En poco más de un mes me he leído sin darme cuenta los cuatro primeros libros de esta serie. No son ninguna obra maestra —tampoco lo pretenden—, ni me atrevo a recomendárselos a nadie, pero como historias entretenidas y sin más pretensiones que llevarme a la playa, han cumplido su función sobradamente y es en ese sentido en el que los valoro y comento.
Agatha tiene, al comenzar la serie, 53 años. Nacida en un barrio pobre de Birmingham, se ha convertido en una relaciones públicas de enorme éxito, llegando a poseer su propia agencia en un barrio exclusivo de Londres. Pero en el plano personal no ha tenido tanta suerte y en la gran ciudad lleva una vida solitaria y gris. Así, decide dejarlo todo, prejubilarse y cumplir su sueño de la infancia: vivir en los Cotswolds.
Instalada ya en su cottage en el pueblo ficticio de Carsely, Agatha trata de integrarse en la comunidad participando, en la primera novela, (Agatha Raisin y la quiche letal) en un concurso de quichés, presentando una que ha comprado, con tan mala suerte que uno de los miembros del jurado muere a causa de la cicuta con la que estaba envenenada su propuesta. Agatha tendrá que investigar el caso para limpiar su buen nombre, y así empieza una carrera detectivesca que cuenta ya con 29 títulos.
La serie está bien ambientada. Los casos, que recuerdan en su planteamiento a las novelas de Agatha Christie, son entretenidos y amables y lo mejor, en mi opinión, es que se leen con una sonrisa permanente (y, lo confieso, alguna que otra carcajada).
Agatha Raisin y su atractivo vecino James Lacey, militar retirado, forman una pareja de detectives aficionados entrañable, y aunque doy por hecho que en algún momento la masacre en los apacibles pueblos de los Cotswolds y el tira y afloja de Agatha y James se volverán repetitivos, mientras ese momento no llegue sin duda seguiré disfrutando de estas historias.