Es la tercera novela que leo de Noelia Lorenzo Pino y tengo claro que, no tardando mucho, voy a leer todas las que me quedan.
Dice la sinopsis:
Dedicados a la confección de prendas artesanales inmaculadamente blancas, los Fritz son una comunidad-santuario al margen de la sociedad. Pero su vida ermitaña y pacífica se viene abajo cuando, tras un incendio en el caserío en el que viven al abrigo de los montes de Irún, los bomberos hallan el cuerpo amordazado y sin vida de una chica de catorce años.
A la Sección de Casos de la comisaría de la Ertzaintza no le quedará más remedio que lidiar con el hermetismo de sus miembros, y las estrictas normas que se niegan a quebrantar. La oficial Lur de las Heras, una experimentada y prudente policía limitada por una enfermedad que desde hace años la atormenta, y su nueva compañera, la patrullera Maddi Blasco, una joven avispada y entusiasta, serán las encargadas de la investigación; dos mujeres valientes y sensibles que pelearán hasta el final para averiguar quién está detrás del homicidio antes de que vuelva a derramarse sangre inocente.
Qué destaco del libro.
La portada y el título tan representativa del contenido. El blanco níveo de la ropa, las manos que aferran la trenza, las salpicaduras de sangre. Contraste y comunión, todo en uno.
La trama tan bien medida. Me ha gustado como desarrolla los hechos. Tras un comienzo potente, el tono se sosiega. Nos presenta a la familia Fritz y el ambiente en el que viven. Igualmente a Lur, Maddi y las circunstancias de ambas. Mientras, la investigación avanza. La intriga crece y el ritmo va de menos a más hasta llegar al 30% final. A partir de ahí es un no parar de leer.
La investigación es buena. Noelia nos presenta los hechos y los va desentrañar poco a poco. Los giros están bien colocados. Si una cosa hace bien es mantener la intriga. Pude intuir algo, pero continuamente me sorprendí a mí misma, planteándome las mismas preguntas que Lur. Puede decirse que he avanzado a la par con ella y he tenido que llegar al final para encajar todas las piezas.
La ambientación entendida en sentido amplio. Irún, los caseríos, los paisajes y el clima, sí, pero también esos ambientes que recrea en torno a los personajes. La casa de Lur, la cocina, el sofá y la manta eléctrica, su dormitorio, esa habitación despacho tan peculiar y por supuesto, las aceitunas, de las que yo también soy consumidora entusiasta. Sin embargo, si algo destaca, es la atmósfera que recrea en torno a los Fritz. Una secta con claroscuros. Noelia les concede dualidad de trato. El pasado hippie liberal, cuando eran una familia, frente al rígido control establecido, cuando se convirtieron en un negocio. Las normas asfixiantes versus la red de apoyo. Los dirigentes corruptos de la casa madre en contraste con la vida cotidiana de la casa de Irún. La explotación laboral junto a no encontrar a ningún exmiembro, que hable mal de su vida con ellos. La lealtad del colectivo de Irún hacia su guía, frente a la previsible intolerancia del Cónclave. En la vida real, mi tolerancia hacia este tipo de organizaciones es ninguna. En la novela, esa dualidad no chirría.
Los personajes. Lur, es el que más me ha gustado. Un personaje muy humano que lídia como puede con los problemas de salud que la apartaron del cuerpo. Maddi, su compañera de caso, se enfrenta a otro tipo de problemas, que igualmente suenan reales y conocidos. La relación que establecen entre ellas es un punto fuerte del libro.
El final correcto y ajustado.
En conclusión. Un thriller bien escrito. Con buena trama, buenos personajes y un ritmo que va de menos a más. Recomendable.