Fariña canta, canta haciendo emerger a los cadáveres, poetiza desde la urgencia, desde la necesidad de volver a mirar, de volver a leer esos hexagramas oscuros que fueron cuidadosamente borrados de la Historia. En este sentido, la publicación de 1985 treinta y seis años después de su gestación, nos viene a recordar que todavía está todo por decirse, que aún hoy, la guerra por la interpretación del pasado sigue intacta, y que la poesía, en tanto discurso de ficción, sigue siendo un espacio privilegiado para el ejercicio de la construcción y de-construcción de la memoria colectiva.
Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Chile y Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de Estocolmo, Suecia. Dentro de su obra destacan títulos como El Primer Libro (Ediciones Amaranto, 1985), y el texto Albricia (Ediciones Archivo, 1988. En el año 2022 fue galardonada con el Premio Municipal de Literatura de Santiago, categoría ensayo, y en el 2024 obtuvo el Premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas de Chile, género poesía, por el libro Siempre volvemos a Comala (Editorial USACH, 2024). A lo largo de su trayectoria, sus textos han sido traducidos al inglés, francés, italiano y catalán, además de ser incluida en diversas antologías de poetas chilenos.
La Pauli me lo prestó a propósito de una conversación que tuvimos sobre mi tesis (poesía con características propias del drama) En este caso específicamente, el poema se divide en cuatro jornadas (o actos) en los que se encuentran cuatro personajes que relatan situaciones traumáticas que son consecuencias directas de la dictadura. Me gusta el drama como estructura para hablar de la dictadura por el simple (o no tan simple) hecho que permite que los discursos de los personajes sean fragmentarios, intentando asemejar el flujo de una memoria asaltada por los traumas: con cortes, divisiones, borrones, momentos de lucidez, otros no tanto, etc...
Esta forma de volver poesía el dolor de toda una historia... De una historia terrible que se actualiza y que viene a la memoria, que tiene que persistir hasta que no se le dé el lugar que le corresponde a tantos años de dolor.
«Entonces, después de varios minutos partió, llegó a la siguiente estación; ahí se detuvo nuevamente, la gente no atinaba a bajarse; pero fueron muchos minutos, muchos. De pronto vi a un guardia, uno de esos azules que iba caminando hacia adelante, hacia el conductor. Me levanté del asiento y miré por la puerta. Los vi conversar, al guardia y al conductor. Fui corriendo hacia ellos ¿qué pasa?, alguien se lanzó a los rieles, me dijo el guardia. Retirar el cuerpo, levantarlo pedazo a pedazo, limpiar los rieles con un trapo húmedo para que no queden marcas, limpiar el asombro de las caras de los pasajeros, borrarles el miedo, todo eso tomará mucho tiempo, pensé».
1985 de Soledad Fariña Editorial Los Perros Románticos, 2021