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948 pages, Paperback
First published January 1, 1994
[…] «Cógeme, yo soy la que esperabas, conmigo podrás realizar tu sueño». [p. 37]
Era como si allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. [pp. 49-50]
Del dinero que recibiera iba extrayendo, en febriles sorbos, todas las experiencias y los placeres que antes le estuvieron negados. Su vida se plagó de anécdotas, se hizo amable y llevadera. [p. 58]
Dionisio tuvo entonces la certeza de que las intenciones de Janampa no eran precisamente pescar. [p. 63]
En la oscuridad no podía pensar tan bien como bajo ese reflejo triste que le daba a su espíritu una profundidad un poco perversa y sin embargo turbadora como un pecado. [p. 72]
Martín, a pesar suyo, no podía apartar la vista de ese sucio espectáculo. Una atracción morbosa, mezcla de asco y de curiosidad, lo retenía inmóvil. Era la misma atracción que sentía ante los animales muertos, los accidentes de tránsito, las heridas humanas… [p. 79]
Algo ocurría muy dentro de ella: pequeños desplazamientos de imágenes, lento juego de sospechas. Un agudo malestar la obligó a sentarse en el borde de la cama y a espiar los objetos que la rodeaban, como si ellos le tuvieran reservada alguna sorpresa maligna. [p. 91]
El destino de los empleados, que en ese momento levantaban la voz, le pareció al lado del suyo miserable y ridículo. Ellos encarnaban la normalidad, el orden, el buen sentido, la pequeña licencia semanal… Él, en cambio, acababa de ingresar en el círculo de las grandes empresas secretas, en el dominio de la clandestinidad. [pp. 98-99]
«¡La quiebra!», susurró, y esta palabra adquirió para él todo su trágico sentido. Nunca una palabra le pareció tan real, tan atrozmente tangible. Era la quiebra del negocio, la quiebra del hogar, la quiebra de la conciencia, la quiebra de la dignidad. Era quizá la quiebra de su propia naturaleza humana. [p. 113]