Un recorrido por las escenas de los desaparecidos del México contemporáneo.
Orsina es una actriz de teatro que enferma gravemente. Su desaparición desordena la vida de quienes la rodean, en especial la de Teoría Ponce y Róldenas, hermanos herederos de una imprenta en bancarrota que se dedican a buscarla, enfrentándose al atroz mundo de los desaparecidos. Entre intentos por conservar la imprenta, representaciones teatrales y un elenco de personajes tan absurdos como reales, la novela nos lleva desde el presente violento hasta el pasado enloquecido de un personaje histórico marcado por el delirio y la muerte: José de Gálvez, Visitador General de la Nueva España, encarnado en un viejo actor de teatro que lo interpreta en el último papel de su vida.
El libro de nuestras ausencias es un relato sobre las desapariciones en el norte de México, la violencia del narcotráfico, las fosas clandestinas en el desierto y la sierra. Un recorrido de múltiples voces e historias, de tiempos que se solapan y se entretejen. Es la historia íntima de algunas ausencias, de las madres que buscan a sus hijos, de espacios que han de transformarse para seguir existiendo.
En el norte de México, los nombres desaparecen: el número ya supera los 125.000. Esto no es ficción. El libro de Ruiz Sosa tampoco lo es. Recuerdo el fragmento tan maravilloso de Baricco: "Lo primero es mi nombre, lo segundo esos ojos, lo tercero un pensamiento, lo cuarto la noche que se acerca..." y pienso en los nombres, en los ojos, en los pensamientos antes de convertirse en nadie. En la noche que cae en un día que no es más que la suma de otro, y otro y otro y otro, donde la voz se busca pero nunca se encuentra. Recuerdo, también, el pasaje de Sosa en su "Anatomía de la memoria" cuando dice: "En el viaje lo perdió todo, pero en el regreso perdería lo único que creyó que nadie podría quitarle: el nombre" y pienso en cuántas insistencias hace esta obra concreta de no olvidarse, de no perderlo, porque perder el nombre sería perder el recuerdo, y perder el recuerdo sería perderlo todo. México es un país que desaparece, se diluye, se evapora. Cuando Ruiz Sosa habla de conocer el entorno para saber qué resquicio de tierra tiene un mínimo cambio es cuando entra la desesperación de los más débiles por intentar ver más allá del ojo de dios, porque es lo que evoca la ficción: la firme creencia de poder con todo. Por volvernos partes del teatro en una ficción que se adhiere a la realidad lo suficiente como para poder esquivarla y esto no es solo más que la excusa -el clavo ardiendo al que agarrarse- para poder continuar buscando una respuesta cuando en tu propia casa hay más muertos que vivos. Cuando la muerte no hace ninguna clase de ruido. Esa es la peor de todas.
Y me impresiona el trato del sepulcro con algo más que un fin religioso -y quizá incluso parte de una justicia- sino como un recurso para salvar algo que hace cuánto ya no está presente: la realidad. Es el dolor, ciñiéndolo todo con el color de las ausencias, de las dudas, de las incógnitas nunca resueltas; son los padres, madres, hijos, conocidos que descansan en las fosas, y no en las tumbas, porque como dice Ruiz Sosa, la tumba es para el que conoces y la fosa es para el desconocido, y cuando las manos se hartan de sacar huesos lo único que queda es simplemente devolverlos a un lugar donde, al menos, tengan un nombre. Aunque no sea solo un nombre. Aunque sean varios, incluso sin la firme creencia de que existan, de que se parezcan, incluso. Cuántos nombres puede abarcar un cuerpo cuando solo es uno y el resto son miles.
La ficcionalidad rebasa cualquier límite espacio temporal, al final todo es un juego de peones, de los desprotegidos, de los olvidados, de los de abajo, de aquellos que se aferran a un trozo de papel para saber si con ello encuentran una respuesta y, mientras, la memoria es lo único que queda para tener un mínimo de una dignidad robada, asesinada, con la misma frialdad que se asesina a quien no existe una vez que cae el telón: en eso se acaba convirtiendo aquel que no vuelve a mencionarse, en un personaje. En uno más. Que no es uno. Son cientos. Son miles.
En México viven -y lideran- todos los monstruos posibles: dios, el estado, el crimen y la ficción.
Libro difícil tanto por el contenido, relacionado con la tragedia diaria de los desaparecidos en México; como por el estilo de escritura, con sangrados irregulares, ausencia de puntos, y una forma más cercana a la poesía que a la prosa más tradicional.
