La novela que ahora tiene en sus manos muestra a un Harold que resplandece con una luz íntima. La luz que no tiene nada que ver con la del Trompetero comercial de “El Paseo” (Nonagésima parte), de “Mi gente linda, mi gente bella”, de “Pa las que sea, papá” o de “El Baño”, filmada en plena pandemia, con el sello clásico de su espíritu combativo ante las adversidades.
Cuando Harold se pone a escribir como ahora, siento de verdad que algo vuela en el mundo, que no pertenecemos a esta carne, que hay esperanzas de que exista algo más allá de la muerte. Cuando Harold lo cuenta así, adivino profecías llenas de eternidad. Porque esta historia es un retrato claro de lo fuertes que podemos ser ante una fuerza mayor que nos la miseria de nuestros propios miedos.
La historia que usted va a leer azota lo contradictorio, lo escalofriantemente humano y divino. Esa voz que solo escuchamos cuando nos quedamos en silencio. Esta es una novela profunda, bautizada con la simpleza del agua.