Para cumplir con los estrictos requisitos de una escritura de mérito, algunos escritores practican una especie de sacerdocio que los deshumaniza; así sucedió en el caso de la soledad autoimpuesta de Rilke que no tiene perro, que no acude a la boda de su hija, que no vive con su familia. Esa actitud, tan distinta de las mujeres que cuidan y escriben después de planchar, deviene en actitud ensimismada, en un modo de contar iluminado, en sublimación de un oficio convertido en don.
No miran en el piso de abajo ni en la habitación de al lado. (...) ¿Es posible la solidaridad del privilegio cultural?, ¿es una usurpación?, ¿es un acto de condescendencia?, ¿es uno de los juegos de máscaras del arte?, ¿ese afán de mirar abajo y a los lados, desde el centro nace de una curiosidad, un afecto, una empatía, una solidaridad, una rabia verdaderas?, ¿existe esa forma de bondad y acompañamiento en ese modo de proceder o nos enfrentamos a un acto inmoral, a un robo, a una intolerable impostura?
*En realidad estos fragmentos son del prólogo maravilloso de Marta Sanz
Apuntes desordenados, o lo que diría a J o A si me preguntasen:
Este libro me ha llevado a pensar mucho en mi relación (o ausencia de) con la escritura. En mi adolescencia escribí como forma de escapismo, para experimentar desde la distancia lo que me gustaría que ocurriese. Tras mi independencia, cuando empecé a participar de la vida, me centré en hacer todo aquello que había fantaseado. No me paré a escribir más que para, puntualmente, atestiguar ciertos hitos. "Ahora me toca, por fin, vivir, ya escribiré".
Más adelante, retomé la lectura y con ella reconocí que en el fondo de mi huida del papel estaba la sensación de no tener nada nuevo que decir. Dado que la literatura que me interesaba, o pensaba digna/ válida, nacía del aislamiento del que derivan el sosiego, la reflexión distanciada, el examen meticuloso y frío; acabé por creer que la vida era incompatible con la escritura. Me prometía retomarla cuando tuviese tiempo de verdad -fuera de la frenética vida diaria-, hubiera vivido lo suficiente para tener respuestas, madurase mis ideas.
Cuando creí obtener unas credenciales vitales suficientes, cada vez que quise ordenar mis ideas estaba demasiado cansada con mis quehaceres y compromisos como para querer afrontar la aprensión inicial. Lo intenté, a traspiés, pero lo que resultaba no se parecía en nada a aquello -reconocido- que estaba acostumbrada a leer y admirar. Supongo que me interesaba más encajar en una experiencia que consideraba universal, que tratar de trazar la mía -y de las mías-; prefería ser acertada para un hipotético espectador futuro, que expresarme. De mí brotaban tantas dudas, tantas contradicciones a cada frase que podía formular, que, creyendo necesaria cierta rotundidad, me rendí.
Abandonada la escritura, me encontré construyendo mis ideas en conversaciones infinitas. En frente de alguien a quien quiero me permito vacilar, preocuparme de lo pequeñito y lo ridículo, expresar las multitudes que caben en una palma. Encuentro la valentía y honestidad que no tengo conmigo misma. Ahora no me interesa la escritura en la soledad de mi habitación, porque nunca soy solo yo. Ya no quiero tratar de escribir de espaldas a las condiciones que me permiten y me impiden hacerlo. No puedo expresar la gratitud que siento por todas aquellas -escritoras y conversadoras- que me han hecho ver que no hay un adentro, que lo cotidiano y desenfadado no tienen que ser excepcionales para merecer decirse, que una puede hacer ruido sin disculparse, que en lo falible es donde nace la hierba.