Hace mucho tiempo que quería leer este libro pero soy tan sugestionable que lo postergué durante años. Es que, para las mujeres (aunque a los hombres también les da), hay pocas cosas más terroríficas que el cáncer de mama y a veces uno no quiere ni pensar en el tema por miedo a que se le contagie como por osmosis. No es de extrañar que sea así, en todo caso, entre que nos taponan con info terrible al respecto desde muy chicas y entre que en verdad es uno de los peores cánceres que se puedan tener.
La historia de la autora es como la que se oye de muchas, casualmente palparse un bulto, encontrar un diagnóstico horripilante. Sí es diferente en el sentido de que después logra zafarse, del cáncer, aunque no de las consecuencias de su tratamiento. Todo lo que es el tratamiento al parecer sigue un tanto estancado, sigue siendo terrible y no parece todavía haber avanzado mucho.
Este libro no es solo su testimonio, sino que también el de otras mujeres que le han impresionado y a las que cita y también mucha información adyacente y complementaria. Y varias observaciones muy sagaces, como eso de que sobreabundan los testimonios sobre el cáncer que vivió la hermana, la tía, la mujer, la hija de alguien, pero muy pocos los escritos directamente por los afectados.
A mí lo que más me gustó fueron las partes personales, por terroríficas que fueran (da mucho susto), pero las otras a veces fueron un tanto reiterativas o ambiguas o excesivamente filosóficas para mi gusto. Pero lo que ella hizo igual es un santo aporte a informar sobre esto que sucede y que sigue sucediendo por mucho que uno preferiría obviarlo, y no solo habla del dolor de la enfermedad, sino también del terrible sistema de salud gringo, donde si uno no sigue trabajando simplemente se muere y cómo tuvo que ir a dar clase (es profe) cuando ni siquiera habían terminado de drenarle post operación.
En fin, que cumple mucho con su calidad de testigo y también de crítica. Bastante interesante y también triste. Confieso eso sí que personalmente no pude conectar tanto con la autora. No sé por qué. Quizá irónicamente porque, tal como ella dice, esta vez está escrito por alguien que sí tuvo la enfermedad y no por el amigo o familiar o pareja, y cuando se tiene debe ser mucho más difícil explicarlo. Hay cosas que son tan personales que difícilmente pueden relatarse sin dar sendos vericuetos. En especial si todavía duelen.
Algunas citas que destaqué:
1.
Me duele el reservorio para la quimio recién implantado. Las enfermeras me dicen que los reservorios para la quimio duelen más cuanto más joven eres. Me dicen que todo lo relacionado con el cáncer duele más. Me resisto a bañarme y a asearme, dejo de moverme con libertad. No pienso en otras partes de mi cuerpo, en lo que aún pueden hacer, porque la única parte que duele hace que las demás se desvanezcan en mi conciencia.
2.
Temía, desde el primer día, por mi vocabulario. Todo lo que sucedió fue que escribí en mi diario de una manera tan detallada como minuciosamente evasiva, registré hasta el más ínfimo movimiento de lo que una persona hace cuando tiene ansiedad por una razón que se niega a especificar: cómo hice la colada, barrí el suelo, hice las camas, juré que superaría un amor problemático, me conté a mí misma una historia para no tener que contar otra.
3.
Mi miedo no era al cáncer en sí mismo, sobre el que no sabía casi nada por aquel entonces. Mi miedo provenía de un motor de búsqueda. Temía lo que Google pudiera devolverme al introducir "bulto en el pecho", temía la cultura de la enfermedad tal y como circulara en vlogs y foros, temía cómo las personas eran transformadas en paciente con apodos y firmas, agonías, neologismos y ánimos.
4.
Dentro de unas sesenta horas, y por segunda vez, introducirán adriamicina en mi cuerpo a través de un reservorio de plástico implantado quirúrgicamente en mi tórax y conectado a mi vena yugular. La adriamicina recibió este nombre por el mar Adriático, cerca del cual se descubrió. Su nombre genérico es doxorrubicina, un nombre derivado de "rubí", porque es de un rojo brillante y voluptuoso.
