¿Qué hay después de la muerte? Puede que esta fuera la pregunta más importante de la humanidad, formulada, quizá por primera vez, cuando un neandertal se detuvo para enterrar, ceremoniosa y metódicamente, a un compañero caído sin importarle las consecuencias que esos minutos de indefensión podían acarrear. Cada pueblo ha apaciguado su espíritu de la mejor forma posible, cada uno ha confeccionado una creencia tranquilizadora a medida a la que recurrir cuando ese miedo atávico hace su repentina aparición. Pero, qué me diríais si os dijera que al final de la vida no hay cielo ni infierno, no hay grandes salones con banquetes pantagruélicos regados con hidromiel ni lagunas que atravesar junto a un barquero bien remunerado, tampoco reencarnación ni vacío; que me dirías, repito, si al morir resucitarais con vuestro cuerpo de veinticinco años, lampiños y desnudos, en las vegas paradisiacas de un rio aparentemente infinito, con la única posesión de un cilindro que os aprovisionará con un suministro de comida, bebida y drogas alucinógenas diario. Me diríais, o deberíais decirme, que vaya a tumbarme en un diván y que me encierren en una habitación acolchada donde no ponga en riesgo ni mi vida ni la de los demás y luego tiren la llave. Eso deberían haberle dicho a Philip José Farmer y, sin embargo, al muy cabrito le dio por escribir una saga con tan delirante premisa para hacernos cómplices de lo que, a todas luces, tuvo que ser un viaje malísimo de peyote.
Bienvenidos, intrépidos exploradores, al Mundo del Rio, un edén fluvial al que han ido todos los humanos -y no solo- que vivieron, viven y vivirán hasta el trágico año de 2008. Porque sí, en los setenta los años 2000 ya era el futuro lejano, todo el mundo tenia un robot mayordomo y un coche volador aparcado en el heli-garaje. En efecto, nuestro futuro es una mierda; prosigamos. Nadie entiende el porqué de esta resurrección ni quién, o qué, está detrás de la misma, pero hay alguien dispuesto a averiguarlo, y ese no es otro que el gran explorador victoriano Sir Richard Burton, hombre de acción, poliglota e intrépido por encima de sus posibilidades, poseedor, así mismo, de una información privilegiada aunque confusa y fragmentaria sobre su propia resurrección.
Este primer tomo de la saga de Mundo del Rio es una verdadera delicia para el amante de las aventuras y de la ciencia ficción clásica. Ya desde la premisa sabes que lo que vas a leer aquí, como mínimo, te va a divertir. Pero que lo delirante de la premisa no os engañe, Farmer tiene mensajes que compartir e ideas para hacernos reflexionar, que entre tirito de coca y lingotazo de whisky siempre hay tiempo para filosofar sobre sociología y segundas oportunidades. Porque, en efecto, esta resurrección, sobrenatural o premeditada, no es más que una excusa para poner no al individuo, sino a toda la humanidad. Qué hará la humanidad con este don maravilloso, con este reinicio; aprovechará, ahora que dispone del conocimiento heredado de toda la humanidad pasada, presente y futura para edificar una sociedad netamente igualitaria que no repita los errores del pasado. Ya os podéis imaginar que no. Farmer no comparte las tesis de Rousseau, no cree en que el hombre sea bueno por naturaleza ni que el estado sea ese gran corruptor; Farmer sostiene, y lo comparto, que en un mundo sin ley el que no corre, vuela, y que el disponer de toda la experiencia de la humanidad sólo ayudará al hijo de puta a serlo más rápidamente, como es el caso. Porque de sociedad igualitaria nada, si el ser humano tropezó con una piedra en el pasado volverá a tropezar con la misma, puede que porque este en nuestra naturaleza o porque siempre va a haber gente que se las ingenie para aprovecharse de los demás.
Sin embargo, Farmer no es tan pesimista como el anterior párrafo refleja. Ante todo, esta es una novela de aventuras, y nuestro protagonista no es otro que Richard Burton, el hombre adecuado en el lugar adecuado, con los recursos para asegurar su supervivencia y la de su grupo y una moral lo suficientemente flexible como para enfrentar los peligros de este nuevo mundo sin perder por completo su humanidad. Encuentro genial la elección de Burton como protagonista por dos motivos: primero, nos permite disfrutar la aventura desde el principio y centrarnos en resolver el misterio tras la resurrección sin la necesidad de confeccionar un héroe a lo largo de la historia ni introducir una increíble -en la peor acepción de la palabra- Mary Sue, personajes tan insípidos como detestables; segundo, y más importante, sabemos que vamos a encontrar celebres figuras históricas a lo largo de la travesía, algo que siempre resulta enriquecedor. Por ejemplo, uno de los personajes más importantes de esta novela es Herman Goering, que para quien no lo conozca, debería: no hay que olvidar a uno de los mayores hijos de puta de la historia; Farmer no lo hace: lo arrastra por el fango y le hace vivir un muy merecido infierno. No obstante, Farmer es lo suficientemente inteligente como para no convertir a tales personajes en completos punching balls carentes de toda dignidad. Sería muy fácil presentar a un nazi como la personificación de todos los defectos humanos, pero entonces no estaríamos ante un personaje. Incluso el enemigo merece un ápice de respeto en algún momento, como hizo Tarantino en su Malditos Bastardos con ese capitán nazi que sucumbe bajo los repetidos golpes del bate del oso judío. Era un puto nazi, sí, pero alguna virtud tuvo en vida. Con Goering, y muchos otros personajes, ocurre lo mismo: no se puede ser un completo hijo de puta todo el tiempo, y eso me gusta, refleja una madurez que no todos los autores tienen al retratar a sus villanos, y menos ahora que Hollywood se esta disneyficando a cada nueva cinta -¿nos están haciendo sus propuestas más imbéciles o se están adecuando a nuestra imbecilidad colectiva?
Lo que en un primer momento parece un mal viaje de LSD esconde una historia con múltiples capas, una aventura frenética llena de grandes momentos de acción, con escaramuzas piratas y asedios medievales pero con un fondo filosófico que, aun sencillo, hace reflexionar sobre los errores del pasado y lo inevitable de la naturaleza humana, resiliente, adaptable pero siempre a un paso de la destrucción. Un verdadero disfrute que hará las delicias de cualquier amante de las aventuras clásicas pero pasadas por ese filtro hippy y lisérgico de los setenta ¡Qué años! Tengo curiosidad por la secuela, en la que el protagonista no es nada menos que Mark Twain. Con un protagonista así, cómo no volver al mundo del rio.