En filosofía hace tiempo que se abandonó la idea de un mundo lleno de individuos. Es una idea ajena a muchos pensadores clásicos y también insuficiente para muchos pensadores actuales. Sin embargo, en el imaginario colectivo y en nuestra vida cotidiana parece ser la visión que se impone. Es sencilla de entender. Yo soy yo y mis circunstancias, es decir, yo y el mundo en cuanto lo que es para mí. Nos sirve, es práctica, y sobre todo nos evita el farragoso esfuerzo de pensar más allá. Sin embargo, ¿no nos faltará algo esencial para entender mejor al ser humano? ¿Algo que va más allá del individuo-mundo de la res cogitans y la res extensa cartesianas? Quizá debemos abandonar las coordenadas cartesianas para adentrarnos en el mundo de las relaciones sustanciales, donde las distinciones sujeto-objeto, en el plano ontológico, y subjetivo-objetivo, en el gnoseológico, no solo no están trazadas con escuadra y cartabón, sino que requieren de complemento. Para nosotros, los humanos, las relaciones son tan sustanciales que la ética también es cosa de otros.
Un buen libro. Un esfuerzo de síntesis nada desdeñable y que llega a buen puerto, quedando clara la tesis. Si bien es cierto que en la segunda mitad del libro, el autor parece hacer una digresión de la tesis principal, y en la exposición contra el relativismo y en favor de la dignidad humana, no se comprende bien la vinculación con la tesis central acerca de la alteridad de la ética. Quizá esto lo convierte en un libro más apropiado para su discusión en el aula, en el contexto de una asignatura en la misma línea, que un libro para leer aisladamente. A pesar de lo cual, la refutación del relativismo resulta convincente y está escrita con ingenio y un punto de picardía, lo que la hace amena. Y es esta última, a mi juicio, la principal virtud del libro en general.