no se enseñan, no se educan. La atención del alumno es clave y es tarea del profesor ayudar a cultivarla, lo cual implica mucha empatía con sus estudiantes (el primer atento de la sala debe ser el profesor), ayudar con desafíos y también simplificando la decoración del aula (evitar ponerle ojos y patas a las letras). Lo mismo la memoria, el profesor tiene mucha responsabilidad, porque la memoria se consigue acercando el conocimiento al nivel que tenga el alumno, creando esquemas mentales, buscando experiencias cercanas a su vida, evocando emociones relevantes, repitiendo muchas veces, y con una percepción abierta del mundo y de sí mismo. Pero también considera “el resto” del cuerpo y el entorno: potenciar el movimiento y las clases menos densas en la mañana, el ejercicio físico mejora la capacidad cognitiva, el contacto con el sol y la alimentación saludable a primera hora, insistir en los hábitos de sueño, en el juego y en la regulación del estrés. Tiene mucho más, que hay que volver a leer y estudiar para fijarlo y transformarlo en estrategias de aprendizaje. Y para un esperado siguiente capítulo de la saga, me gustaría aprendizajes desde la experiencia concreta de los alumnos, postergando la exposición del profesor, partiendo por juegos, exploraciones y experimentación, que la curiosidad y la atención partan de los mismos alumnos y ellos construyan sus propios esquemas, que el profesor acompañe, desafíe, ayude a la síntesis. También me gustaría saber sobre los aprendizajes más allá de comprender y aplicar, pasando a inventar o crear: escribir un cuento, crear un problema matemático, construir y programar un robot, realizar un experimento científico, organizar un evento Gracias Andrea