Tuve el enorme privilegio de corregir esta novela para Escarlata Ediciones. Además, tengo el más enorme privilegio de ser amiga de la autora y poder seguir su carrera como escritora. Leer sus historias siempre es un placer. En esta ocasión, la reseña es de su última novela, en la que se nota cuánto ha progresado desde Reset (y ahora que leí Rosas Azules, puedo decir que desde desde sus inicios).
Esta es una novela para agarrar y no soltar, para leerla en el ómnibus y reírte y que la gente te mire con cara de «¿a esta loca qué le pasa?». Sin ser tan disparatada como Reset, pone a los personajes en situaciones hilarantes, una atrás de la otra, sin por eso dejar de hilar una trama consistente y emocional. Si hay algo en lo que ha mejorado Lorena, es la introspección de sus personajes.
La historia empieza con la vida cotidiana de Raquel, nuestra particular protagonista. Todo parece normal, hasta que su amante-jefe le da la mala noticia: la manda para Alemania porque su empresa va a abrir un hotel allí, en un pueblito. Obviamente, a nuestra particular protagonista esto no le gusta nada, pero lo hace. Y, entonces, pasan cosas. ¿Qué? ¿Se pensaban que iba a contar toda la historia? Odio las reseñas que hacen eso, estimados. Para algo están la sinopsis y el libro, ¿no? Lean, que ese «cosas» tiene detrás una trama divertidísima.
Lo mejor de la novela, definitivamente, son los personajes. Sí, nuestra particular protagonista, Raquel, es genial. Lo voy a confesar: al inicio, la odiaba, fuerte. Una persona tan superficial, codiciosa, prepotente y melindrosa. Agh, la odié bastante. De no haber sido porque me reía montones con sus pensamientos, no sé si la soportaba. Lo genial de esta historia es cómo evoluciona. Según pasan los capítulos, se va volviendo más y más humana, más ella y menos lo que se supone que tiene que ser. Se convierte en la mujer buena, trabajadora y simpática que es en el fondo. Bueno, no se convierte en un cisne, tampoco. A ver, que sigue siendo ella, pero menos rompehuevos. La llegamos a querer, esa es la cosa.
Para esto, son fundamentales los secundarios. Alicia fue mi favorita, sin duda. Es una chica sencilla, trabajadora, amable y muy inocente en algunos aspectos. Es rellenita y ama la comida —no es que me sienta identificada, no, ni ahí—, es sumamente natural y no se queda callada si algo no le gusta. Es un gran apoyo para Raquel y para todos en el hotel. Burke, el granjero *risas*, es obviamente, uno de los intereses amorosos de Raquel. Me gusta porque, aunque al principio se hacen la vida imposible entre ellos, es una buena persona y nunca subestima a Raquel. Es decir, está lleno de historias románticas en las que el protagonista masculino trata a la chica como si fuera tonta o de porcelana. Esto no pasa. Están al mismo nivel. El desarrollo de su relación es lento, pero coherente. Da gusto. Después, tenemos a Pol. Pol es el típico personaje espejo, el que llega después que la protagonista y en el que ella se reconoce como era antes de adaptarse. Me pasó lo mismo que con Raquel; no lo fumaba, pero terminé queriéndolo. Los demás también están muy bien, pero estos me parecieron los más importantes y queribles.
Cuando dije que una de las cosas que mejoraba Lorena era la introspección, lo digo porque siempre mantuve que era una especialista en diálogos, que eran mejores que la narración. En este caso, creo que se superó, porque aunque la acción recae bastante en los diálogos, ya no es casi todo el tiempo, como antes. Es tan lindo ver cuando alguien va mejorando y superándose. Además, la personalidad de Raquel sirve para que una narración en primera persona nos haga reír con todas sus ocurrencias, llenas de sarcasmo y mala leche. Incluso hay momentos súper emocionales y tiernos. Reflexiones bonitas y alguna que otra parte triste.
Para cerrar, recomiendo montones esta novela. Lorena Pacheco no hace más que mejorar y sorprendernos con cada libro. Mierda en mis tacones es una historia para pasar bien, para reírse y para que los personajes tomen tu corazón y lo restauren a carcajadas, como con el hotel.
Lean.