Cierto cantante, de cuyo nombre no me acuerdo ni importa mucho en realidad, solía contar a modo de chiste la idea de que todo lo que escribió García Márquez fueron cosas que a éste de niño le relatara su abuela, dando a entender que era a ésta a quien tendrían que haberle dado el Nobel de Literatura, o algo así, pues, al igual que toda esa gente que se acercaba (o se sigue acercando) al director de cine Pedro Almodóvar diciéndole tener una historia excelente con la cual hacer una película, ninguno se daba cuenta que, en realidad, un buen libro, o una buena película, o una buena narración en general no depende más que de forma secundaria de la anécdota que cuenta, esa historia interesantísima que tantos tienen en la cabeza por haberla vivido en persona o visto, y que creen que por sí misma haría la mejor novela o película del mundo, cuando, en realidad, es la forma particular, el talento para narrar las cosas de una forma u otra, con los elementos adecuados, diciendo y callando lo necesario, administrando los tiempos, y añadiendo con todo ello un mayor significado a lo dicho, lo que forma una buena historia, novela o película.
Y si esos tales no lo creen, nada más fácil que sentarse e intentar escribir esa historia súper increíble que tienen en la cabeza, para darse cuenta que, sin el talento narrativo o habilidad para contar, seguramente no podrían redactar más que un par de cuartillas, ni siquiera muy interesantes, de lo que creerían saldría una gran novela.
Pero bueno, todo eso lo escribo porque es algo que a lo largo de la lectura de este libro constantemente se me vino a la cabeza, comparando las magistrales narraciones homéricas con esta especie de fan fiction de época imperial romana, escrita por un entusiasta y acérrimo fan de Homero, quien, seguramente hastiado de tantas malas versiones de las leyendas y mitos alrededor de la guerra de Troya que habría en su época, decidió escribir una propia, metiendo en ella todo lo que pudo encontrar, a su muy peculiar forma, intentando así emular (con todo el debido respeto, claro está) a su muy querido Homero, al completar la narración de lo que pasó después de la muerte de Héctor en la Ilíada y antes de las aventuras de la Odisea, que es muchísimo y que, al leerse éstas Posthoméricas suyas, pareció ser demasiado para su talento narrativo tan modesto.
Aunque, tomando en cuenta al modelo, no se puede ser muy duro con el buen Quinto, que intentó incluir como mejor pudo montones de leyendas, cada una con variantes, en una sola congruente y continua, sin un objetivo concreto o idea ulterior profunda más allá del simple completar la historia, dejada “a medias” por Homero. El gran talento del poeta que contó apenas un episodio concreto de la guerra de Troya, la cólera de su gran caudillo, y supo darle una hondura psicológica inoída a un relato de aventuras de un guerrero envejecido que regresa a casa, es algo que Quinto de Esmirna por desgracia no tiene, y su poema resulta en largos trechos sólo tedioso, repetitivo, insulso e innecesariamente adornado.
Con todo, tampoco es que sea tan malo, y así sea sólo porque no es posible encontrar hoy día en ningún lado más que de forma fragmentaria todo eso que pasó en la guerra de Troya, puede uno habituarse a (o aguantarse) la verborrea de la limitada musa de Quinto de Esmirna y disfrutar sólo de lo que va contando. Mejor aún, y sobre todo con una edición repleta de notas informativas como la de Gredos, todo este libro puede leerse como una especie de tratado de mitología griega, pues, precisamente por todo lo que intenta abarcar, está repleto de datos e historias en sí mismas interesantes, es un excelente ¿Quién es quién? de la mitología griega y al final uno se queda bastante mejor informado de lo que fueron los héroes grecoantiguos y sus gestas.
Casi cada uno de los episodios acumulados por Quinto para su poema podrían dar para una historia aparte, muchos de ellos de hecho lo hicieron a modo de tragedias, y hay que decir que intentar meterlas todas en un solo saco habría resultado demasiado para quizá cualquiera, y, en todo caso, el mismo hecho de que este “mal poema” épico haya sobrevivido hasta nuestros días es buen indicador del aprecio que, pese a todo, se le ha tenido a lo largo del tiempo; indirectamente, además, por las fuentes a las que el poeta tuvo aún acceso, algo más de toda esa literatura antigua ya hace tanto perdida logr�� llegar hasta nosotros.
Dudo mucho que exista alguien que haya llegado a este libro sin haberse leído ya la Ilíada y la Odisea, aunque puede leerse y entenderse bien sin aquellos, y tampoco hará falta insistir que estas Posthoméricas, aparte datos adicionales para “fans”, no añade o enriquece gran cosa a los poemas homéricos.