Más que situarnos a uno u otro lado del libro de la historia, antes o después de, Márkaris lo que hace con su Jaritos es dejarnos en medio, en la bisagra, en el lomo, en el puente entre dos momentos históricos, no al inicio del puente, ni al final, sino que va y viene, y nos relata el cambio, los cambios, y como estos no operan de un día a otro, como los acontecimientos no trastocan la realidad por completo, sino en partes, en pedazos.
En El accionista mayoritario nos enfrentamos a una Grecia post-olimpiadas de Atenas 2004, una Atenas que ya vio pasar ese “milagro” económico que simulan los grandes y estúpidos eventos que tanto nos afanamos en glorificar: olimpiadas, mundiales, imbecilidades.
Al arranque de la novela, Jaritos se ve envuelto en un drama familiar a manos de unos terroristas, situación que queda en pausa cuando se le encomienda resolver un crimen… que lleva a otro y a otro… En este caso, uno de los objetivos dentro de la trama son las caras no tan positivas de la publicidad, la mercadotecnia.
A las pocas páginas, recordé de pronto todo el universo de Jaritos que me había descubierto Noticias de la noche, su eterna lucha contra los periodistas, su esposa y su hija; su pasión por la máquina de su auto Miriafiori que siempre parece ser una odisea que se siga moviendo.
Jaritos es uno de mis detectives favoritos, un hombre por medio del cual vemos, sin nostalgia, sin romanticismo, como las cosas ya no son lo que eran, como pedir un café griego con azúcar puede volverse una batalla perdida ante el frappé; como enfrentar a los torturadores de regímenes anteriores han envejecido en cuerpo, pero no en espíritu: algunas cosas cambian, otras no.
Por medio de un razonamiento, en apariencia, simple, Jaritos llegó a la conclusión de que hay varios tipos de personas, cuatro en realidad, de los cuales él pertenece al último grupo: los que simplemente acatan órdenes, y ejecutan. Él es un comisario de homicidios y tiene crímenes a resolver y eso hace. Llega a la verdad última, pero, en ocasiones no es buscando ni fama ni reconocimiento, simplemente para constatar que hay certezas que sí tienen que ser enunciadas. Para confirmarse que el mundo no es equilibrado, ni igualitario. Simplemente es.
Disfruté mucho en esta novela esa crítica un tanto infantil a los medios de comunicación, y su impacto nocivo, su cara más malcriada y estúpida, y la dependencia que se tiene de la publicidad, ese “accionista mayoritario” que todo lo decide, que todo lo gobierna, sin cuestionar, sin objetivos, simplemente por el placer de dominar.
También, vuelve a exasperarme el perfil del periodismo que enfrenta Jaritos en sus novelas, un periodismo que se cree por encima de todo, que su labor de “informar” es más relevante que la de salvar unas vidas por medio de una investigación policial o antiterrorista, un periodismo basura a final de cuentas, más interesado en lo inmediato, en lo publicado sin reflexión, sin consenso, tal como sucede hoy en día auspiciado en gran medida por las redes sociales y la desinformación y la prisa estúpida.