Los personajes no se hacen cercanos tampoco, aparecen y desaparecen continuamente de la narración y por lo menos en mi caso me ha sido imposible entender bien sus papeles respectivos en la obra.
"Le costó mucho comprender, después de un tiempo, que lo que buscaba no era un cuerpo, era una voz monstruo la voz que puede vivir sin palabras que no es ni carne ni ausencia de carne es un músculo, nos llama sin lengua ni dientes, camina con nosotras sin tocarnos no es un eco sino una sombra viva ellos la voz y nosotras el cuerpo que sigue vaciado como un caracol pero muerto si nada queda del cuerpo, ¿qué hacemos? Un desaparecido es una voz sin cuerpo, decía la primera rastreadora; y que los ausentes dejan rastros Ellos mismos son un rastro, es verdad, pero todos vamos llenos de objetos siempre, cargamos con enseres y utensilios, las llaves de la casa el teléfono un encendedor de metal que dura más que los rasgos de la cara el reloj o los zapatos o los calzones o un pendiente que se desprende de la oreja con la sequedad de la tierra son cuerpos lo que deseamos, decía pero hay que aprender a buscar lo otro porque hasta el recuerdo se corrompe"
De un tiempo a esta parte vengo escuchado y leyendo cosas muy positivas de un escritor mexicano llamado Eduardo Ruíz Sosa. Un escritor relativamente joven (nació en el 83, en Culiacán) y actualmente reside en Cataluña. Hasta el momento ha publicado tres libros en nuestro país: “Anatomía de la memoria”, que nació gracias a la beca de creación literaria Hans Nefkens, editada en Candaya; el libro de cuentos “Cuántos de los tuyos han muerto”, también en Candaya; y esta novela que nos ocupará hoy, “El libro de nuestras ausencias”, una vez más editada en Candaya, y mi primer acercamiento lector a este singular autor.
Lo primero que hay que decir sobre esta novela de casi quinientas páginas es que va sobre la violencia del norte de México. Un tema que se ha tratado en numerosos libros y que casi ocupa un género en sí mismo. Sin embargo, por el tratamiento de la prosa y los delgados hilos de ensamblaje que ha utilizado, podría asegurar que es uno de los libros más originales que se han escrito sobre el tema.
Es difícil ser original en estos tiempos; pero aún más difícil es innovar en el lenguaje, porque lo que primero llama la atención su prosa, sin puntos y quebrada, en un ejercicio sostenido de aliento lírico, en el que los tiempos históricos se van mezclando a través de voces de lo que no son personajes al uso, sino fantasmas y muertos, (en realidad, si se pone a uno a pensarlo, todos los personajes literarios son siempre fantasmas, en todo caso, como mucho, proyectos de esqueletos verbales, títeres del hilo de las obsesiones, espantapájaros sin tanta energía vital como la de ese magnífico cuento de Nathaniel Hawthorne), ausencias en definitiva, en lo que sin duda podría catalogarse de poema en prosa. ¿De qué manera se podrían manifestar los ausentes sino con esta prosa fragmentada, profunda y quebradiza, como pequeñas lajas que arrastra la corriente del tiempo? Su estilo es tan avasallador que las imperfecciones que puedan asomar a la novela quedan aplastadas.
El hilo del tiempo no transcurre al uso de lo habitual en la narrativa, sino que se entremezcla en la búsqueda de los desaparecidos, y lo mismo asistimos a una pequeña inmersión histórica del pasado novohispano que a tiempos más reconocibles y modernos. Lo que se trata de lograr es dar voz a esa cantidad de ausentes y asesinados; no nos olvidemos de los feminicidios, las víctimas del estado y las de los narcos, en una radiografía de la violencia que supera los siglos en un auténtico torrente de sangre. Y todo eso aliñado en una tradición literaria que sigue profundizando en la particular relación que establecen los escritores mexicanos con la muerte, léase a Juan Rulfo, Elena Garro, Octavio Paz, Agustín Yáñez, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, Jorge Ibargüengoitia, Roberto Bolaño (que no era mexicano pero vivió parte de su juventud allí), y los maravillosos y no muy conocidos por el público europeo Gerardo Cornejo y Jesús Gardea, etcétera.
