Por edad, me tocó estrenarme tarde en el FIB. Fue en 2011, me quedaban un par de meses para cumplir 20 años y lejos quedaban aquellas ediciones de mediados de los 90, los orígenes, con bandas que, aunque siguen en activo (Pavement, Suede, The Jesus & Mary Chain, My Bloody Valentine…), ya entonces tenían cierto estatus de culto. Y, sin embargo (y de verdad que lo creo), el cartel de hace ya 11 años fue el último grande del Festival Internacional de Benicàssim: Arctic Monkeys, The Strokes, Arcade Fire, Primal Scream tocando todo el Screamadelica, Portishead, el primer concierto de Tame Impala en España (dice Joan Vich que cobraron 6.000 euros por aquel bolo)… Estamos de acuerdo, ¿no?
Aquella única vez (nunca volví, pero sí que vinieron otros, como el Optimus Alive de Lisboa, el Lollapalooza de Berlín, el BBK de Bilbao o, no hace ni una semana, el Primavera Sound de Barcelona) fue intensísima, con cinco noches en el camping y en un entorno completamente nuevo para mí. Y si algo tiene este
Aquí vivía yo
más allá de anécdotas con figuras de la talla de Lou Reed, Robert Smith, Noel Gallagher o Amy Winehouse, es esa capacidad para transportarle a uno a aquel terreno de grava y asfalto de un recinto en el que muchos, al menos durante unas pocas jornadas, fuimos muy felices cantando las canciones de nuestra vida.