Julia es una adolescente inglesa que se ha trasladado a la pequeña ciudad de Pietermaritzburg durante el apartheid. Pocas semanas después de su llegada, en una visita escolar a la Mansión Macrorie —una casa victoriana con fantasma incluido—, Julia conocerá de la manera más sorprendente a Andrew y a Lungile. El encuentro entre los tres chicos será el inicio de una amistad contracorriente que seguiremos a través de los años y que los cambiará para siempre.
La trama de esta novela, centrada en los tres personajes protagonistas, es un retrato de las personas anónimas que combatieron el racismo institucionalizado —en el que ellos también participaron— con las armas de la cotidianidad.
Immorality Act nos sitúa en la adolescencia de tres jóvenes, Julia, Lungile y Andrew, en una época ineludiblemente conflictiva (en la Sudáfrica de los años 80) y de la mano de una autora que sabe ponerse en la piel de ese grupo de amigos de ambas razas -con el peso latente de las normas sociales y las leyes que los separan-. Ana Moya entreteje la atmósfera con los rasgos de sus personajes y consigue dar forma a un mundo muy especial. Esto constituye -para mí- uno de sus grandes logros. Todo ello forma parte de un buen hacer que, sin duda, irá dando a conocer a la autora en el panorama de la literatura contemporanea.