Es realmente elogiable el esfuerzo estilístico de este libro, que no van a saber disfrutarlo muchos, puesto que tiene una dificultad intrínseca en su magnífico uso del lenguaje y de las voces narrativas que lo convierten en un libro especial y distinto: hermoso, cruel, lírico, y hasta duro de asimilar. Desde luego la ambición literaria que demuestra está muy por encima de lo que se suele encontrar por lo habitual. Justamente desde Daniel Sada no leía a un autor tan radical en el uso del lenguaje. Y eso es decir mucho.
Puede que la inclusión explicita de José de Gálvez no esté todo lo bien perfilada que debiera, o que llegue demasiado tarde en el libro. Pero ese gran estilo que tiene, como afirmé al comienzo de la reseña, se impone a todo. Y al final es lo que queda.
Por último lamentar el recién fallecimiento de Paco Robles, que junto a Olga Martínez fundaron y han sido Candaya. Una editorial imprescindible en nuestro panorama literario y que ha servido de puente a muchos escritores latinoamericanos, como es el caso del magnífico Eduardo Ruíz Sosa.
Enfrentarse a la pérdida de un ser querido no es nada fácil, cuesta procesarlo, hacerse a la idea y cuando el ser querido ha desaparecido? Cuando no se sabe qué ha pasado? Qué ha sido de esa persona? Donde está? Siempre quedará una esperanza, un motivo para seguir buscando, esperando... Mientras tanto muchos otros siguen desapereciendo y sus ausencias siguen sumándose a una larga lista; quizás aparezcan, lamentablemente muchos lo harán en fosas comunes
Una lectura que al principio me resultó difícil de entender, es muy curiosa la prosa del autor, una manera peculiar de narrar, donde la inexistencia de muchas comas o líneas en forma de versos, a veces una o dos palabras, diálogos sin el característico guión que señala su comienzo, se me hacía un poco confusa, pero a medida que avanza todo va encajando, tanto los personajes como la historia misma se va aclarando de una manera que me ha sorprendido e incluso por momentos da más énfasis y peso a la trama
Un libro que nos habla sobre la triste realidad que vive México en torno a los desaparecidos, la lacra siempre presente de la droga, la burocracia, el caos organizativo, el no poder volver a un punto de partida cuando no se recuerda donde se ha dejado, el desarraigo y la vida que debe continuar a pesar de las historias que nos toque vivir... Mientras seguiremos cubriendo los muros con fotos de los que siguen ausentes...
Este libro que me ha sacado totalmente de mi zona de confort siendo todo un descubrimiento
Un tratado sobre la ausencia ambientado en el México actual donde la desaparición ha creado nuevos rituales de despedida. El escenario de una obra de teatro y la compañía que la interpreta hace que la ficción sea realidad y la realidad ficción.
Leí antes "Cuántos de los tuyos han muertos". Ese libro —que es de cuento— tiene, en particular, un relato que es excepcional. Es realmente impresionante. Y desde ese texto, llegué a esta novela.
Creo que adolece de los siguientes defectos: 1.- Es pretenciosa en un sentido empresarial. La novela intenta adoptar una forma parecida al dolor. Y en ese proceso se "desformaliza". No creo que resulte. Las alteraciones sintácticas y ortográficas no tienen justificación ni sentido. 2.- No es una novela que intente significar una trama. Es más bien una suerte de poema largo en prosa. No sé si eso funciona. 3.- Hay varias tramas que superponen, unas a otras. La parte final parece salida de un sombrero de mago. 4.- De todas maneras, la trama que comienza en la pág. 373 está muy bien escrita. Pero dura algo así como 100 planas. Luego hay una especie de delirio final que, me parece, no funciona. 5.- Es como un intento fallido de Ulises mexicano. Aún así, intentar algo así y fracasar es un logro.
«uno se muere y puede ser cualquier persona se nos borran los rasgos»
«pero nadie quería abrirle la tierra aesos muertos yo nomás busco almío pero todos eran nuestros todos»
Me ha parecido muy buena la manera que tiene de reflexionar en torno al cuerpo, en como la ausencia se convierte en una paradoja en sí misma, etc. aunque no sé si para mí le sobran algunos pasajes. Sigue consiguiendo brillar, igualmente, no sobrecargar nada.
