Mi primera novela de Kenzaburō Ōe es también la primera que él escribió en 1958 cuando contaba con 23 años.
Que novela tan difícil de leer, abordar y comentar. Leí la novela solo con el antecedente de la sinopsis y me he llevado una sorpresa buena y otra no tan buena. “Arrancad las semillas, fusilad a los niños” no es una historia amena, ni agradable, ni esperanzadora; es una historia sórdida, triste, repulsiva y violenta de principio a fin. La historia se sitúa en Japón rural durante la segunda guerra mundial, y narra el periplo de un grupo de niños y adolescentes sin nombre (salvo uno, Minami), que son evacuados de un reformatorio hacia un pueblo. Una vez allí son repudiados por el carácter que supone venir de un reformatorio; y a la vista de una epidemia el grupo es encerrado y abandonado por los campesinos quienes huyen del pueblo.
La narración está a cargo del protagonista y la historia se desarrolla en pocos días. Kenzaburō Ōe con una escritura poderosa y absorbente logra sumergir y hasta oprimir al lector con el horror que describe y trasmite. Si bien, hay días y hay noches, toda la novela la sentí como si fuera de noche, el bosque apenas lo recreé en sombras, las casas eran huecos abstractos, negros, donde el foco de atención es la sangre, las heridas, el dolor, la pudrición, los malos olores, los efluvios, la muerte, la hediondez, el excremento; porque a Kenzaburō Ōe no le interesa negar la mierda y enfrenta al lector a ella, lo deja sin escape ni opción, deja a todo ello alumbrando en medio de la nada, en una nada sin fondo. Todo el camino es así, de por si el peregrinaje de los niños con el celador por el bosque es agotador, pero cuando llegué al pueblo con el grupo yo ya estaba aguantando la lectura, era como un recorrido forzoso, me sentí violentada. Y tuve la tentación de decir basta, de quejarme y decir qué decadencia (!), pero me fue imposible porque yo también era prisionera y porque claramente el autor está señalando a otras cosas, que no me quise perder. Hay situaciones que en conjunto apuntan a partes del ser humano, en su aspecto más arcaico y natural. Por ejemplo, me llama mucho la atención la fascinación y rechazo que se experimenta ante la muerte y la degradación del cuerpo, retratado cuando los niños están recogiendo los cadáveres de los animales; me acordé de una escena de “La Vida de las Mujeres” de Alice Munro, donde una niña mira fijamente el cadáver de una vaca a medio descomponer. Otra emoción muy primaria y dibujada en la novela, es la atracción sexual por encima de otras cosas y ambivalente con la moral. Además de ello, el autor retrata la entropía en el comportamiento cuando no hay autoridad o jerarquías, entonces es cuando tienen cabida las preguntas sobre que nos hace mesurar, en que se funda el ser civilizado. Porque es que además, el comportamiento de los adultos muestra como se ha matado la razón y la infancia. Porque los niños no son tratados como niños, no solo por la violencia a la que son sometidos, sino también se les ha arrancado la individualidad, los derechos y la existencia, eso es lo que expresa Kenzaburō Ōe al dejarlos como seres anónimos sin nombre. Y hasta ahí, todo parecería un juego de biología y sociología, pero el autor va más allá y considero que esta novela es una crítica a la propia sociedad japonesa. Recordemos que la historia se ubica en la segunda guerra mundial, pero el autor apenas hace de ella un elemento del paisaje, cambiando así al “enemigo”. Si bien sabemos que Japón está en guerra no sabemos nada más, ni la posición de la comunidad, ni de heridos, muertos, bombardeos, sabemos lo que sucede con los niños y en la aldea, y las cosas no dan para más que asumir que el enemigo de Japón es Japón mismo, y no el ejército invasor, ni USA, ni los aliados. Incluso, también el autor señala la situación de los coreanos en el país.
La novela es crítica, desesperanzadora y siniestra. No hay futuro, la única opción es huir, huir dentro de un cerco sin salida, arrancar las semillas es matar a los niños.
La verdad agradezco que haya sido una novela corta. Me sentí asfixiada, me sentí violentada y oprimida. Es extraño que aun sintiéndome así no pueda menos que reconocer que estuve ante una gran obra, porque la genialidad de Kenzaburō Ōe está en lograr hacer de lo feo y lo atroz algo estético.