Me gusta pensar en este veneno como el rubí del Adriático, donde nunca he estado, pero adonde me gustaría ir, aunque también es llamado "el diablo rojo" y, a veces, "la muerte roja", así que tal vez debería llamarse también la joya satánica de la mortalidad en las costas de Venecia.
Para administrar la medicina, la enfermera oncológica, después de comprobar la prescripción con una compañera, debe vestirse con un elaborado equipo de protección y despacio, y personalmente, inyectar la adriamicina a través del reservorio en mi pecho. La medicina destruye el tejido circundante si se escapa de las venas: se le considera demasiado peligrosa para todo y para todos como para ser administrada por goteo. Se rumorea que, si se derrama, funde el linóleo del suelo de la clínica.
Durante varios días después de que se me administre la medicación, mis fluidos corporales serán tóxicos para otras personas y corrosivos para los tejidos de mi propio cuerpo. La adriamicina es en ocasiones dañina para el corazón y la cantidad que pueden administrarte tiene un límite de por vida, del cual, al final de este tratamiento, habré alcanzado la mitad.
5.
La semana previa a la quimioterapia es como prepararse para una tormenta invernal, o una tormenta invernal y un huésped, o una tormenta invernal, un huésped y el nacimiento de un hijo; además, tal vez sea como prepararse para todas estas cosas y unas vacaciones, un virus y un breve pero intenso episodio de depresión, todo ello mientras sufres los efectos de la tormenta, el huésped, el parto, las vacaciones, el virus y la depresión previos.
La víspera de mi sesión de quimioterapia llega un amigo de un lugar en el que preferiría estar: California o Vermon o dos ciudades distintas llamadas Atenas o Nueva York o Chicago. Luego es tal cual es: como si hubiera llegado un amigo de lejos.
Aquel día, hago cuanto está en mi mano para parecer sana, para que mi amigo elogie cuán hábil resulta mi camuflaje, los materiales adquiridos en wigs.com, CVS y Sephora. La víspera de mi sesión de quimioterapia no hablamos de la quimioterapia más de lo necesario para el intercambio práctico de información, como a qué hora poner el despertador y la mejor ruta para llegar al pabellón. Pasamos el rato como lo harían dos amigos, asando verduras y escuchando música y hablando con entusiasmo de otros amigos o ideas o acontecimientos políticos. El día de la quimioterapia nos levantamos temprano y llegamos al menos quince minutos tarde. Predecimos lo bien que irá el tratamiento por la canción que suena en la radio del coche: "Bohemian Rapsody" (no muy bien), "Waterfalls" de TLG (mejor).
La quimioterapia, como la mayoría de los tratamientos médicos, es aburrida. Como la muerte, es una larga espera a que te llamen por tu nombre. Además, es una espera mientras el pánico y el dolor en potencia flotan también esperando a que los llamen por su nombre. En esto se parece a la guerra.
6.
Tengo que volver al trabajo diez días después de una mastectomía doble y los preliminares de una reconstrucción con expansor de mama. He estado dando clase durante los meses de quimioterapia antes de mi operación. Pese a todo, se me ha acabado la baja médica.
Habría renunciado a mi derecho de cualquier implante de silicona en el mundo si se me hubiera garantizado que la carrera que había construido seguiría allí si pudiera tomarme unos días para que me trataran el cáncer. Sin embargo, si tu tratamiento contra el cáncer excede el estrecho margen de las semanas no remuneradas que establece la Ley de Permiso Médico y Familiar, no tienes ninguna garantía.
7.
No morí, o al menos no de eso. Cuando superé la amenaza inminente del cáncer, mi hija dijo que había logrado lo imposible: me las había apañado para escribir en vida desde el marco de lo póstumo.
Después del cáncer, mi escritura parecía tener consentimiento total. Cedí algunas mitocondrias neuronales y mi porte y muchos de mis recuerdos y buena parte de mi inteligencia y, según los cálculos más optimistas, entre cinco y diez años de vida a las fuerzas curativas de la aniquilación médica y, tras perder todo eso, descubrí que seguía siendo yo misma, menoscabada en una versión intensificada. Es como si la condición de perderse fuera, cuando se trata de ser una persona, lo que finalmente nos hace auténticos.