Irene y Pablo viven en una casa campesina en el altiplano. Pablo es mayor que su mujer, para quien la alegría es la forma más alta de la vida, así los dos encaren una pérdida terrible que acabó con Gabriel, el único hijo de Pablo. Irene convence a Pablo de viajar a la costa, a una ciudad dejada de la mano de la humanidad y adormecida en los vaivenes del extractivismo petrolero que la ha convertido en una ruina artificial. Irene sabe que el amor no puede todo, pero que hay que enterrar a los muertos. En su duelo, Pablo sucumbe a la ebriedad y su pelo blanco se ondea mecido por el viento. A Irene la sostiene la fuerza de su amor sin condiciones hacia quien ya no quiere nada. Los dos personajes recorren su extraño camino hacia una liberación del sufrimiento a través del amor y la renuncia. En la segunda novela de Andrea Mejía, las recurrencias de su prosa vuelven a sorprendernos, y a dejarnos con la sensación de que es una escritora que ha sabido, como pocas, observar la correspondencia entre nuestras emociones y la naturaleza. Poética, espléndida, Antes de que el mar cierre los caminos, consigue persuadirnos de que el lenguaje es el verdadero creador de lo divino.
Estudió Literatura en la Universidad de los Andes. Se doctoró en Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. Ha sido profesora de los departamentos de Ciencia Política y de Filosofía en la Universidad de los Andes y profesora invitada en la Universidad Autónoma de México. Es columnista de la revista Arcadia.
El libro me gustó. Sobre todo por esta frase, que creo que resume la relación que describe:
—Quiero que vivas, Pablo. Quiero que tengas muchas ganas de vivir, Pablo se quedaba callado. Solo una vez le dijo: —Vive tú, Irene. Cada quien vive como puede. P. 184
Estaba anclada a cada recuerdo, olvidar para siempre esos detalles, esas calles empedradas, veía, observaba, cada casa, cada edificación, cada oficina, cada semáforo, cada parqueadero, cada letrero: "SE VENDE", "SE ARRIENDA", cada pecera, esos peces absorbiendo bocanadas de viento, abrían sus rejos, sus abismos y aspiraban cada pedazo de aire, eran negros, anaranjados, blanquecinos, en esa agua turbia, llena de arena, tierra, se terminará todo, se acabaría todo, para siempre, se lo preguntaba una vez más, destruiría todo a su paso... Esa pérdida de vida, de un ser allegado, inquiriendo una vez, su muerte, sí, todo ya ocurrió, se diluyó entre esas aguas, ese niño, ese hijo, se fue para siempre, no volverá, no se reunirá más con ellos... No podría develar más, no llegué a su final, a esa terminación, dejando atrás ese viaje, esas sospechas, esa cabaña, ese pino, aún reverdeciendo, aún existe vida, ese licor devorado y desbordándose por cada pliegue de su piel... Quedándose en ese límite de tiempo, nombrándolo, dejarlo atrás, esas caídas innumerables, si proseguían, si encendía esa máquina, si no, dónde concluiría lo recién hecho, esas acciones, ese cuerpo flaqueado y esquelético, desmembrado por sus pesares, sus penas socabadas en un túnel sin retorno... Quedarían sin interrupciones, sin desvelaciones, sin llaves, sin puertas, no las abrirían más, no volverían, sin percepciones, sin devanaciones, sin reconocimientos, sin rótulos, sin decires...
Entiendo la necesidad de la profundidad descriptiva para comprender a Irene y a Pablo, su desarrollo, y cómo enfrentan el duelo de formas diferentes. Pero es demasiado; el nivel de detalle en las descripciones hace que el libro se vuelva muy aburrido. Me sentí como viendo uno de esos animes en el que ponen capítulos de relleno con pequeñas historias alternas porque ya alcanzaron al manga y no hay como seguir con la historia principal.
Dos estrellas porque valoro el intento de mostrar las diferentes formas de duelo y el papel que juega el amor en esos momentos tan complejos, pero siento que la profundidad descriptiva en la prosa de Andrea no está hecha para todo el mundo, y definitivamente no para mí.
Un libro hermoso, humano y sincero sobre la pérdida, el duelo y el luto. Quede con sabor a sal en los labios y reconociendo como todos vivimos la ausencia con ritmos y sabores diferentes. Y todos sanamos tan diversamente como vivimos.
El agua no puede lavar todas las penas y el mar no alcanza a llevarse todo. Una novela preciosa, con ritmo de ola, le deja a uno los ojos como si los hubiera abierto en aguamar.
Es un libro muy bonito, aunque algunas veces puede sobredescribir.
En una entrevista del país alcancé a leer que en realidad se trataba de dos cosas. Si no hubiera leído eso me habría gustado más. Siento que no logra lo segundo que pretende. Lo primero sin embargo sí.
Andrea ha sido un descubrimiento precioso de la literatura colombiana. Este libro en particular es la quietud de una ciudad costeña en medio del duelo y la búsqueda que podría ser desesperada pero es paciente y esquiva.