RESEÑA:
*Bogavantes, pollas de perro y un chaleco amarillo: lo peor mejor de Michel Houellebecq*
«¿De verdad hay que ser tan explícito?» (Michel Houellebecq, ‘Serotonina’)
Apenas lleva unos días en manos de periodistas y críticos y la nueva novela de Michel Houellebecq vuelve a convertirse en ese libro del que tienes que estar o a favor o en contra, probablemente con los más pobres argumentos en cada uno de los lados. Serotonina sale pasado mañana a la venta en Francia y el día 9 en España, pero las reseñas ya se amontonan en la prensa especializada, en Twitter y en Goodreads. Lanzar en Navidad lo nuevo de Houellebecq a la prensa ha sido casi como tirar el hueso que todos queríamos morder, con las teclas del ordenador preparadas para poner el grito en el cielo o para buscar halagos incluso si sabemos que nuestro narrador francés predilecto nos ha decepcionado un poquito.
¿Veis? “Poquito”.
No me atrevo a decir que he detestado Serotonina, entre otras cosas porque no tengo ni idea de si lo he hecho. Tampoco sé si me ha gustado. Tampoco sabría decir con exactitud qué es lo que me ha aburrido más de la novela, o qué es lo que me ha emocionado más, porque de lo que sí estoy segura es de que me he emocionado mucho, y de que me he aburrido mucho. Casi tanto como cuando leía algunos de los experimentos de las autoras y autores de la Alt Lit estadounidense, esos escritores que tomaban antidepresivos y escribían sobre el tedio o, más bien, desde el tedio, mencionando un montón de marcas de ropa y de comida, hablando del porno que consumían en Internet o de la imposibilidad de ser felices como millennials que eran.
Pero Houellebecq no es millennial.
Para nada es millennial. Su protagonista tampoco — le queda poco para los 50, en esa edad “tan mala”, dice, a la que Baudelaire murió — . Y sin embargo su narrador escribe exactamente desde ese sentimiento apesadumbrado, drogado, descriptivo en los detalles más estúpidos, entretenido en el product placement de los trajes de The Kooples, el agua Volvic o las maletas Samsonite, obsesionado con el sexo desde su torpeza y perdido en un mundo en el que se le exigen demasiadas cosas por ser hombre, cosas que él, por supuesto, jamás llegará a cumplir. Así, a través de él, de su asquerosidad, de su misoginia, de su infantilismo, de su parálisis, de su asco a la vida, de sus atracones de bogavante y vino Chablis, de sus intentos por hacerse el interesante por ver porno supuestamente transgresor, o hasta de su piel quemada por el sol de El Alquián… a través de todo eso, decía, Michel Houellebecq consigue crear un personaje que al cerrar el libro te hace pensar en que quizá el asqueroso, el burdo, el glotón, el impotente o el deprimido seas tú y solamente tú.
¿Ya me la ha vuelto a colar?, me preguntaba conforme avanzaba en la destartalada historia de este hombre y sus idas y venidas con las mujeres y con su decepcionante vida laboral en la Francia de Macron.
¿Me ha vuelto a joder como con sus poemas de pollas?
¿Me ha vuelto a engañar como con la muerte en El mapa y el territorio?
¿Va a volver a hacer que entre sus lectores nos pelemos como con Sumisión, con eso de que es islamófobo pero que en realidad luego no lo era, o con lo de que vaya misógino pero que en realidad luego sólo era un juego para enseñarnos que los machistas y los racistas eran otros?
A Michel Houellebecq se le dan muy bien engañar. Es un buen narrador y es un buen mentiroso. A veces para ser una cosa necesitas ser también la otra. Lo que pasa es que en Serotonina Houellebecq miente más que narra. Si la historia no fuera tan lenta, si no se desinflara siempre que parecía que iba a ser grande — sé en que metáfora estáis pensando, pero no — , si no hubiera alargado hasta las 300 páginas algo que quizá podía habernos contado de una manera más pulcra — y tampoco me refiero a esa pulcritud, porque a mí me gusta leer lo que sus personajes piensan sobre las carnes elásticas de los chochos — , si no hubiera desdeñado el poder de las tres historias que aquí narraba: la de las huelgas de los trabajadores en Francia, la de los fracasos amorosos con mujeres que siempre eran mil veces mejores que su protagonista, o incluso la de la imposibilidad de ser un hombre feliz hoy que precisamente la masculinidad de siempre vive su ocaso… Si no hubiera cedido tanto al espacio o a la provocación y hubiera tomado todo lo que sabe hacer maravillosamente, habría construido la mejor de sus novelas.
La portada de la edición de Anagrama nos da muchas pistas sobre lo que el lector va encontrar. Un globo pinchado que no llega a pincharse. Un globo que se mantiene robusto a pesar de sus errores. Un globo que es rosa como la feminidad que él mismo repudia pero que quiere entender y alcanzar aunque él, viejo no-millennial, no tenga ni idea de cómo enfrentarse a los tiempos que le tocan.
No sé. Tal vez sí estemos ante lo mejor de Michel Houellebecq. Tal vez lo mejor que podía hacer es hacer lo peor. Y no lo digo como jueguito para salvarlo de nada. Lo digo porque sé qué retorcido es y cómo brilla cuando consigue curvarse. Por eso, para resumiros lo que pienso de Serotonina voy a recuperar una frase que está en el mismo libro, en las últimas páginas, justo antes de unas reflexiones brillantes por las que merece la pena, de verdad, quedarse hasta el final: «Así pues, estaba en el estado en el que el animal envejecido, magullado y sintiéndose moralmente herido busca una guarida donde terminar su vida». Tú lo has dicho.