"El libro de las ausencias", donde se relata las desapariciones, la guerra con el narco y como las madres "las rastreadoras" buscan a sus familiares de forma incansable en las fosas. Eduardo cita a Federico García Lorca y su obra teatral "El público" que tiene en común con las ausencias, la complejidad de la lectura una obra coral que protagonizan las víctimas y las familias. La lectura impone una prosa poética que accede a su vez a un escenario teatral transgresor en una lectura que tienes que ejercer con esfuerzo para enlazar la trama, que en una segunda lectura facilita el proceso creativo de Eduardo. Los paisajes y algunas escenas me llevan a Rulfo y a Lorca en su tragedia de las mujeres que sufren la perdida. Según Eduardo Ruiz, las influencias son muchas desde el teatro por ejemplo. Para mi primera lectura me pareció estar presente ante un artefacto literario que había que leer con mucha atención, el tema de fosas y desapariciones me llega personalmente a una empatía total. De hecho me recordó en algunos pasajes a la muerte de García Lorca, sobre todo cuando habla Eduardo de los colonos cuando entierran y desentierran, ya que Lorca pasó sus últimas horas en "La colonia" en Alfacar. Por terminar cito una de las múltiples parrafos que han llegado hondo:
"pero esas no eran tumbas ¿cuál es la diferencia?, le preguntaba Magali a una de ellas
Yo creo que las tumbas son donde uno pone a los muertos propios, Y las fosas donde se pone a los muertos ajenos, le respondió" Quisiera apuntar también la cercanía de Eduardo Ruíz Sosa en cuanto nos habló del norte México, la violencia y las víctimas, además de su proceso creativo y la veces que ha reescrito el libro y los años que le ha llevado a ello. Todo ello construye mi camino vital, gracias Eduardo.
Una muy difícil aunque estimulante lectura. Habría que destacar tanto la forma como el fondo.
Por un lado, la forma en que está escrito el libro desconcierta, supongo que es algo que el autor hace a propósito: separa o junta las sílabas de las palabras con orden aleatorio, no usa mayúsculas o signos de puntuación, como puntos o comas, no diferencia las conversaciones de la narración, usa palabras sueltas, como casi poesías, citas de autores... una forma de redactar tan desconcertante que te hace dudar si tu libro tiene erratas de imprenta o si es así a propósito.
Por otro lado, aunque tardé una 90 páginas en entrar y entender de lo que trata el libro, La historia es impresionante, trata sobre las personas desaparecidas, las muertes sin rostro de México, el dolor de las madres que buscan a sus muertos, los espacios que resucitan con nuevos usos pero siguen enlazados con la pérdida y la muerte. Un libro extremadamente duro pero súper estimulante. Me ha encantado pero no sabría a quién recomendárselo, porque es muy exigente y fácil de desistir la lectura.
This entire review has been hidden because of spoilers.
Es un libro muy difícil y no he entrado en ningún momento. Es una propuesta interestante donde la violencia de México está presente en un lenguaje poético pero roto y una forma de presentar la trama y la narración totalmente caótica. Es un libro que deja muchas sensaciones, mucho desasosiego ante la ausencia - ni siquiera la muerte porque no hay cadáver - y hay momentos realmente estremecedores (esa visita de dos mujeres al centro de desaparecidos y el modo que presenta la cantidad de cadáveres que ven y tener que buscar a dos cuerpos que no aparecen). Esa ausencia que no termina de morir y como cala en la psicológia de los personajes. Dicho esto, es un libro complicado de leer, de retener a los personajes y en todo momento he estado fuera. Puede que simplemente no sea el libro adecuado.
Acabat "El libro de nuestras ausencias", d'Eduardo Ruiz Sosa @edcandaya Novel.la per la que transita el dolor de les absències, de les desaparicions, del silenci, dels morts sense cossos i cossos sense morts, dels monstres (Déu, l'Estat, el crim, la ficció), del teatre, de la vida i del teatre de la vida. Una novel.la dura, bella, inacabable. I amb una obra d'art de Graciela Iturbide en la portada.
No es un libro fácil, hay que poner especial atención en la historia, o mejor dicho, en las historias y en los personajes que componen el libro. La prosa se fragmenta repetidamente, incluso las palabras. Refleja parte de la historia de Sinaloa, esa que es atravesada por la violencia y las desapariciones forzosas.
Libro extremadamente difícil de leer en todos los sentidos: por el tema ( los desaparecidos en México), por la estructura (con saltos adelante y atrás en la trama que cuesta detectar hasta bien mediada la lectura), por la manera de estar escrito y por el lenguaje utilizado... Por todo ello, una obra de excepcional.