En frecuentes ocasiones, me he encontrado con personas que afirman que han decidido entregarse a Dios a pesar de tener que renunciar a tantas cosas, para cumplir su vocación, para ganar el cielo, o para lo que el precio a pagar era alto, pero tenían que hacerlo. La música que acompaña a estas palabras suena, al mismo tiempo, a resignación y a sensación de heroísmo. Ante tales actitudes, no puedo evitar sentir así no se sigue a nuestro Maestro.
Tal vez estas conversaciones hayan sido uno de los motivos por los que me he lanzado a escribir estas páginas. ¿No estaremos ofreciendo un cristianismo pereza por albergar en nuestro corazón un fondo de resignación? Si somos sinceros, ¿no puede ocultar esta actitud un fondo de envidia de las libertades que gozan los mundanos? ¿no se esconderán en el alma algunos miedos secretos que nos empequeñecen? Podemos seguir a Cristo con la mejor de nuestras intenciones y al mismo tiempo ser unos pobres hombres mermados por miedo a la vida, a la libertad, al mundo, al placer, al disfrute.
Necesitamos aprender a mirar al Crucificado. Es urgente aprender a mirarle.
José Pedro Manglano es autor de más de veinte libros, algunos de los cuales han vendido más de quince ediciones y se han traducido al inglés, al italiano y al polaco. Ha sido finalista del Premio Espiritualidad de Martínez Roca. Ha impartido numerosas conferencias y cursos en universidades y centros educativos. Impulsor de la Asociación Hakuna.
¡Gran libro para acompañar la cuaresma! Me encanta como escribe Don Josepe, lo llevo mucho a la oración. Este libro me recordó la importancia de abrazar y aceptar todo. Todo es bueno y todo es gracia, las cruces son oportunidades de amar más y mejor. No seguimos a un crucificado, sino al enamorado. El cristianismo no es una religión de cruz sino del máximo amor posible.
Unas de mis frases favoritas: - "Nuestra cruz fundamentalmente está en recibir lo que Él nos da". - "El -sí- sin reservas a Dios es lo único que puede constituir como verdadera adoración. A Dios le pertenece todo, ya al hombre solo le queda la libertad de poder decir -sí- o -no-". - "«Amar hasta que duela y, cuando duela, seguir amando», decía Teresa de Calcuta. Esa es nuestra cruz. Es amor. No entendemos nuestras cruces como esa negación. No nos negamos para sufrir, nos negamos para amar". - "Vamos a gritar al mundo que seguir a Cristo es andar por el amor libre, que somos los que más amamos el mundo y nadie disfruta como nosotros, que el amor puro existe, que buscamos la fraternidad más universal, que Él nos lleva a la libertad más libre de la que el hombre es capaz,". - "Me había enseñado a amar el mundo para poder entregárselo, pues no se puede entregar lo que no se ama. Desde el Carmelo seguiré abrazando el mundo, pero de un modo distinto". - "El Espíritu lo integra todo. No hay que abandonar, sino que abrazar. Este abrazo disfrutón es la relación del hijo de Dios con toda realidad". - "No se empachó Cristo de la palabra amor; prefirió carnalizarla". - "Sabemos bien que nuestro interés no está en alcanzar una vida cómoda, sino que la felicidad y plenitud la encontraremos en una vida enamorada. No queremos una vida controlada, sino una vida apasionada. No buscamos lo fácil, sino lo interesante. No nos preocupa conservarnos, sino gastarnos. Nuestro sueño no es apropiarnos, sino expropiarnos". - Jesús no contradice los deseos más profundos del corazón humano, sino que ha venido para darles cumplimiento. No ha venido a destruir nada humano, sino a plenificar todo. El corazón del hombre anhela vivir, disfrutar, trascender, gozar. Y eso es lo que Cristo nos promete". - "Que nuestro estilo de vida esté impregnado de la alegría de la victoria, que vivamos con alegre cara de resucitados, cara de amantes que incluso en la cruz respiramos ya la gloria de la resurrección. La mayor muestra de que amamos la cruz será que disfrutamos escandalosamente de todo". - "La vida verdaderamente afortunada es toda vida que vive la vida que Dios le regala, siempre abierto a la acción creadora y transfiguradora del Espíritu Santo, que todo lo vivifica". - "La vida es afortunada para quien deja que el Espíritu Santo termine lo que Dios mismo comenzó en él. La verdadera fortuna de la vida no depende de las más o menos «desgracias», sino de dejar que Cristo viva en uno mismo o no".