Está claro que John Langan no es para mí. He tenido que pagar 23 euros de mi bolsillo para confirmar lo que hace casi un año barrunté gratis. Por pecar de confiado, por creer en las segundas oportunidades, soy más pobre y algo más infeliz, pues vuelvo a tener ese regusto astringente de la decepción con los novedosos matices biliosos de la estafa. Esta podría ser una reseña de sacar el hacha, como suele decirse por estos mentideros cuando muchas horas de lectura desperdiciadas solo son satisfechas con una o dos adicionales de escritura catártica, salvaje, desaforada y homicida. Pero esta no será una de esas reseñas. Porque entiendo que el problema es mío. En estos días de combate singular contra Langan, he aprovechado los recesos para indagar en redes sociales qué opiniones suscitaba esta colección. Y vuelvo a comprobar que soy leyenda. Algunos dicen que en Langan han leído las escenas más emocionales no ya de la literatura de terror, si no de la Literatura -las mayúsculas son mías-, otros elevan a Langan a la categoría de genio, otros dicen que su horror es tan personal como revolucionario, y algunos ponen dos o tres de los cuentos contenidos en esta antología como futuros clásicos. Leyendo esto, yo ya no se si he leído una copia suecada de Bocadaver o es que le he pillado una especial ojeriza al pobre autor.
Porque yo no he encontrado ni una pizca de emotividad en sus páginas que resulte ni convincente ni contagiosa, ni un solo relato que no me parezca haber sido escrito con la distancia y falta de implicación de una redacción escolar, ni uno en el que el elemento terrorífico esté presentado como algo que busque estremecer o inquietar en vez de como una contingencia más en la vida de sus insípidos personajes. La intención de Langan al añadir ese subtítulo a Bocadáver era indicar que parte de su vida, de su biografía, estaba incluida en cada uno de estos relatos. Es cierto que hay lugares y referencias que se repiten de relato en relato, pero ninguna de estas historias tiene ese componente emocional, nostálgico o introspectivo que se le presupone a una anécdota familiar. Porque muchas de estas "autobiografías" no son más que una descripción de una vida familiar, mejor, peor o normal, contada de manera anodina, sin profundizar, sin indagar, simplemente exponiendo situaciones cotidianas en que lo sobrenatural irrumpe no como un suceso extraordinario, como he dicho antes, sino como algo natural que no merece mayor atención que un bautizo o una comunión que terminó con tu tio alcoholizado bailando Paquito el Chocolatero. Y esto último si es terrorífico y merece detenerse para abarcarlo con el léxico más lovecraftiano posible. Ahora, tras leer estos cuentos y su novela, descubro que el pésimo narrador de El pescador no era un recurso narrativo de Langan, que esa incapacidad de generar tensión, suspense o implicación en la historia está también aquí, en cada una de las historias. Porque el narrador es el propio Langan.
La antología contiene los siguientes relatos:
Kore (**): la tradición de Halloween de una familia a lo largo de los años se desmarca con una última entrega que acongojara a propios y extraños. Ni el subversivo final mejora la mediocridad del conjunto.
Monstruos caseros (***): un chiquillo relata un suceso de su infancia que involucra a un amigo suyo que de amigo tenía muy poco, pues siempre le hacía de menos, le desdeñaba y hasta le rompía sus juguetes, porque sí, por puro placer. Ni siquiera el muñequito de Godzilla que fabricó con tanto cariño logró escapar de sus garras. Por este motivo el chiquillo planea su venganza. Afila una lanza y le pide a su amigo acudir a la ciénaga que hay al lado del vecindario, donde le obligará a disculparse por su comportamiento. Sin embargo, algo inesperado ocurre. Este relato me parece el mejor de la colección porque su final me hizo muchísima gracia.
Las fauces abiertas de Caribdis (**): siendo un niño, en unas vacaciones de verano, el protagonista viajó con su familia, sus padres, sus hermanas y su hermano al pueblo de Innsmouth, aunque en ese entonces ya no se llamaba así, por lo que sea. Pero, cosa extraña, nadie recuerda que su hermano fuera a ese viaje familiar. De hecho, nadie salvo el protagonista recuerda a ningún hermano. Y es que Innsmouth sigue siendo un lugar con oscuros poderes, aunque menos húmedos y con menos branquias. Sí, en este relato no hay profundos, solo una chorrada que no diré por eso de los destripes.
