En realidad, son 4.5 estrellas.
Esta novela tiene toques autobiográficos: el narrador ha vivido situaciones similares a las del autor (sus recorridos, el tatuaje sobre la cicatriz interminable, la razón de la cicatriz y el tatuaje) pero queda para el autor y su familia decir qué tan cercana a la realidad es la vida que va contando la madre del narrador, sin duda la gran protagonista de este libro.
Ella (la madre) y la historia. La historia del mundo, que se cuenta por año, junto con los recuerdos de la madre que saca a colación el año del silencio, el año del abandono, el año de la muerte, del quiebre, del nacimiento, del rencuentro y un largo etcétera que el autor nos presenta como solo él podría haberlo hecho.
Y es que la escritura de Monge sigue siendo única, irrepetible.
El autor que nos ha llevado por cuentos estremecedores, una distopia en un planeta alterado por el nivel de las aguas, otra novela que cuenta lo que viven los ilegales de paso por México y otra más que podría considerarse como el lado A de Justo antes del final con la historia de la familia paterna del autor (donde Monge es abiertamente un personaje), sigue entregando escrituras que agarran y te llevan, como de la mano, por historias que se mezclan con otras, donde hay varias voces, donde todo queda claro y deja con ganas de saber más.
Aquí se presenta la historia de una familia a través de los ojos de una madre que ha pasado y teme fuertemente la invisibilidad, el abandono, la locura, el silencio y de un hijo que recoge y contrasta versiones de los distintos miembros de la familia para quedarse con una versión como de película, que tiene altos y bajos, personas queridas que de pronto ya no están, y otras menos apreciadas que no se van nunca, y donde el recorrido por la historia del mundo se agarra de descubrimientos, invenciones e intereses que de algún modo terminan conectados con la historia personal.
Es un libro tan personal como universal, con la escritura de Monge que lo mejora todo y nos invita a investigar estos hechos por nuestra cuenta y a echar de menos a quienes se quedan en las páginas de Justo antes del final, gente que bien podría ser parte de nuestras propias familias.