Valerio abandona Madrid por una noticia que pone su vida patas arriba. ¿Quién no recibe reveses que le hacen dudar de todo? Aturdido, recurre a una amiga con quien mantiene una relación indescifrable, que le propone escapar a su finca en el campo para ordenar sus ideas. Lo que no sospecha es que allí va a toparse con personas y situaciones inusuales que le harán descubrir facetas de sí mismo de las que no era consciente.
Mostaza llega a mi mail como manuscrito y en una primera lectura pienso: “Es cojonudo”. Así. Tal cual. Pero Alvira tiende a la perfección y, tras una larga conversación, cambia Mostaza siguiendo mi consejo lector. Cambia. Leo. Leemos. Cambiamos.
Eso es Mostaza. El resultado de la perfecta conjunción entre lectora y autor. Y mucho más. (Reitero)
Mikel Alvira nos guía, palabra a palabra, párrafo a párrafo a diferentes rincones de la vida. Bonitos, feos, amables o duros. Y lo hace con el ritmo de una prosa rota por frases cortas y ausencia de guiones.
Narrada desde la originalidad del salto de norma, el lector penetra en una finca con un enorme campo de mostaza, el escenario perfecto para acoger personajes. En este momento Mostaza es una planta. Y mucho más.
Y son esos personajes, junto a la creatividad narrativa, el punto fuerte de esta novela. Valerio y Mercedes, Tino y Marcela, Enrique y Rosa. Parejas de personajes que funcionan, a su manera como actores principales en esta obra. Valerio y un TOC que le invita a contar todo a su alrededor. A obsesionarse. A mirar de otra forma. Valerio, siempre con Mercedes presente. Valerio que siente que su hija no está y teme que nunca más esté. Tino y su visión de la vida. O la fragilidad de una Rosa aparentemente fuerte. Y la vida dando palos. Y eso también es Mostaza, la vida dando palos. Y sus personajes, todos y cada uno de ellos. Pero a su vez es también la finca en la que transcurre la acción y que acaba siendo parte indispensable de la trama. Un personaje más. Un actor secundario.
Mostaza. ¿Por qué Mostaza?, me pregunté la primera vez que la leí. Luego entendí que esa palabra era necesaria. Alvira nos regala una obra de soledad que necesita, como todas las soledades, aportes de luz. Y de repente Mostaza es un color, es luz en la oscuridad, es una vía de escape. Es la luz al final del túnel, la pequeña rendija que aporta esperanza. Pocos títulos tan bien elegidos. Ha hilado fino ahí Alvira.
He leído varias veces este libro y cada lectura me hace descubrir algo nuevo, me hace cuestionar ideas, me remueve emociones. Entonces pienso que Mostaza es literatura en su primera acepción del Diccionario de la RAE