Sombra y sed (*): a raíz de la aparición de una misteriosa torre en un descampado, el protagonista y su familia son atacados por su padre, presa de un estado rabioso en el que arranca la garganta al perro de la familia a dentelladas. El protagonista logra rechazar el ataque, obligando a su padre a huir en el interior de la torre, a donde le seguirá para poder salvarlo de sí mismo. Las cosas allí se complican. Y mucho. Tanto, que no tiene ni sentido.
Bocadáver (**): tras la muerte de su padre, el protagonista y su familia viaja a Escocia para permanecer una temporada con el resto de la familia y cerrar heridas. Allí, el protagonista intentará conectar con la herencia celta de su padre y meditar sobre las últimas palabras escritas que le dejó su padre, pues en sus últimos momentos, intubado como estaba, no podía comunicarse de otra forma. Lo que en un principio creía era un galimatías sin sentido producto de la medicación gracias a las explicaciones de su tío resulta estar vinculado a una antigua leyenda artúrica, en concreto, a un ser monstruoso: Bocadáver.
Ancla (***): con ocho años, el protagonista es sacado de la cama en plena noche por su padre, que empuña una espada y le pide que él se arme también, pero con una lanza, y acuda al jardín con el. Allí hay un criatura plantada frente a la casa, una suerte de oso flamígero los estudia como si buscara algo y no fuera capaz de encontrarlo. Padre e hijo, espada en mano y lanza en ristre, esperan a que la criatura se marche. Este ser parece estar vinculado a un amigo de su padre que pasó una temporada en su hogar, un poeta famoso que debe su talento a cierto pacto.
Fuera de casa, vigilando los cuervos (**): el protagonista nos relata un episodio de su juventud, en el que conoció a su primera novia y su grupo de amigos, góticos-punkies que le iniciaron en la música de un misterioso grupo que firma como The Subterraneans. Tras escuchar la cinta admite que la música no es nada del otro jueves, pero con el paso de los días se sorprende volviendo una y otra vez a esas canciones hasta el punto en que imagina ver la música a su alrededor, como si el grupo fuera la puerta a otro mundo, más oscuro y tenebroso.
Lo que se pierde, lo que se deja ir (***): el protagonista acude a una reunión de antiguos alumnos sin muchas ganas de reencontrarse con sus antiguos compañeros, solo para comprobar hasta qué punto han cambiado. Allí se topa con un antiguo profesor que fue expulsado poco antes de graduarse como consecuencia de un escándalo, de estos que involucran a profesores con alumnas y terminan con embarazo no deseado, matrimonio fallido, divorcio con condiciones draconianas, perdida de la custodia y medidas expeditivas, y delictivas, para recuperarla. Caído en la más absoluta desgracia, el profesor comparte con él su nuevo plan para reencontrarse con su hijo aprovechando lo mucho que ha aprendido de artes místicas tras su paso por la cárcel.
El suplemento (***): El protagonista se reencuentra con su antigua jefa en la biblioteca, y digamos que no le ha sentado muy bien la jubilación, pues la encuentra demacrada, mucho más envejecida de lo que debería. La razón de esta decadencia se debe a un libro que intercambió con un extraño sujeto, un libro que le permite experimentar cómo hubiera sido su vida. Pero, por supuesto, estas visitas al pasado hipotético tienen un precio.
Pesca con espejos (**): el joven protagonista va a ser iniciado por su prima en la pesca con espejos, un ritual ancestral que aprendió de su abuelo que permite introducir al conjurador en una dimensión alternativa a través de espejos u otras superficies reflectantes. En esta dimensión uno puede moverse como si flotara y acceder desde ahí a otros puntos del espacio usando estas superficies como puertas. La prima del protagonista le propone un trato: deshacerse de aquellos que les han hecho daño y entregar sus vidas a la deidad que gobierna esta dimensión.
Canoineadh (**): la madre del protagonista relata a su hijo una experiencia que vivió en la Segunda Guerra Mundial, durante un bombardeo alemán sobre la ciudad en la que vivía y el encuentro que tuvo con una extraña niña pocos días después.